jueves, 2 de julio de 2009

EL CRECIMIENTO DESIGUAL DE LA AGRICULTURA EN EL PERU

EL COMERCIO JULIO 6, 2009

El crecimiento desigual de la agricultura en el Perú

8:44 | Los medianos y grandes productores agrícolas de la Costa se están consolidando empresarialmente. Los pequeños están en crisis y han empezado a vender sus tierras o a ser rematadas por deudas

Por: Álvaro Gasta

En apenas 40 años la agricultura peruana ha sufrido profundas transformaciones, que la han llevado desde la desaparición de las 10.000 haciendas que había en 1969, y su consecuente empobrecimiento, hasta el actual desarrollo de las medianas y grandes unidades productivas de la costa.

La participación del Estado en estos procesos también ha fluctuado entre los extremos. De un control rígido de los 60 y 70, que en algunos casos señalaba hasta lo que debía sembrarse, se ha pasado en la actualidad a una ausencia casi absoluta, al extremo de que ahora ni el Ministerio de Agricultura ni las direcciones regionales orientan los cultivos ni saben cuántas unidades productivas hay, sus dimensiones ni en qué estado se encuentran.

Sin embargo, especialistas de diversas disciplinas coinciden en señalar que en el Perú se están consolidando empresarialmente las unidades de producción de entre 50 y 45.000 hectáreas. Ello ha sido posible gracias a que el agro se ha convertido en un sector atractivo para los inversionistas, que hasta hace unos 15 años estaban alejados, y a un mercado en constante crecimiento.

Aunque advierte que no hay estadísticas que confirmen este proceso, el ministro de Agricultura, Carlos Leyton, admite que este fenómeno se está dando solo en la costa, pero no en la sierra ni en la selva, que siguen sin atraer de la misma manera la inversión privada. También sostiene que este crecimiento ha hecho que las exportaciones agrarias suban hasta nueve veces desde el 2000.

Pero como si fuera el reverso de la moneda, un gran porcentaje de los pequeños y microproductores del campo está sumido en una aguda crisis económica y tecnológica y muchos de ellos están vendiendo sus propiedades, cuando no son rematadas por las entidades financieras.

Para el especialista Fernando Cillóniz y el abogado Juan García Montúfar, este proceso de desaparición paulatina del minifundio a favor de los medianos y grandes productores es positivo para el país, porque está permitiendo el desarrollo de nuevas empresas, modernas y rentables. Incluso, Cillóniz enfatizó que el desarrollo de los minifundios en el Perú ha sido muy perjudicial y ha empobrecido el agro.

Sin embargo, para el agricultor y ex presidente de la Convención Nacional del Agro Peruano (Conveagro), Luis Zúñiga, la desa- parición de los pequeños productores pone en riesgo la seguridad alimentaria del país, pues la prioridad del mediano y gran productor es la rentabilidad y por ese motivo su tendencia es desarrollar solo unos pocos cultivos. En cambio, los pequeños agricultores —agregó— son los que desarrollan una mayor variedad de productos. Para Cillóniz, ese es un mito, pues los agricultores —sean grandes o pequeños— van a producir lo que pueda tener mercado.

Otro punto de coincidencia es que la sierra y la selva, salvo algunas excepciones, no están atrayendo a los inversionistas por lo agreste del clima y la geografía y la falta de inversión en vías e infraestructura.

OTRA VEZ LATIFUNDIOS
Otro proceso que también se está produciendo (ver infografía) es el desarrollo de unidades productivas agrarias por encima de las 10.000 hectáreas. Además de las principales azucareras de la costa norte del país, que han atraído en los últimos cuatro años a grupos empresariales que están invirtiendo en algunos casos por encima de S/.50 millones en su desarrollo, no menos de cuatro empresas agrarias estarían por superar la barrera de las 10.000 hectáreas de terreno cultivado.

De manera coincidente, Fernando Eguren, del Centro Peruano de Estudios Sociales (Cepes), y Jorge Varcárcel, investigador de la Universidad Católica, consideran que una acumulación de tierras de esa magnitud podría generar problemas de desigualdad en las áreas geográficas donde se desarrollan. Señalaron que la desigualdad se produce por las distorsiones que provoca que en un solo lugar haya un solo empleador y un solo comprador de la producción local. Incluso, Eguren se pregunta qué autonomía podrían tener los gobiernos locales o provinciales en jurisdicciones donde el poder lo tiene una empresa que es dueña de casi todas las tierras.

