viernes, 25 de noviembre de 2011

SILVIA NUÑEZ DEL ARCO: "GRACIAS JAIME POR CREER EN ZOE Y CREER EN MI"


EL COMERCIO NOVIEMBRE 25, 2011

Silvia Núñez del Arco: "Gracias Jaime por creer en Zoe y creer en mí"

Los esposos fueron portada de una revista junto a su hija Zoe

(Foto: captura Cosas)
Familia de portada. Tras fotografiarse junto a su esposo Jaime Bayly y a su hija Zoe para la última edición de la revista Cosas, Silvia Núñez del Arco agradeció al escritor por compartir su vida con ella.

“Hoy es un día para agradecer. Gracias Jaime por creer en Zoe y creer en mí. Gracias a todos los que me leen y me entienden y comparten mi locura y felicidad. Gracias, gracias, gracias”, escribió la joven escritora en su cuenta en Facebook.

La hija del escritor ha sido presentada a través de las redes sociales en más de una oportunidad, sin embargo, es la primera vez que la pequeña posa para una revista.
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PERU 21 NOVIEMBRE 21, 2011

Jaime Bayly aseguró que no ha sabido ser feliz en el Perú "por tonto"

El escritor aclaró que, en la isla donde radica en Estados Unidos, tiene tiempo para desarrollar todas las actividades que le gustan

Jaime Bayly reconoció en su columna de “Perú 21” que ha recibido muchos insultos y agravios por haber comentado, en su texto de la semana pasada, que no quería volver al Perú porque se trataba de un sitio infeliz.

Al respecto, el polémico periodista aclaró que todo forma parte de un malentendido. Dijo que su intención jamás fue llamar infelices a los peruanos.

“Yo, por tonto o porque tal era mi destino, no he sabido ser feliz en el Perú, que, hechas las sumas y las restas, mis recuerdos del Perú son tristes, aciagos, contrariados, son recuerdos de derrotas y traiciones y persistentes amarguras, son una caja negra de la que se escuchan gritos, palabras filudas, amenazas, risas de hiena, rezos en latín”, escribió Bayly.

Asimismo, reiteró que en la isla donde radica junto su joven esposa, Silvia Núñez del Arco, y su hija menor vive contento porque se da el tiempo para escribir, dormir bien y mantenerse en buen estado de salud.

“Por eso no quisiera volver al Perú en unos años”, redactó. Señaló además que, de regresar al Perú, probablemente, sería asediado por sus posturas políticas y que, en efecto, esto es algo que ya se viene haciendo. “(y no se me diga paranoico, todos los meses llegan a mi casa en Lima citaciones policiales para intimidarme, y desde luego lo consiguen)”, remarcó.

Finalmente, mencionó que espera que todas las personas, incluyendo su familia, sean felices en Perú pero que él, por el momento, no piensa en volver. “Entretanto, me contento con volver a los paisajes de mi infancia y mi juventud cuando me siento a escribir mis novelas excesivas”, subrayó.

* La ira de los patriotas
Autor: Jaime Bayly

Algunos peruanos se han molestado conmigo y me han escrito insultos porque he escrito que en los próximos años no quisiera volver al Perú, dado que ese país me recuerda a la infelicidad.

Agradezco los espesos salivazos verbales de los patriotas ofendidos, por lo pronto me confirman que hago bien en mantenerme alejado de ellos.

No he dicho o no he querido decir que todos los que viven en el Perú son infelices, qué ocurrencia, qué penoso malentendido. Por supuesto, es mi deseo ferviente que todos los que viven en el Perú, incluyendo a mi familia y mis enemigos (si no es redundancia), sean felices, muy felices si cabe o si les cabe tanta alegría sin embriagarse. Deseo que sean felices viviendo en el Perú y también cuando viajen ocasionalmente fuera del Perú, que la felicidad sea plena y no se les interrumpa y roce el éxtasis, la euforia. Cómo podría yo ser tan despistado para suponer que todos los habitantes del Perú son por fuerza desdichados, cuando la desdicha o el júbilo son estados de ánimo de las personas, no de una patria o una nación.

Lo que he querido decir, valga la aclaración y vayan mis disculpas a los patriotas mancillados que se apresuran en insultarme para que nadie ponga en entredicho lo felices que son escribiendo invectivas anónimas, es que yo, por tonto o porque tal era mi destino, no he sabido ser feliz en el Perú, que, hechas las sumas y las restas, mis recuerdos del Perú son tristes, aciagos, contrariados, son recuerdos de derrotas y traiciones y persistentes amarguras, son una caja negra de la que se escuchan gritos, palabras filudas, amenazas, risas de hiena, rezos en latín.

Lo que quisiera decir ahora, sin ánimo de fastidiar a nadie, es que, de todos los lugares en los que me ha sido dado vivir, me he encontrado mejor en esta isla en la que ahora malvivo y de la que no quisiera irme por unos años, es aquí donde me siento algo más tranquilo y en libertad, es aquí donde puedo escribir sin grandes sobresaltos y donde salgo a caminar sin que me griten improperios desde una esquina o desde un auto acanallado, es aquí donde he aprendido a estar más o menos bien, menos bien que mal pero a ratos bien, lo que ya es bastante. Esta isla no es el lugar en el que nací, es el apacible paisaje en el que pude forjar mis pequeñas ambiciones, es el refugio que he encontrado para no claudicar de mi empeño por ser un escritor, es mi casa, la última estación, la mansa orilla a la que me ha arrojado el mar.

No tendría sentido mudarme a una ciudad, sea peruana o de otra geografía, en la que, a pesar de mi probada imprudencia, puedo avizorar claramente que mis días serían bastante peores que los que paso en esta isla, nadie debería imponerse tal contrariedad, un hombre retirado o jubilado debería ser libre de elegir el barrio donde quiere estar tranquilo sin que alguien se moleste por eso, y yo soy un hombre retirado, retirado al menos de las fatigas y los reveses de ser o aparentar ser un hombre de éxito y de buena entraña, que ama a quienes no conoce, cuando me es tan arduo amar a los que ya conozco, no encuentro tanto amor en mí y se me escapa en unas pocas personas a las que probablemente tampoco conozco.

Por eso no quisiera volver al Perú en unos años, por razones de salud, porque en esta isla de momento duermo mejor, por razones de lo que me conviene como escritor, porque en aquí puedo seguir escribiendo mis naderías, por razones de cobardía, porque temo que en la ciudad en que nací podrían arrestarme o citarme a interrogatorios o impedirme salir del país en venganza por mis posturas políticas (y no se me diga paranoico, todos los meses llegan a mi casa en Lima citaciones policiales para intimidarme, y desde luego lo consiguen), por razones familiares, porque mi mujer y mi hija menor están contentas en esta casa y porque en Lima está la parte de mi familia a la que tampoco vería si viviera allá, y por razones, en fin, dictadas por la más pura arbitrariedad o el más legítimo egoísmo, porque presiento que allá en Lima me sentiría jodido, rehén, a la defensiva, huyendo de las miradas inquisidoras y los chismes envenenados, y acá me siento también jodido, pero en libertad, esta es la jodienda que yo elijo, no la que me impone la patria.

