lunes, 23 de junio de 2008

A LA MEMORIA DE ZEIN VASQUEZ


De: Luis Alberto Vásquez Vásquez [mailto:elbochagol@hotmail.com]
Enviado el: Jueves, 19 de Junio de 2008 10:02 a.m.
Asunto: A la memoria de Zein VASQUEZ

Molinos de viento
Escribe: Luis Alberto Vásquez
elbochagol@hotmail.com
Hasta siempre, cumpa Zeín…

Un viento frío soplaba aquella tarde de mayo del 2008 en Lima. El tráfico empezaba a cargarse y la tristeza de la capital se pintaba de gris como siempre en medio del frío que alistaba sus rencores para la noche. En el Hospital Almenara don Zeín Vásquez López cerraba sus ojos para siempre ante el llanto silencioso de su mujer y la desesperación de su hija que gritaba su angustia en medio de la gente que la miraba con pena.

En la selva del Alto Mayo, la luna estaba llena cuando la noticia de su muerte nos estrujó el corazón, porque sin temor a equivocarnos ni de pecar de exagerados, se había ido de esta vida, uno de los hombres más buenos y serviciales de Moyobamba, que hizo de su vida un apostolado del servicio, y de la ayuda, y del favor, y de la gauchada, y de darte una mano hermano de mi corazón, y del cariño, del aprecio, de la amistad, de la bondad, de dar todo sin pedir nada, ni recibir nada. Solo las ganas de servir para ser feliz, para tomarse un trago y darse un abrazo que nos llegue al alma.

Y es que Zeín Vásquez López era único. Siempre pendiente de la salud de la familia, de los estudios de los sobrinos, del trabajo de los amigos, del bienestar de sus compadres, de qué le falta a fulano, zutano o mengano para ayudarle, de los problemas de Moyobamba. Preocupado por lo que hay que hacer para conseguir un presupuesto, lo que le falta a un club de barrio, a la capilla del pueblo, a la escuelita donde estudió, a su colegio Serafín Filomeno.

Y es que Zeín Vásquez López era el embajador de los moyobambinos en Lima. Consiguió la donación de la familia Banda Arévalo de una parte de su terreno para cederle al club San Juan. A este mismo club, le regaló junto a otros amigos, la imagen de San Juan para su procesión. Logró que la empresa de aviación Faucett a finales del año 60, ampliara sus servicios para seguir aterrizando en el viejo aeropuerto de Moyobamba, a pedido especial de su gran amigo don Francisco Cobos Salazar, agente de dicha empresa. Ha sido el organizador de las caravanas de visita desde Lima a Moyobamba para las celebraciones de las fiestas de San Juan.

Y es que Zeín Vásquez López era el hombre clave para cualquier ayuda. Muchas familias viven agradecidas porque sus hijos son profesionales “por don Zeincito”. Ingresaron a la escuela de oficiales de la policía, del ejército, de la fuerza aérea, de la marina, a la de sub oficiales, de técnicos, porque la mano de Zeín estuvo ahí. Y porque no les cobró nada, porque solo quiso ayudarles, porque eran hijos de sus amigos, de sus compadres del alma, de la comadre que le aprecia, del amigo de su amigo, del paisano de la selva que le regaló una botella de uvachadito para celebrar tanta alegría.

Y cómo debe haberles dolido esta muerte a su compadre del alma Severo López, con quién tantas veces armaron unas jaranas inolvidables, a su gran amigo Aquilio Vargas de Rioja, porque se querían como hermanos, a sus primos Cenés, Marcial y Pepe Bardález, con quienes desayunaba los domingos, esos antojitos de la santa tierra. A Orlando Morais, su amigo poeta, con quién hilvanaba las palabras. A la negra Cotita Meza por tanta locura del colegio y tanto cariño junto. A Wenceslao Vásquez, su primo hermano de la vida y de las manos abiertas para la ayuda y la solidaridad. A doña Martita Pereyra y la familia Simons con quienes se adoraba hasta la nostalgia.

A Juan Magnolio Portocarrero Hidalgo, con quién se bromeaba siempre. A Jorge Reaño, con quién se abrazaba hasta el alma en el mirador de la punta de San Juan. A don Jorge Vela y sus tantos recuerdos por el río Mayo en su bote “El Solterito”, quién en su homenaje bautizó al último de sus hijos con el nombre de Zeín. Y a tanta gente que le quiso, que le quiere y le seguirá queriendo, que le acompañó en multitud hasta su última morada en el cementerio Campo Fe de Huachipa.

Y cómo debe haberles jodido esta muerte, a quienes como Olmedo Vela López, Fernando Reátegui, Enith y Darwin Vela Valles, Rubén y Miguel Torres, Robinson y Dely Cabrera Tuesta, Silvia Vargas Rabanal, Roy López Mendoza, Javier Bardález Sánchez, los hermanos Edgar y Jorge Reaño Puerta y quién escribe esta nota en su memoria junto a sus hermanos, vivieron en su casa, recibieron todito su cariño y sus sabias enseñanzas.

En su triste despedida, en medio del dolor y la pena inmensa que retuerce el corazón, vino a mi memoria algunos detalles de su vida. Cuando no se conocía los servicios de Courier, si un moyobambino o riojano o tarapotino, quería enviar una carta a un familiar o una encomienda o dinero en efectivo y su dirección era un tanto alejada de la gran Lima, con toda la confianza del mundo, uno podía pedir que dejen el encargo en la casa de don Zeín, a espaldas del museo de Alfonso Ugarte, en el pasaje Teniente Paiva, a donde acudían los paisanos a recoger sus encargos, previo uvachadito de por medio y algunos se quedaban a “completar su carga”.

Cuando los padres de tantos estudiantes no cobraban sus sueldos o no tenían trabajo y había dificultades para enviar la pensión de la comida, del cuarto o de la cuota de la universidad, encargaban a sus hijos ir a la casa de don Zeín para solucionar el problemita. Nunca supe cómo conseguía dinero para ayudar a los muchachos, porque don Zeín era un hombre humilde que solo tenía abierto el corazón.

Don Zeín Vásquez López era hermano de mi madre, a quienes he visto envolverse de ternura y de amor tantas veces. Por eso a mi también me duele esta tristeza y una parte de mi alegría se ha ido con el tío, con el cumpa Zeín, que me ha enseñado tantas cosas en la vida.

La luna ya se fue. Alumbran los ojos de la noche en el bosque. El río se embravece. El viento anuncia la fiesta de San Juan. Ya no será igual sin él. En nuestra memoria, el cumpa Zeín, a pesar de todo, sonríe. Alza su copa y al más alto nivel, brinda por la amistad otra vez, escuchando la canción de La Piragua.

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