Eguren también citó al empresario José Chlimper, quien sostiene que más que importar el tamaño del predio, lo que interesa es determinar la posición de dominio que puede tener una empresa en una zona. Según él, una unidad productiva de 12.000 hectáreas en un valle que tiene apenas 14.000 podría tener una posición de dominio en esa zona.

Valcárcel también reconoce que la acumulación de tierras podría generar tensiones en la población y aumentar el riesgo para la paz y la calma social en sus jurisdicciones.

Para el ministro de Agricultura, Carlos Leyton, este proceso de consolidación de las grandes unidades agrícolas hay que verlo en la dinámica de crecimiento económico y de las necesidades que tienen ahora los sistemas de producción a gran escala.

En ese mismo sentido, Cillóniz considera que aún son muy pocas las empresas que están creciendo por encima de las 10.000 hectáreas, si se compara con las que había antes de la reforma agraria de 1969. Señaló que el país no debería preocuparse por esas escalas de producción, pues en otros países, como Argentina o Brasil, hay fundos que superan el millón de hectáreas. También descartó que puedan producirse factores de desigualdad y aseguró que las grandes empresas agrícolas son las que están pagando mejor a sus trabajadores y reconociéndoles todos sus derechos.

¿Y HAY SOLUCIÓN?
Tanto para Eguren como para Valcárcel es necesario establecer límites a la propiedad agrícola y que exista una mayor participación del Estado en las zonas donde se desarrollan estas empresas. Sin embargo, Eguren no se atrevió a señalar cuál sería el límite.

El que lo hizo fue el congresista aprista Tomás Cen- zano, quien presentó un proyecto para limitar a 40.000 hectáreas las unidades agrícolas.

La iniciativa aún debe ser analizada por las comisiones Agraria y de Economía del Congreso. Pero eso sería en la próxima legislatura.
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EL COMERCIO JUNIO 24, 2009

El Perú perdió S/.19.000 millones por la reforma agraria y no se paga a afectados

8:31 | Hoy se cumplen 40 años de la medida tomada durante la dictadura velasquista, nefasta para unos y necesaria para otros, según experto.

Por Álvaro Gastañadui

Según el cristal con el que se mire, hoy, que se cumplen 40 años de la reforma agraria, será un día de júbilo para algunos y de pesadumbre para otros, pues se conmemora el día en que empezó lo que algunos expertos consideran el proceso más nefasto que ha sufrido el Perú después de la Guerra del Pacífico y del terrorismo.

Así, un estudio de la ONG Kausa reveló que la reforma agraria causó pérdidas por S/.18.973 millones entre 1969 y 1996. Según el director de dicha organización, Juan José Vera, esa pérdida —equivalente a tres años de producción agrícola— se obtiene al prolongar la curva de crecimiento del agro desde 1955 y compararla con el crecimiento del PBI agrario entre 1968 y 1996.

Para el especialista Fernando Cillóniz, esa reforma liquidó la estructura empresarial del agro. Aseguró que trajo el empobrecimiento generalizado y que no era cierto que los gamonales hayan sido explotadores. Él recuerda que en el campo se vivía en armonía.

NO HABÍA OTRA SALIDA
Para Vera esa pérdida fue el costo que pagó el país, pues la situación en el agro era insostenible. Según él, los abusos y las condiciones de pobreza habrían generado más violencia si hubiera estallado el terrorismo sin reforma agraria.

De manera coincidente, el presidente de la Convención Nacional del Agro Peruano (Conveagro), Federico León y León, consideró que la reforma fue un proceso realmente positivo, aunque tuvo errores, como la falta de capacitación para los campesinos y la escasa participación de expertos. En el debate realizado ayer en la sede de Conveagro, en Jesús María, Luis Zúñiga, ex presidente de dicho gremio, explicó que otro de los problemas fue que los campesinos recibieron las tierras, pero no el mercado para comercializar su producción.