Ruego que se me entienda bien: así como quiero días tranquilos para mí, del mismo modo que debo estar en el lugar que me resulte más propicio para escribir y resistir en pie los infortunios y plantarle cara al toro bravío que es el destino, sin duda deseo que todos los que viven en el Perú, todos sin excepción, todos incluyendo al presidente y a sus papás y a los que sueñan con ser presidentes, todos contando a mis enemigos y a los que me insultan con tan curiosa saña, sean felices, cuanto cabe de felices, más felices que yo. Ahora bien, mucho me temo que ni los patriotas inflamados ni yo seremos felices lo que se dice felices, porque tal cosa no es inherente a la condición humana y la vida misma parece ser un viaje de estaciones grises a otras oscuras, pero al menos moriremos intentando ser felices en el lugar donde se nos dé la gana, que puede ser la patria original o alguna de las patrias que uno se va inventando en el camino, y yo tengo para mí que la patria también está en los libros, en las películas, en las personas, y no necesariamente en tales o cuales coordenadas o puntos cardinales o en ciertas abstracciones colectivas.

Si me preguntasen por qué he sido tercamente infeliz en el Perú, por qué no he podido encontrar la mejor versión de mí en aquel país pundonoroso y estimable, no sabría qué responder, quedaría en silencio, ofrecería mis sentidas disculpas a los patriotas iracundos. He vivido en el Perú los primeros veinte años de mi vida, luego he viajado todos los meses al Perú por otros veinte años o más, he pasado temporadas optimistas en el Perú que siempre han terminado mal, he querido ser presidente del Perú por megalómano y vanidoso y por contentar a mi madre, he querido ser un peruano feliz pero he fracasado una y otra vez en el intento. Y no lo digo contento o con orgullo, qué va, qué fácil hubiera sido encontrar mi destino en la ciudad en que nací, qué liviano y conveniente sería cifrar las claves de mi felicidad en alentar a la selección peruana de fútbol, comer comida peruana bien encebollada y acompañada de cerveza cusqueña, decir peruanismos y diminutivos, pasar los domingos con mi madre y mis hermanos comiendo causa y tamales, sentir que ese himno es el mío, que yo me agito en una bandera y que unos adustos señores uniformados me defienden de los peligros extranjeros.

Volveré al Perú, si acaso, cuando sea el momento, ahora no es el momento. Entretanto, me contento con volver a los paisajes de mi infancia y mi juventud cuando me siento a escribir mis novelas excesivas, que es una manera no desdeñable, me parece, de seguir queriendo al lugar donde aprendí a mirar, a caminar, a leer y a escribir.
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PERU 21 NOVIEMBRE 12, 2011

Un año sin ellas
Autor: Jaime Bayly

Hace más de un año no veo a mis hijas mayores.

De vez en cuando les escribo pero no hay respuesta.

Supongo que pronto me escribirá su madre pidiéndome dinero, ella suele recordarme con cariño en esas ocasiones.

Ya me resigné a la idea de que no las veré más.

Lo que duele no es tanto su silencio sino saber o intuir que ellas están más contentas haciendo su vida sin mí.

Todo el tiempo que fuimos amigos, diecisiete largos años, las eduqué en ejercitar su libertad y en no menoscabar nunca el amor propio y, ya veo, algo aprendieron a quererse y ser fuertes y saber lo que quieren y mandar al carajo a quien les estorba o las lastima, incluso si ese patán soy yo, su padre.

Les he mandado regalos, dinero y no pocos correos pidiéndoles perdón, pero todo es en vano, por lo visto no me perdonan, no quieren perdonarme o no pueden perdonarme.

Quién podría culparlas, yo recién perdoné a mi padre cuando ya había muerto, tal vez ellas me perdonen cuando yo muera, tengo mis dudas al respecto, puede que les resulte más conveniente fatigar el rencor y odiar al padre como políticas de supervivencia.

No me queda tan claro por qué mis hijas mayores y su madre siguen molestas conmigo.

Supongo que es porque las eché de mala manera de mis departamentos en Lima.

Hice mal, fue un error, cometí una torpeza mayúscula que estoy pagando.

Les he pedido disculpas en privado y en público y vuelvo a ofrecerles mis disculpas públicas por ese penoso incidente.

Más no puedo hacer. Lo que pasó, pasó y ya no puede cambiarse por mucho que uno se arrepienta y se flagele. Solo cabe a estas alturas pedir disculpas y esperar que la otra parte comprenda y perdone. Pero si la otra parte no perdona, tampoco conviene sufrir más de lo que ya resulta inevitable, es bueno que uno mismo comprenda por qué pasaron las cosas y que uno sepa perdonarse y siga disfrutando de los días que quedan por delante.

Así como sospecho que mis hijas mayores son felices organizando sus vidas con absoluta prescindencia de mí, yo las he extrañado todo este año sin verlas pero no por eso he sido infeliz, ha sido un año bueno y he elegido pasarla bien con mi mujer y mi hija menor en esta isla en la que me siento en casa.

No estoy tan seguro de que mis hijas y su madre se molestaron conmigo porque las boté de mi casa con pésimos modales. Tengo mis dudas. Ya estaban molestas conmigo antes de que las echase de mi casa. Estaban molestas y no me hablaban porque me había enamorado de mi chica y no ocultaba ese amor y lo contaba con alegría en televisión y porque mi chica había quedado embarazada.

Fue entonces cuando todo se fue al carajo con mis hijas y su madre. Mis hijas detestaban a mi novia, la madre de mis hijas la insultaba a gritos día por medio, mis hijas y su madre no me abrían la puerta de mi propia casa, la madre de mis hijas montaba unas escenas de celos y despecho que me resultaban insoportables y del todo injustas porque yo estaba divorciado de ella hacía más de diez años y porque no teníamos ninguna clase de intimidad erótica hacía más de diez años y porque ella no se había privado de tener sus aventuras sentimentales ni yo las mías y porque yo había sido bastante generoso (pudiendo no hacerlo) en comprar unos departamentos para que ella y nuestras hijas viviésemos juntos, por lo visto demasiado juntos, más de lo que convenía, un peligro del que advertí a tiempo a mi ex esposa, pero ella quiso imprudentemente venir a vivir a mi casa y luego, ya viviendo en mi casa cuando tenía otra casa en la que bien pudo haberse quedado, pensó que, como vivía conmigo y tenía dos hijas conmigo, podía recortar mi libertad y prohibirme ver a la persona de la que me había enamorado y además insultar a esa persona a la que yo sentía que amaba y ahora siento que amo aún más.