REVOLUCIÓN SEMÁNTICA
Tras señalar que la reforma agraria no rindió frutos, porque el campesino siguió en la pobreza, el ex presidente de la Sociedad Nacional Agraria Luis Gamarra aseguró que ese proceso no se inició con el gobierno de Velasco, sino con el de Fernando Belaunde. Sin embargo, enfatizó que antes de su ejecución se produjo en el país una revolución semántica: “Al robo de tierras se llamó reestructuración de la propiedad. Al trabajo remunerado del campo se llamó explotación, etc.”, señaló.

Sostuvo que la gran reforma agraria la está haciendo China, al permitir la asociatividad del campesinado.

A 40 años de la reforma agraria, los antiguos propietarios siguen esperando que el Estado honre sus deudas por la expropiación de sus tierras. Según el presidente de la Asociación de Afectados por la Reforma Agraria, Fernando Sabogal, el gobierno del presidente Valentín Paniagua formó una comisión para evaluar esa deuda y determinó que se debía S/.10.905 millones a unas 20.000 personas, entre titulares y herederos. También lamentó que el ministro de Economía, Luis Carranza, no haya reconocido la deuda.
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LA REPUBLICA 01 de octubre de 2008

Sucedió. Comprender a Velasco
Antonio Zapata

En estos días se cumple el 40 aniversario del golpe militar dirigido por Juan Velasco Alvarado. Luego, siguieron los siete años del gobierno revolucionario de las FFAA que transformaron profundamente la historia del Perú. Si tuviéramos que elegir los tres regímenes que más cambiaron el rostro del país en el siglo anterior, sin ninguna duda seleccionaríamos a Leguía, Velasco y Fujimori. Compartieron la vocación dictatorial de hacer las cosas de arriba abajo, con mano fuerte y sin contemplaciones.

Sorprende que las democracias hayan sido menos atrevidas y que la voluntad de cambio haya emanado de gobiernos autoritarios. Pareciera que en el Perú del siglo XX, la energía política fue consecuencia del poder vertical y centralizado. Pero, Velasco es distinto. En efecto, tanto Leguía como Fujimori realizaron profundas transformaciones en favor de un sector de la elite económica. En ambos casos, además, los cambios fueron bien vistos por el gobierno norteamericano.

En este sentido, Velasco es singular. Es el único presidente que quiso cambiar el orden social en oposición a los Estados Unidos y al poder económico local. Por ejemplo, Leguía se enfrentó a la vieja oligarquía, pero gozó del apoyo de un grupo alterno de millonarios. Por el contrario, a Velasco no lo quiso nadie en la clase alta. La reforma agraria y las nacionalizaciones de recursos naturales fueron resistidas por todos los poderes establecidos. Por ello, los periodistas de derecha lo odian visceralmente hasta hoy. Es la otra cara de la moneda del miedo que le inspiró a la oligarquía peruana. Estuvieron a punto de perder el país.

Su gobierno estuvo limitado por dos variables principales. Por un lado quiso alcanzar apuradamente al resto de América Latina. A raíz de la crisis mundial de 1930, los grandes países de Latinoamérica emprendieron la industrialización por substitución de importaciones. El Perú no lo hizo. Por el contrario, insistió solitariamente en la exportación de materias primas y al llegar a los sesenta casi no tenía aparato industrial propio. Nos sentíamos retrasados.

Es que en esa época se pensaba que solo la industria podía masificar el empleo para los migrantes que dejaban el campo. Por ello, Velasco quiso alcanzar a los demás a pasos agigantados, sin precaución alguna. En el afán de correr, atropelló a medio mundo y perdió potenciales aliados que le hubieran conferido mayor estabilidad a su proyecto.

En segundo lugar, Velasco tuvo un excesivo afán redistributivo que comprometió su principal medida: la reforma agraria. A la vez que transfirió la propiedad agraria, estabilizó los precios de los productos del campo y los mantuvo retrasados con respecto a los industriales. El agro cambió de manos y se arruinó a continuación. El intercambio desigual con la ciudad lo perdió. El gobierno militar tomó una decisión equivocada. Era una época de fijación de precios por el Estado, no por el mercado. En ese contexto, a los militares se les ocurrió que los campesinos debían sacrificar algo en favor de los trabajadores de la ciudad, que no habían recibido ningún bien semejante a la propiedad agraria. Esa compensación consistía en alimentos baratos.

Por ello, los productos provenientes del campo vieron estancados sus precios mientras que los urbanos se dispararon. El resultado fue funesto: el campo se empobreció y la reforma agraria lejos de brindar prosperidad trajo un enorme retraso material y tecnológico. No hubo reinversión, sino fuga masiva de capitales y talentos.

Estos dos procesos fueron de la mano con el mencionado autoritarismo que Velasco compartió con Leguía y Fujimori. Ese verticalismo es la causa de fondo de yerros políticos que estorbaron sus propias iniciativas. En los temas que hemos revisado, Velasco se perdió a sí mismo. La explicación es que no escuchaba ni tomaba en cuenta la opinión de los demás.

El poder político, en general, actúa con una dosis de autismo. Pero, en las dictaduras abiertas o encubiertas, el autismo aumenta a grados inverosímiles. Así, este tipo de gobiernos acaba cometiendo yerros que desmoronan sus proyectos. Por ejemplo, Fujimori fue por su tercer periodo gracias a una segunda reelección fraudulenta y ahora está preso. Si se hubiera ido el 2000, quizá ya estaría regresando. Así también Velasco erró en los procedimientos de la reforma agraria y con ello comprometió su puesto en la historia nacional.
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LA RAZON, SETIEMBRE 25, 2008

Meditaciones sobre el destino histórico del Perú: 1947-2008

Reflexiones sobre un libro de Jorge Basadre Grohmann que debe ser abrevadero de luz para los peruanos
Jorge Basadre Ayulo

“Uno puede empezar una historia por la mitad y luego avanzar y retroceder audazmente...”. Günther Grass. El “Tambor de hojalata”. México, 2006. p. 12.

En 1944, el editor don Pablo Villanueva animó a mi padre, doctor Jorge Basadre Grohmann, a publicar en sus talleres gráficos, entonces ubicados en el jirón Yauli, a pocas cuadras de Palacio de Gobierno, un libro conteniendo diversos ensayos históricos publicados a la fecha y que fue titulado “Meditaciones sobre el destino histórico del Perú”, con el sello de Editorial Huascarán.

El libro fue leído y releído por muchas personas jóvenes y adultas a lo largo de los años. ¿Cuánto tiempo hace de aquello? Yo puedo recordarlo como si fuera ayer. Vivía con mi padre y mi madre en una casa de concreto, rodeada de ficus verdes en la esquina de la avenida Orrantia, sin bullicio ni negocios. Pensaba de niño que estos árboles iban al cielo, en la avenida Orrantia 798, recién estrenada, cuyos planos fueron hechos por el gran amigo de mi padre, don Héctor Velarde.

En 1945 surge en Perú la ansiada primavera democrática bajo el patricio José Luis Bustamante y Rivero, fallido por el atolondramiento de los peruanos, no unos cuantos, sino casi todos, con muy pocas excepciones. Duró poco tiempo el intento de democracia. La traición de Manuel Odría Amoretti y otros jefes militares, entre ellos Zenón Noriega, puso fin al gobierno legítimo para ingresar al país en una etapa negra de dictadura. ¡Auténticos felones! ¡Manchas del Perú!

¿Qué vida llevaba Jorge Basadre Grohmann en 1947? Designado por el presidente Manuel Prado Ugarteche cinco años antes como director de la Biblioteca Nacional, cumplió con la hercúlea tarea de su reconstrucción tras un incendio misterioso que la convirtió en cenizas, madera y papeles quemados, lo hizo “a pura fuerza de hombres”, como decía Garcilaso. La Biblioteca Nacional renació como Ave Fénix. Ese año de 1947 estaban en las librerías la colección de la “Historia de la República del Perú” y mi padre empezó a ejercer la profesión de abogado con su gran amigo de toda la vida, doctor Julio César Villegas Cerro, en una oficina de tres piezas en el jirón Carabaya, centro de Lima, contiguo al cine República, hoy todavía existente, tal como era, en desafío a la erosión del tiempo.

El referido libro, “Meditaciones sobre el destino histórico del Perú”, era una compilación de artículos sueltos y trashumantes, publicados en La Prensa de Lima desde 1937, y estaba destinado a “lectores jóvenes de todas las edades” y, parafraseando al insigne Pascal, la publicación era en relación con el Perú “una conciencia, una terca esperanza para el sí”.