Nada disculpa la tontería que hice. Debí encajar los golpes con aplomo. Debí preservar la calma. Debí perdonar los desaires y los insultos y las humillaciones. Debí entender que ir a la guerra sería sangriento para todos pero en particular para mí. Debí venirme a la isla con mi chica embarazada y dejar viviendo en mi casa de Lima a mis hijas mayores y su madre aunque ellas me odiasen y no quisieran verme y solo me recordasen por cosas de dinero.

Pero no lo hice porque no soy un santo ni un hombre virtuoso o ejemplar y cuando me pegan y se meten con mi libertad, pierdo los modales y tomo represalias que a la distancia se ven excesivas pero que en su momento parecieron una manera de hacer justicia y poner las cosas en su lugar: simplemente no me parecía justo que mi ex esposa se tomara la licencia de vivir en mi casa y, al mismo tiempo, insultar sistemáticamente a la mujer embarazada de la cual yo estaba enamorado.

Si todo volviera a ocurrir, trataría de no molestarme, trataría de reírme de las cosas que tanto me molestaron, pero las cosas pasan como tienen que pasar y ya está, yo estuve mal, claro que estuve mal, pero ¿no hubiera sido todo más fácil y amigable si mi ex esposa hubiese tratado con cariño a mi chica embarazada y les hubiese dicho a nuestras hijas que la niña que estaba por nacer era su hermana a la que ellas debían querer y no una enemiga de baja estofa a la que ellas debían odiar o despreciar?

Yo no le retiré mi amistad a mi ex esposa cuando ella se enamoró no una sino varias veces ya estando divorciados, solo que como ella no es escritora ni sale en televisión la gente no se enteró de sus amores encubiertos, pero yo sí me enteré y no salí a insultar a sus amantes de entonces ni a insultarla a ella y con seguridad no hubiese reaccionado a la tremenda si ella hubiera quedado embarazada de algún novio, pero cuando me tocó a mí enamorarme, entonces ella perdió la calma, se abandonó a la vulgaridad de las pasiones contrariadas, se olvidó de ser mi amiga, pateó el tablero y desató una lluvia de insultos y desmesuradas peticiones económicas que, por desgracia, me hicieron perder la paciencia y pedirle en privado y en público (tal es mi estilo y al que no le guste, que se aleje de mí: yo soy un escritor y lo cuento todo, en especial todo lo malo) que se fuera de mi casa.

Pero no las eché a la calle, qué ocurrencia. Podían volver a la casa en los suburbios donde tan cómodamente vivieron muchos años, gracias a mi invariable y no podría decirse que mezquina asistencia económica. Podían alquilarse el mejor departamento de la ciudad con el dinero que transferí a la madre de mis hijas cuando le pedí que se fuera de mi casa, casi doscientos mil dólares a ser gastados solo este año que ya termina. Ya quisiera yo que alguien me dijese: no puedes quedarte más en mi casa, debes irte, acá tienes doscientos mil dólares para este año y luego me pides más. No creo que eso califique en rigor como echar a alguien a la calle, y así como reconozco que me porté mal echando de mi casa a mis hijas mayores y a su madre, también creo que siempre me he preocupado por darles todo el dinero que necesitan y más también, incluso cuando he estado furioso con ellas, y no pido que se me agradezca por eso, es lo que me corresponde, aunque siempre les he dado bastante más de lo que me corresponde legalmente, sobre todo a la madre de mis hijas mayores, que se ha pasado media vida dándose todos los lujos que le apetecían a expensas de mi generosidad, habida cuenta de la tacañería de su madre y de la enfermedad de su padre.

Pero ya está, ya fue, todo esto suena a excusas tardías e inútiles.

Lo cierto es que hace más de un año no veo a mis hijas mayores y es muy probable que pase otro año sin verlas.

Yo quiero verlas, estoy dispuesto a verlas cuando ellas quieran y con su madre si así ellas lo prefieren, solo que no quiero ir a verlas al Perú, prefiero verlas fuera del Perú porque no me provoca ir a ese país que me recuerda a la infelicidad, yo las invito adonde ellas quieran y si quieren que vaya solo, sin mi esposa y mi hija menor, iré solo, por supuesto, no quisiera incomodarlas más.

Pero presiento que esa reunión no habrá de ocurrir pronto y entonces no me queda sino desear que mis hijas mayores y su madre sean felices (y si para ello necesitan odiarme, que me odien con ferocidad, no se repriman) y desear, al mismo tiempo, que yo acabe de acostumbrarme a este curioso desafío que me ha impuesto el destino, el de estar tranquilo y contento sin dos personas con las que siempre asocié la felicidad, mis hijas mayores, que Dios las bendiga y si no volvemos a vernos, espero que podamos vernos en alguna otra vida y que ya entonces no haya rencores y ellas tengan ganas de darme un abrazo como el que yo tengo ganas de darle a mi padre.
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PERU 21 NOVIEMBRE 7, 2011

La emboscada
Autor: Jaime Bayly

Carlos Cacho Legrand no es mi amigo, nunca lo fue, tampoco se sabe públicamente que es mi enemigo, pero yo siento un odio visceral por ese enano calvo de nariz puntiaguda, un odio lo bastante duradero como para ir a darle una paliza por la cabronada que me hizo cierta vez, hace ya años, en televisión. Probablemente Cacho Legrand pensará que lo he olvidado, probablemente él habrá olvidado lo que me hizo, pero yo jamás olvidaré ni perdonaré la doble afrenta con la que me humilló. Me invitó a su programa. Yo estaba en Buenos Aires promocionando una novela. Mis editores locales me advirtieron de que el programa era amarillo, peligroso, sensacionalista, me dijeron que no parecía una buena idea que fuese. Al mismo tiempo, ya se sabe cómo son de retorcidos los editores, me dijeron que el programa lo veía todo el mundo (ellos también) y que si corría el riesgo de someterme a una entrevista con Cacho Legrand, sin duda las ventas de mi novela se dispararían. O sea, me recomendaron que no fuese, pero me pidieron que fuese. Y como yo no quería quedar como un pusilánime o un cobarde, hice lo imprudente, lo que no debí hacer: fui a los estudios de canal 9 en Palermo, me dejé maquillar y salí en directo a las diez de la noche en el programa “El mundo de Cacho”, así de esperpéntico era el nombre del programa. Yo pensé ingenuamente que Cacho Legrand habría leído alguno de mis libros y me hablaría de ellos o de política o de sexo o de trivialidades y zarandajas inofensivas. Pensé que, como él tenía fama de mujeriego y de misógino (la de un depredador de mujeres que solo ve en ellas orificios a horadar), me hablaría de esas cosas, de mujeres, de que las mujeres son tontas o sucias o las dos cosas, o de que una mujer sin un hombre que se la monte es infeliz y no vale nada, cosas que solía decir la bestia de Cacho Legrand en sus programas de la radio y la televisión (que irónicamente gozaban de gran audiencia entre el público femenino, especialmente entre las mujeres mayores de cuarenta años, divorciadas o viudas o solitarias por la razón que fuese). Pero Cacho Legrand, astuto y venenoso como una tarántula, me tendió una emboscada. Me saludó con excesiva cortesía, me aduló de un modo embarazoso que delataba que no había leído una puta línea de mis novelas y, de pronto, cuando yo pensaba que sería una entrevista sosa más, Cacho Legrand hizo honor a su fama de pirata hijo de la gran puta y me preguntó: “¿Es verdad que tuviste sexo con Anita Casán la noche antes de su suicidio?”. La concha de su hermana, ¿cómo carajo podía este enano perverso haberse enterado de eso? La noticia del suicidio de Anita Casán fue un gran escándalo años atrás, porque Anita era presentadora de televisión y era muy guapa y muy querida y porque una tarde, enloquecida de tanto aspirar cocaína, al parecer vio criaturas horrendas que venían a matarla y saltó por el balcón dando alaridos y se mató, se partió la cabeza. Pero nunca nadie había sabido que la noche anterior Anita estuvo conmigo en mi departamento de San Isidro. Nunca nadie había dicho o publicado una palabra al respecto. Era un secreto que yo guardaba tristemente conmigo. Porque en realidad Anita Casán era mi amiga y ocurrió que el día anterior a su suicidio habíamos pactado que me hiciera una entrevista en un restaurante del bajo de San Isidro con vista al río, y en efecto grabamos la entrevista, y como siempre me pareció una mujer lista, despierta, atropellada, y además me pareció que estaba buenísima, y entonces cuando la entrevista terminó, ella despachó al equipo técnico y se vino conmigo al departamento y terminamos follando y metiéndonos la coca que ella llevaba en el bolso. Tiramos dos veces, ambas ella sentada a horcajadas sobre mí, y nos demoramos en venirnos, tal vez por la coca que nos había endurecido, y sentí que Anita Casán estaba loca y que se movía deliciosamente sobre mí y que su coca era sin duda la mejor que había probado en Buenos Aires. Cuando se le terminó la coca, se fue, no insinuó que quería que la acompañase, dijo que tenía que reunirse con no sé quién, era ya tarde, una hora incierta de la madrugada, y se fue y yo creí ver en su mirada desorbitada que sin duda se iba a conseguir más coca, que de ninguna manera se iba a dormir. Meses después, estando en Londres, desperté aturdido por un dolor de cabeza, entré en Internet, repasé Clarín y La Nación y leí en portada: “Murió Anita Casán”. La noticia decía que Anita había saltado del balcón, que la autopsia había revelado que estaba llena de cocaína, en fin, todo muy triste. Quedé muy afectado y no fui a su velorio ni a sus funerales y nunca pude olvidarla. Y ahora de pronto, en televisión en vivo, este enano miserable de Cacho Legrand me había apuñalado con ese recuerdo exacto y lacerante: “¿Es verdad que tuviste sexo con Anita Casán?”. Quedé perplejo, demudado. No supe qué responder. La incomodidad de mi silencio resultó delatora. Por mucho que luego me repuse y respondí que no, que no era verdad, que nunca había sido amante de Anita Casán, nadie me creyó, y de eso se ocupó de hacérmelo saber el hijo de puta de Cacho Legrand, que soltó una risotada de hiena y me dijo: “Dejá de joder, peruano, todo el mundo sabe que vos le dabas la coca a Anita, todo el mundo sabe que vos y Anita estuvieron en tu apartamento montándose como dos conejos en celo”. Me pareció alucinante que Cacho Legrand tuviese la insolente desfachatez de hablar así de una mujer muerta: montándose como dos conejos en celo. Pero más me indignó que me acusara de haberle dado cocaína, cuando fue ella la que me rompió la nariz, y no me quejo. “Lo que usted dice es una infamia, y por respeto a la memoria de Anita Casán no se lo voy a permitir”, dije, y me quité el micrófono, me puse de pie y me retiré bruscamente del estudio, mientras Cacho Legrand, maestro en el arte del desplante y el escándalo, gritó como si no le importara: “Andá a cagar, peruano del orto. ¿Qué pensás vos, que como sos escritor te voy a besar el culo? Andá a cagar, nene, acá somos periodistas independientes y no le besamos el culo a nadie, y menos a un escritor de cuarta como vos. Anita Casán se mató por tu culpa, boludo, cagón, buchón. ¡Anita Casán se mató porque vos la taponeaste de coca, recagón!”. Por supuesto, yo escuché todo eso mientras procuraba saltar los cables y evitar a los técnicos y camarógrafos que trataban de detenerme y disuadirme de que me retirase de ese modo intempestivo, pero eso no fue lo más grave, lo más grave fue que casi toda la puta Argentina vio y escuchó al enano de Cacho Legrand gritando al aire esas infamias en televisión, culpándome de la muerte de Anita Casán. Lo peor del caso es que, tantos años después (han pasado doce años exactamente desde aquel bochornoso episodio), Legrand sigue triunfando en canal 9, a las diez de la noche, con su truculento programa “El mundo de Cacho”, programa al que, por supuesto, no volveré, como presiento que no volveré a la Argentina.
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PERU 21 OCTUBRE 31, 2011

El azar, ese río caudaloso
Autor: Jaime Bayly

No soy un político ni quiero serlo, soy un escritor, lo soy hace veinte años, veinte años en los que no he dejado de escribir un solo año, soy un escritor y quiero serlo hasta el final de mis días y sin embargo son ciertos eventos políticos (todos ellos, contrarios a mis intereses o expectativas) los que me han llevado a vivir fuera del Perú, el país en que nací, y a escribir todas mis novelas, menos una, en este país donde ahora vivo y del cual soy ciudadano y en el que quiero vivir lo que me quede por vivir, los Estados Unidos.

El primer accidente político que sacudió mi vida ocurrió cuando yo tenía veinte años, entonces no sabía (lo intuía, pero no lo sabía) que mi destino estaba herido por el sable afilado de la literatura, creía que lo mío serían las leyes, el intrigante oficio del abogado, o la política, la ambición depredadora por el poder, no lo que luego descubrí que estaba en mis genes, la solitaria resignación o el emprendimiento quijotesco de inventar historias y luego contarlas con el fuego sagrado o no tanto de la literatura. El azar, siempre el azar gobernando mi vida, había querido que fuese periodista, primero en un periódico que quebró, luego en un canal de televisión, y fue así como, sin querer ser un político, pero queriendo fastidiar a los políticos (tal vez era solo un instinto de repudio a la autoridad, de rebelión ante los poderosos, un instinto parricida que latía en mí desde los primeros entredichos con mi padre), me enredé en una pelea pública con un joven y talentoso candidato presidencial, cuya salud mental me atreví a cuestionar con calculada impertinencia. El candidato ganó las elecciones y, como consecuencia de ello (y de su amistad con el dueño del canal en el que yo trabajaba), fui despedido de la televisión y, era solo predecible, ningún canal peruano quiso contratarme a sabiendas de que el presidente electo me detestaba rencorosa y cordialmente, y (estaba escrito en mi destino, solo tenía que entregarme al caudaloso río del azar) un productor televisión me ofreció un programa semanal en una isla caribeña, donde, los siguientes cinco años (el tiempo que fue presidente mi enemigo), tuve que ganarme la vida en esa ciudad cálida donde los ritmos alegres del merengue se escuchaban hasta debajo del mar.