El libro tenía seis temáticas. Era un hexágono, polígamo de seis lados. Contenía “La promesa de la vida peruana”; “En torno a la enseñanza de la historia”; “Ante el problema de las elites”; “El Perú a la vista”; “Ideas del peruano del siglo pasado” (es decir del XIX; la aclaración es nuestra); y “América en la cultura occidental”.

En el primer estanco, Basadre trata el periodo indiano o de la pacificación para muchos y otros lo denominan simplemente conquista del Perú por las huestes de los castellanos, periodo extenso en el que se hace tangible y maravillosa a la patria y marca la apertura una leyenda que corrió hasta por los aires huracanados de Panamá y el Caribe: la existencia del Paraíso en nuestro suelo que, por supuesto, constituía un mito, pero en cambio los españoles encontraron oro y plata en abundancia como para construir un puente largo y macizo de metal entre Potosí y Madrid.

Con sobriedad y hondura esculpió mi padre estas frases que aún resuenan con el paso inexorable de los años: “Tenemos, pues, ya la imaginación lanzada primero a la búsqueda de imperios suntuosos y luego a la de eterna felicidad. Todavía no han agotado, sin embargo, sus campos. Surge también la visión del Perú o de América íntegra como reminiscencia del Paraíso. Algunos llegan a insinuar que aquí fue donde moraron Adán y Eva y esta tesis que primero es solo atisbo, conjetura, hipótesis o deseo, para Antonio de León Pinelo resulta evidencia comprobada en un esfuerzo laboriosísimo de erudición y dialéctica. Su obra ‘El Paraíso en el nuevo mundo’ examina todas las posibilidades de ubicación terrena del Paraíso...”.

El periodo comprendido entre 1532 y 1821 es denominado colonia, aunque los juristas españoles prefieren usar en el siglo veintiuno la denominación citada y utilizar la de Hispano–Indiano. Recuerde el lector de buena fe que el libro reseñado, escrito por mi padre, con la conjunción de colaboraciones escrita desde 1937, el autor tenía tan solo 34 años, jóvenes y promisorios.

En 1945, Basadre apoyó pasivamente al candidato presidencial Bustamante y Rivero, pese a su amistad con el mariscal Eloy Ureta. Elegido presidente del Perú, Bustamante y Rivero hizo virtud cívica en un caos político. Fue hombre íntegro, de leyes y siempre se empeñó en expresarle al pueblo que el Gobierno no era su peor enemigo. Pero no era carismático, de sonrisa falsa ni hipócrita, astuto, ni venal. Siempre decidió coger el toro por los cuernos, pero tuvo un fatal error: el designar a Manuel A. Odría Amoretti como ministro de Gobierno para esclarecer el cruel y absurdo asesinato de don Francisco Graña Garland a su salida del laboratorio Sanitas.

Lo presentaron al presidente Bustamante y Rivero como un militar leal y abnegado, que nunca complotaría contra el presidente. ¡Fatal error! Eran momentos en que la era democrática peruana entró a las recesiones, etapas depresivas en las que los mercados se purgan, las gentes hacían colas para comprar pan, arroz, manteca y víveres. Abrió paso un erial de ruinas y residuos muy difíciles de reciclar. El orden público vino en picada. Lo sensato era esperar las elecciones siguientes, donde el lógico vencedor sería Víctor Raúl Haya de la Torre.

Pero, somos atolondrados. Nuestra economía -sin culpa alguna del patricio arequipeño- era el soplo, la trampa, el atajo, el amiguismo y la impunidad. Fracasamos en torno a nuestro destino democrático. Esta mala economía tiene viejo lastre y mal que siempre aqueja a los peruanos. Y mientras no se limpie y depure en profundidad, de nada servirán los barridos superficiales que esconden la basura bajo el piso. El periodo presidencial de Odría fue la mancha negra de la segunda mitad del siglo veinte en la historia peruana.

Preguntando a un educando de Piura en clase de pregrado de derecho quién fue Luis Sánchez Cerro, respondió: “La calle donde mi mamá compra calzones”. Confundió todo, pero algo le sonaba el apellido de este piurano. Probablemente en el examen final sorprendieron al alumno hasta el siguiente, ya que tenía desorden en su cerebro. El problema es que los alumnos de secundaria y hasta universitarios no leen. El eminente don José de la Riva Agüero y Osma decía hace ochenta años: “En el Perú solo se lee los comercios”. Hoy ni eso. Los jóvenes están embriagados con las necedades de Bayly Letts con sus ademanes homosexuales y los chismes de Magaly y la tutuma no les da para más.