La segunda colisión, choque y fuga o catástrofe política que me dejó contuso y aturdido ocurrió pocos años después, de nuevo en la ciudad en que nací, a la que había vuelto a vivir, en la que había comprado auto y apartamento y me había enamorado de un actor y una bailaora flamenca, en la que pasaba las tardes rumiando ficciones débiles, chapuceras, en un cuaderno escolar, no eran tiempos de computadoras ni celulares, aunque yo tenía un celular que pesaba como un ladrillo, regalo de mi amigo, el dueño del canal de televisión en el que presentaba un programa todas las noches. En ese programa me burlaba todas las noches, o casi todas, del presidente electo, un hombrecillo menudo, de ojos rasgados y mirada desalmada, el mismo imprudente caballero que un domingo se descolgó en la televisión anunciando, mapa detrás, que, por el bien del país (entiéndase, el suyo propio), había decidido dar un golpe de Estado, golpe que fue apoyado por la vasta mayoría de sus compatriotas, también por el dueño del canal en el que yo trabajaba, quien me conminó amigablemente a apoyar al espadón, y como yo me negué a aplaudir la barbarie, entonces se me dijo que debía irme pronto al extranjero o terminaría en prisión, de modo que, no siendo el coraje una de mis pujanzas más constantes, dejé todo en manos de mi novia, la bailaora flamenca, y tomé el primer avión, un lunes a medianoche, que me trajera al país de la libertad, aquí donde ahora escribo estas líneas. No pudiendo o no debiendo regresar a la ciudad en que nací porque corría el riesgo de ser apresado, entendí que mi destino era vivir fuera, vivir lejos, vivir los sinsabores del exilio y, sin embargo, volver a recorrer los paisajes aciagos de mi infancia y mi juventud en el territorio quemante de la literatura.

Pero uno siempre vuelve adonde silban las balas, a la trinchera en la que se siente llamado a combatir, y por eso regresé cuando cayó la dictadura, ya entonces sabiendo que lo mío, para bien o para mal, era escribir novelas, saquear mi memoria para volcar esos recuerdos hediondos en la página eternamente en blanco de lo que habrás de escribir mañana para que tu madre y los críticos lo lean y deploren, sabiendo eso y también que tenía que seguir fatigando el vil oficio del bufón o del provocador o del tiratiros televisado, puesto que había unas cuentas familiares que pagar y el dinero que me procuraban las novelas era escaso, insuficiente (y, sin embargo, era dinero al fin y al cabo y mis novelas se publicaban, lo que ya parecía una recompensa gigantesca). De esas tensiones, o de esas ambiciones a menudo encontradas, surgió otro hecho político que volvió a enemistarme con el poder de turno y que me dictó la conveniencia de marcharme de nuevo al exilio, pues quiso el destino que yo conociera y tomara partido por ella a la hija de un candidato presidencial lo bastante cachafaz para negarla en privado y en público, y por desgracia quiso también el destino (o quisieron quienes votaron por él) que ese embustero ganase la presidencia negando con todo descaro a su hija, la adolescente que me había buscado para que alguien por fin la defendiera, y ya luego me sentí otra vez un extranjero y un indeseable en el país en el que mis enemigos habían ganado la disputa mercenaria por el poder y me habían infligido una herida sangrante en la piel del orgullo, y por eso me fui un tiempo después, porque no quería vivir la vergüenza cotidiana de acatar la autoridad de un impresentable y porque no quería pagar mis impuestos a ese gobierno acanallado, fue así como, no siendo yo un político, tuve que irme al exilio por circunstancias adversas de la política, un fango al que, no sé por qué, siempre termino metiéndome y del cual salgo bastante embarrado.

Las últimas refriegas políticas que volvieron a dejarme malherido y apestando ocurrieron hace un año o poco menos y nadie tiene la culpa de ellas salvo yo mismo, pues nadie me obligó a regresar el año pasado a la ciudad en que nací, fui yo quien eligió desavisadamente esa suerte contrariada, y nadie me obligó, ya puesto a hacer un programa todas las noches en aquella ciudad, a meter mis narices en el hormiguero de la política, fui yo quien, desmemoriado, se metió en el jaleo por el poder, fui yo quien tomó partido por esta candidata y luego por la otra, fui yo quien quemó sus naves no teniendo nada que ganar y todo por perder, fui yo quien se metió en un curso de masiva colisión política, en un fragoroso accidente múltiple que acabó costándome primero el programa (del cual fui despedido por razones políticas) y luego un exilio que habrá de prolongarse al menos cinco años (pues jugué todas mis cartas contra el matón que acabó siendo presidente, muy a mi pesar).

Son ya cinco, cinco en casi treinta años, las catástrofes políticas que me han expulsado de ciertos programas de televisión y que me han arrojado lejos del país en que nací, y si bien comprendo ahora que bien pude ahorrarme todas aquellas desgracias, también tengo para mí que hice bien en librar cada una de esas batallas, y que si he de volver a perder (y morir) en el campo del honor o en un campo cualquiera de Agramante, allí estaré con la tranquila determinación del que sabe que se entrega, perdido, a su destino.
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PERU 21 OCTUBRE 24, 2011

De paso por el cielo
Autor: Jaime Bayly

Son días felices.

El otoño ha llegado por fin, el calor agobiante del verano se ha marchado, estos son los meses mejores en la isla.

Una lluvia que parecía rabiosa ha llenado tanto la piscina que se ha desbordado de agua y ha lavado las camionetas que nunca se lavan porque lavarlas en el grifo cuesta cuarenta dólares por camioneta y porque ya lavé todos los domingos las camionetas cuando era niño y mi padre me obligaba a ello: la limpieza y el orden son virtudes de los mediocres, escuché alguna vez en una película, por eso mi vida es un caos y no limpio nada, o casi nada.

Las ratas trepadoras que vivían en un escondrijo en las alturas de un árbol y que salían a pasear de noche en los alrededores de la piscina han mordido las trampas envenenadas y el jardinero dominicano, gran amigo de mi familia, las ha encontrado muertas, hoy domingo apareció una más y nadie la ha tocado y será mañana el jardinero quien cumpla la odiosa tarea de retirar el cadáver.

Las nanas, Dios las bendiga, nos permiten dormir hasta tarde, por lo general despierto entre una y dos de la tarde, pero hoy he despertado a las tres. Zoe despierta en su cuarto a las siete de la mañana y entonces las nanas la entretienen, le dan de comer, la bañan, juegan con ella, la sacan a pasear por estas calles tranquilas, le cuentan cuentos peruanos como los que mis nanas me contaban a mí y procuran que Zoe no suelte sus carcajadas fantásticas o sus gritos de aquí mando yo para que no nos despierte, qué nos haríamos sin las nanas, todo lo que gano trabajando es para ellas y todo lo que ellas trabajan es para que yo duerma como un bebé más bebé que mi bebé.

Las horas de sueño, que antes eran tensas y entrecortadas, y que tenía que estimular con numerosos sedantes que dañaban no poco mi hígado y mi memoria, se han vuelto limpias de químicos, ahora duermo ocho o diez horas de un tirón o con una sola interrupción gracias a unas pastillas naturistas que me recomendó uno de los muchos médicos que consulté para emanciparme de la nociva dependencia a las drogas para dormir. Lo bueno de dormir sin psicotrópicos es que recuerdo mis sueños y a veces tomo nota de ellos y azuzan mi imaginación de escritor; también es bueno despertar en ocasiones sintiendo el cosquilleo del deseo y poder contarle a mi mujer mis sueños, todos mis sueños, incluso los que más me desconciertan o me entristecen. Lo malo de recordar lo que he soñado es que ciertas noches despierto llorando, pensando en ellas, mis hijas mayores, en lo rara e inexplicable que es la vida sin ellas.

Zoe cumple siete meses esta semana. Los momentos que paso con mi hija menor son de una felicidad luminosa, impensada. Nos gusta pasear por el jardín, mover el agua de la piscina, salir a caminar por el barrio, mirar el mar o la fuente de agua de la isla, a ella le gusta que le hable, que le explique cada cosa, su mirada seria y adulta posada en aquello que despierta su asombro, su mano tan delicada acariciando el pelo posterior de mi cabeza, como si ella fuese mi madre y yo su hijo, como si ella supiera que, aun siendo mi hija de casi siete meses, mi vida depende de ella, de sus caricias, de sus miradas, de su sonrisa infrecuente. No estamos juntos todo el día porque ella tiene que hacer sus cosas y yo las mías y porque ambos creo que intuimos que es mejor estar un momento intenso y feliz y luego reunirnos más tarde, es mejor así. Es mi hija, sin duda es mi hija, basta con mirar sus manos o sus pies o el modo ceñudo y levemente depresivo en que pasea sus ojos por el mundo o el chiste que hace con las piernas, levantándolas y dejándolas caer, antes de quedarse dormida. Es mi hija y todas las batallas que he tenido que librar para afirmar su vida y para darle una apropiada bienvenida y para estar con ella ahora que más me necesita han valido la pena, aunque mi sangre haya quedado derramada en el camino, bien derramada estuvo.

Por mucho que intento controlarlo o neutralizarlo, se me sigue cayendo el pelo y por lo visto no hay nada que pueda hacer para impedirlo, desde luego la idea de quedarme calvo me aterra, pero si es un mandato genético o del destino, habrá que acatarlo con una mínima dignidad y, si acaso, con lo que uno pueda simular que sea parecido a la elegancia. Mi padre era calvo, mis abuelos eran calvos, mis tíos casi todos eran o son calvos, algunos de mis hermanos menores tienen menos pelo que yo y sin embargo sonríen encantadores, de modo que no hay por qué asustarse tanto, y sin embargo, a decir verdad, no me acostumbro a ver caer mis pelos muertos, estragados sobre la mesa en la que escribo o sobre el lavatorio en el que me peino después de ducharme. Seguiré tomando ciertas pastillas, aplicándome algunas lociones y elíxires de cítricos, lavándome el pelo con un champú francés demasiado caro que mi peluquera me ha jurado que usa su marido para no quedarse calvo, pero si he de quedarme calvo, calvo seré, y entonces supongo que será la hora de retirarme de la televisión y ser un escritor calvo y, por respeto a los demás, ermitaño, todo lo ermitaño que sea posible.

En dos semanas, el ocho de noviembre, mi mujer cumplirá años. No tengo un regalo para ella, no sé que regalarle, todo lo mío es suyo, toda esta alegría otoñal se la debo a ella, que me quiere tranquilamente, sin preguntas ni reproches, sin quejas ni melodramas, con una sonrisa pícara y esquinada al otro lado de la cama. Esta es una vida nueva que no pensé que en justicia me correspondía vivir y es ella, mi mujer, la madre de Zoe, quien la ha urdido minuciosamente para mí. La amo como jamás pensé que podía amar a una mujer. Yo pensé toda la vida que ahora recuerdo como si fuera de otro que no podía amar a una mujer porque yo era la mujer agazapada a la que debían amar. No deja de ser extraño y divertido que el azar haya emboscado mis certezas de esta manera inesperada. Pero, no siendo un hombre cabal, siendo a duras penas un hombre a medias, incompleto, roído por las dudas incesantes y el pasado que lo abruma, soy con ella exactamente el hombre que me da la gana de ser, puedo ser con ella todo lo que soy, el revoltijo de contradicciones y ambigüedades y sinsabores que anida en mi espíritu, un entrevero caótico sin el cual no sería el padre de Zoe, el esposo de mi mujer, el padre de mis hijas mayores, a las que recuerdo absolutamente todos los días, y el hijo de mi madre, la persona más bondadosa que he conocido, quien, a la distancia, tanto me quiere.

Son días felices. Mi mujer y mi hija menor y todas las nanas de blanco me han traído al cielo, esto tiene que ser el cielo y creo que todavía estoy vivo. Si no es mucho pedir, ruego a los dioses que dure un poco más.
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PERU 21 OCTUBRE 17, 2011

El jefe

No es una noche cualquiera. Hay concierto de Calamaro. Vamos, por supuesto. Llueve. No tenemos paraguas. Corremos. Alguien nos detiene. Pide fotos. Dispara la foto de una vez, joder, que estoy mojándome la coronilla.
Autor: Jaime Bayly

Han dejado en la taquilla dos entradas a mi nombre. Se agradece el cariño anónimo.

Segunda fila, dos asientos muy cerca del escenario. Poca gente en la sala, es temprano todavía.

Treinta dólares por dos latas de cerveza. El negocio es vender cerveza, no libros.

Ocho y cuarto de la noche. Dijeron que el concierto comenzaría a las ocho. Con esta lluvia, dudo que comience antes de las nueve y media. Menuda será la espera. No importa, El Jefe la merece.

Me parece un acierto que exhibas tu ombligo, le digo a Silvia. No le digo: Creo que Andrés amaría tu ombligo. No se lo digo, pero lo pienso.

Un hombre joven se acerca y nos cuenta que el concierto de Nueva York fue un éxito y el de esta noche está todo vendido. La gente está por llegar, dice. Es por la lluvia que se ha demorado.

Una señora alta y delgada nos dice que El Jefe quiere vernos, nos pide que la acompañemos.

Dejamos las latas de cerveza escondidas tras las patas de las sillas plegables de la primera fila. ¿Estarán aquí cuando volvamos? Lo dudo. Miradas de sed se ciernen sobre ellas.