Con la guerra con Chile estamos en una situación de que los alumnos no saben quiénes fueron Alfonso Ugarte, Andrés Alfredo Cáceres ni Francisco Bolognesi y a este último personaje viril lo evocan en un equipo de nuestro alicaído balompié que va de tumbo en tumbo. Pero hay que dejar los héroes en paz y no hay celosos alabarderos en sus sepulturas. Todos los auténticos peruanos, descendientes de tacneños, arequipeños y tarapaqueños, tenemos a algún ser querido en las alabardas de un campo santo o cayeron al abismo y fueron bocado de los pescados. Son recordatarios que nos deben hermanar en lugar de comprarles a los arrogantes e hipócritas chilenos en los establecimientos comunales que han comprado para que aumenten los caudales de sus alforjas, único valor que conocen dentro de su arrogancia innata.

Basadre sugiere que la historia sea enseñada mediante un mecanismo de diálogo con discusiones entre los propios alumnos. Hay que realzar el cambio de opiniones y posiciones, aclarar dudas. Habrá que construir una forma de dialogar con la resonancia que merece y de manera ascendente. Ello se transforma en un mecanismo para consensuar las conclusiones, que representa un método comparativo. Olvidémonos de fechas. Recusamos el uso de la memoria. Esta es frágil y nos puede traicionar.

La enseñanza de la historia constituía para Basadre un desafío poderoso y de alcance nacional con una tarea de selectiva lectura y que padres y profesores deben contribuir. Cuando el autor de esta crónica, en el colegio Santa María de los curas marianistas, se imbuía los libros de texto para los cinco años de media escritos por Gustavo Pons Muzzo. ¡Qué horrible suplicio! A dedo, el general Juan Mendoza Rodríguez, ministro de Educación Pública de Odría, “escogió” esta colección de libros como la más adecuada para este dirigismo intelectual. Llegué a odiar la historia por esos libros de profunda mediocridad, pero mi gran profesor Pelegrín Román Unzueta lograba mitigar con su sapiencia. La historia del Perú se dividía antes y después de Odría y no podríamos pronunciar José Luis Bustamante y Rivero ni Víctor Raúl Haya de la Torre, asilado en la Embajada de Colombia, que fue un gravísimo error del tirano peruano y los adulones del militarote incapaz y que pululaban en Torre Tagle como auténticos comechados.

Lo primero que debe hacer el profesor de historia es acordar con sus alumnos las temas básicos y suministrarles una bibliografía selecta al alcance de éstos. Después expone las características del “modo de conversar”, por supuesto de acuerdo con la edad del alumnado. Podrán invitar a historiadores para que dieran “una clase magistral”. Estoy seguro que mi padre lo hubiera aceptado, así como Raúl Porras Barrenechea, el reverendo padre Rubén Vargas Ugarte, Agustín de la Puente Candamo, José Antonio del Busto y otros. Pero el ministro de Educación de Odría, de oficio militar, solo era experto en casos de guerras que no íbamos a ganar y no conocía ni por los forros a estos historiadores.

Las informaciones de las lecturas debían ser analizadas y discutidas bajo la batuta del profesor, buscar consensos y dejar de lado cualquier pasión subalterna. El diálogo es posible y ayuda al niño a leer, releer, formar convicciones propias, alcanzar un sentido compartido para dejar de lado la mediocridad del texto oficial que nada bueno trae, salvo la posición de su mediocre autor.

No debemos tener las ideas fijas de un determinado escritor, no era dable en la práctica. Los textos “oficiales de Odría” los echábamos los alumnos a la basura una vez terminado el examen final que en esa época era realizado ante jurados conformados por profesores de las escuelas públicas, el mismo que debían pagar nuestros atribulados padres en diciembre, justo el peor momento del año.

Leamos el libro “Meditaciones sobre el destino histórico del Perú”. Que el libro esté en nuestras mesas de noche. Leámoslo poco a poco. Nuestro amor al terruño adquirirá nuevos ribetes. Amemos al Perú, con sus glorias y penurias.

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