Subimos al escenario. Me detengo un segundo, miro la inmensidad del teatro aún desocupado. Debe de ser cojonudo estar allí arriba y sentir que una multitud canta tus canciones. El verdadero poder está en la música. Los grandes poetas de nuestro tiempo son músicos. Los líderes espirituales de nuestro tiempo son músicos. La religión de nuestro tiempo es la música.

Tendrías que aprender a tocar guitarra y a cantar y a tocar el piano, amor. Con los libros, ya sabes, no llegaremos a ninguna parte. Tranquilo, este lunes comienzo clases de guitarra. Fantástico, no he conocido a nadie que sienta la música como tú. ¿A nadie, ni siquiera a Andrés? Bueno, a Andrés lo conozco, lo he entrevistado, le he regalado algún libro, pero no es mi amigo.

Andrés, querido. Jaime, querido. Andrés besa a Silvia, sorprendido. Pensará que es mi hija. Pensará que soy un buen padre (no está al tanto de los chismes de Lima). Pensará que el ombligo de Silvia es territorio invicto. No sabe que ese ombligo es mi almohada, el epicentro de todos los terremotos.

Andrés tiene un pelo espléndido, todo el pelo que se me está cayendo, un pelo negro, amplio, esponjoso, el pelo díscolo de un chiquilín. Combina sabiamente ese pelo afro, que se lo envidio y así mismo se lo digo, con una barba canosa que ha hecho bien en no afeitarse.

Va vestido con un pantalón negro ajustado, zapatos negros de poeta itinerante, camisa blanca, corbata negra muy delgada y saco negro pegado al cuerpo. Ningún gordo podría vestirse así. Yo reventaría esos pantalones, ese saco.

Andrés vigila a Silvia, estudia a Silvia, algo nos cuenta paseando sus ojillos neuróticos por el ombligo de Silvia. Más allá, en la esquina del camerino, una mujer muy guapa, con ropas ajustadas, nos sonríe. Se llama Micaela, o eso dice El Jefe. Desde luego, yo no pregunto quién es Micaela, como Andrés no pregunta quién es Silvia. Yo miro prudentemente a Micaela, mientras El Jefe mira prudentemente a Silvia.

¿Quieren un té?, pregunta Micaela. Tiene que ser una broma. Cómo han cambiado los tiempos, Jefe. ¿Tomaremos té antes del concierto? ¿Té y solo té? Yo paso. Dejamos las cervezas allá abajo. ¿No tienen cerveza? Soy abstemio, dice Andrés, solo tomo para el público. No puedes tomar, no queremos que te bajes los pantalones como en Nueva York, dice Micaela. El Jefe cuenta sonriendo el episodio de Nueva York. Luego llama a Olga y le dice que se descuelgue ya mismo con una botella, ella sabe cuál.

Olga no demora, por algo está con Andrés. Aparece con una botella de tequila, o eso dice él y yo le creo, él sabe de tequila todo lo que yo ignoro, o sea todo. El Jefe abre la botella. Micaela le pide que no tome, le ruega que no tome. Guardo silencio. No se llega a ser una leyenda del rock siendo abstemio. Tienes que probar lo que te prohíben.

Andrés, no se sabe todavía por qué, coge una cuchara y habla de las cucharas, de su historia con las cucharas. Dice que en los setentas, en el South Bronx, había gente desesperada que pedía un café o una sopa para luego llevarse la cuchara y prenderle fuego por debajo y consumir aquella mezcla de drogas rompedoras. Había gente que pagaba y se llevaba la cuchara antes de tomarse el café o la sopa, cuenta El Jefe, y uno sabe que es verdad. Esas cucharas que la gente compraba con impaciencia o que robaba de los cafés y los bares eran luego tan quemadas que terminaban agujereadas de tanto uso maldito. Esa cuchara que tienes en la mano, Andrés, estará algún día en otras manos y nosotros ya no estaremos: nosotros pasamos, las cucharas quedan (agujereadas, pero quedan).

Andrés acerca la cuchara a la botella de tequila. Micaela se alarma. Una cucharada de tequila es lo que toma El Jefe. Yo paso. Tengo el hígado hecho mierda, le digo. Andrés coge un cooler y dice: Acá tengo el hígado que necesitas. Reímos. Añade, sus ojillos vivarachos: Me lo dieron para mí, es tuyo si lo querés. Bendito seas, Andrés. Dame tequila en cucharitas, dame la sagrada comunión. Comulgamos juntos. Menos ella, Micaela, que es un bombón y solo toma té, té verde, será por eso que está así de fuerte.

Cucharadas de tequila van y vienen en medio del camerino que se enciende con la palabra cadenciosa de una leyenda del rock. No nos veremos en cinco o diez años o nunca más, salud por eso, es insólito que después de todo sigamos vivos, Andrés.

Se habla de la televisión, se habla de fútbol, se habla de política, se habla de la tormenta de anoche que casi derribó el avión en el que El Jefe venía de Nueva York, se habla de la entrevista que no pude hacerle porque el vuelo llegó demorado, se habla de todas las dietas que hemos hecho y no han funcionado a pesar de que Andrés es hijo de una nutricionista, y así nos lo hace saber sin soltar la cuchara en una mano y el tequila en la otra, qué manera de servir tequila sin que caiga una gota, maestro.

Olga anuncia que es tiempo de dar el concierto. Nos damos un abrazo. Al salir, Andrés me toma del brazo y dice: Las mejores entrevistas son las que no se hacen, porque esas son las que terminás escribiendo.

Larga vida al Jefe. Silvia y yo le hemos mandado por correo una cuchara que robamos de un restaurante argentino.
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PERU 21 OCTUBRE 10, 2011

El casino
Autor: Jaime Bayly

La vida es un casino. Todos estamos dentro del casino, las miradas entreveradas, los humores veleidosos, el estrépito incesante de las voces confundidas. Es, por supuesto, un casino gigantesco, tan grande que no podríamos caminarlo por completo, con infinitas mesas de juego y ruidosas máquinas tragamonedas. Todos estamos en el casino por una larga noche, una noche que por momentos parecería perpetua, pero que, bien lo sabemos, bien conviene recordarlo, no lo es. Sabemos que al amanecer, el casino cerrará sus puertas y nos echarán de mala manera a la calle. Sabemos que aun antes del amanecer, alguna mezquina autoridad del casino podría arrojarnos a la calle sin darnos explicaciones. Apenas salgamos de esa casa superpoblada donde gobierna a su antojo el azar, dejaremos de existir. Solo podemos vivir dentro del casino. La nuestra es, pues, una existencia que depende del paso del tiempo o, peor aún, de que se nos aparezca gruñón el portero del casino, puesto que cuando dicho señor uniformado decida echarnos a empujones o de una patada en el trasero, nada podremos alegar, será la hora de irnos a regañadientes o, más probablemente, lloriqueando. Fuera del casino, es la nada misma, la certeza de que estaremos quietos, fríos, muertos, la angustia de no saber si algo de nosotros logrará pervivir (unos se angustian porque quisieran ser eternos, otros ven con pavor la cruel promesa de la eternidad, cuénteseme por favor entre estos últimos). No por eso, todos los que están en el casino juegan. No son pocos quienes prefieren limitarse a mirar, no apostar, no correr riesgo alguno. Por lo visto, tienen miedo a perder, tienen miedo de que, si pierden sus fichas, los echarán del casino antes del alba, rumiando la frustración o la desdicha de que podrían haberse quedado un tiempo más. Por temor a perder, por temor a ser expulsados del casino antes de que amanezca, muchos no juegan en las mesas donde vuelan las cartas y rueda zumbando las bolitas, muchos se sientan y miran y no corren riesgo alguno. Abundan también los que apuestan, sí, pero solo moderada y cuidadosamente, por ejemplo se sientan frente a las máquinas tragamonedas y se divierten y saben que al menos de esa manera están procurando sentir el goce de la inesperada recompensa que les será concedida a unos pocos, esos afortunados que súbitamente ven caer un torrente de monedas o de fichas que equivalen a una pequeña fortuna. De pronto, para ellos, es la alegría de ganar, es la euforia de ganar. Cuando ganan, se alegran tanto que por un instante olvidan las leyes del casino: no importa cuánto ganes, al amanecer (o cuando nos dé la gana) te daremos una patada en el trasero, te echaremos a la calle y morirás como un perro atropellado, tus vísceras salpicadas en la penumbra de una calle helada, y no podrás llevarte contigo nada de lo que hayas ganado, todo quedará en el casino, la casa siempre gana, el jugador siempre pierde, aun si no juega pierde, aun si se queda mirando siempre pierde, porque al alba no hay compasión con nadie y el casino se vacía de concurrentes y todos se difuminan, desaparecen, caen en un agujero negro que los conduce al medio de la nada (aunque algunos supersticiosos aseguran que los conducirá a un lugar mejor que el casino, a un casino inmaculado donde todo el que apuesta, gana, y donde nunca amanece y no te echan a la calle a morir). Lo cierto es que todos estamos en el casino, unos jugando, otros mirando, unos ganando, otros perdiendo, y todos sabemos, o deberíamos saber, que en un tiempo la gerencia del casino (o no siquiera la gerencia, digamos el portero, un portero borracho, un portero zafio) nos echará a la calle y se acabará nuestra identidad tal como la conocimos y la conocieron, si acaso, nuestros amigos en el casino. Hay quienes prefieren olvidar que el tiempo es limitado y que la derrota final es segura, inexorable, y por eso, en lugar de apostar en las mesas de juego, en vez de perder dinero en las tragamonedas, se dedican a beber alcohol o a seducir personas que les resultan apetecibles (y que, a nuestros ojos, rara vez lo son). Hay quienes, conscientes de que esa noche en el casino habrá de terminar más o menos pronto y que entonces tocará desaparecer, morir, extinguirse, pudrirse en la calle como un perro atropellado, comprenden que, dado que no hemos elegido estar dentro del casino pero ya estamos confinados allí, y dado que no es posible escapar del casino con la plata ganada ni eludir la cita segura con la muerte al amanecer o incluso antes, solo tiene sentido correr los riesgos más excitantes, redoblar la apuesta, jugárselo todo, vivir la noche en el casino con la certeza de que será la única noche fragorosa en ese antro de mala muerte, y con la certeza adicional de que aun ganando siempre, nada de lo que ganes podrás llevártelo cuando despunte el sol y te avienten a la calle sin misericordia. Esos benditos intrépidos, los que más arriesgan, los que pierden todo o ganan todo y siguen jugando espoleados por la ilusión de ganar siempre, parecerían ser los que más se divierten, y no necesariamente porque sean más inteligentes que los otros, esos que miran o que a duras penas corren riesgos menores, sino porque da la impresión de que son más audaces, de que saben o intuyen que al terminar la noche en el casino no quedará nada sino el olvido y por tanto deciden que esa noche en el casino será una de veras memorable, y entonces corren los riesgos más altos, y ganan en grande o pierden en grande pero no se quedan con la sensación apática, apocada, pusilánime, del que mira y no se anima a jugar. Terminada la noche, unos extenuados por jugárselo todo, otros aburridos por contemplar el juego ajeno, suena la alarma y los que estamos hacinados en el casino somos empujados con aspereza hacia afuera. Fuera del casino, ya se sabe, no hay vida: lo que eras en el casino desaparece de inmediato, lo que ganaste o perdiste queda en el casino. La noche siguiente otra gente jugará y ganará o perderá o no jugará y se excitará con los triunfos y las derrotas de los otros, y al final, como siempre, todos perderán, la casa se quedará con todo, porque la casa, está dicho, siempre gana, y el que juega, aun ganando siempre, termina perdiéndolo todo. Sé que está por amanecer, que me quedan un par de horas más en el casino. Soy de los que han nacido para subir la apuesta, elevar el riesgo, jugarse los cojones en cada ronda. No he nacido para mirar el juego de los otros. He nacido para jugar y para que otros miren la insolencia o la desfachatez con la que me abandono a jugar, una insolencia que no proviene del coraje, claro está, sino del recuerdo de que en pocas horas el casino habrá cerrado sus puertas y todos seremos la nada misma, o yo seré la nada misma y ustedes seguirán jugando unas horas más.
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PERU 21 OCTUBRE 3, 2011

La máquina de Arizona
Autor: Jaime Bayly

UNO
El doctor dice: Sus problemas pueden arreglarse con descargas eléctricas al cerebro. El cerebro es un campo electromagnético. Tengo una nueva máquina que puede medir las ondas eléctricas que emite su cerebro. Gracias a la nueva máquina, puedo afinar los desbalances eléctricos de su cerebro y elevar su mente al máximo potencial. El paciente piensa: Suena demasiado bien para ser verdad. Si fuera verdad, más gente usaría la máquina, más gente estaría afinada.

DOS
El doctor dice: Su cerebro emite ondas que pueden medirse en una escala de 0 a 60. Su cerebro emite 256 ondas simultáneas por segundo. La nueva máquina registrará las ondas más potentes o agresivas que emite su cerebro. La máquina fue descubierta por un físico en Arizona hace 8 años. Más de 10 mil personas se han sometido al afinamiento cerebral de la máquina. Esto le cambiará la vida. El paciente piensa: Lo dudo.

TRES
El paciente lee un libro en inglés que le ha regalado el doctor. El libro dice que, si el paciente se somete a las descargas eléctricas de la máquina de Arizona, sus posibilidades (o las posibilidades de su mente) son ilimitadas. El libro dice que las personas que han afinado su mente con la máquina de Arizona han cambiado de un modo dramático sus vidas, superando los traumas que les impedían ser felices. El libro dice que la máquina es efectiva en el 95 por ciento de los casos. El paciente piensa: Si esto es una estafa, está tan bien montada que debo pagar por ella. Seré un conejillo de indias.

CUATRO
El doctor conecta la máquina al paciente, le pide que cierre los ojos, apaga las luces y sugiere al paciente que respire profundamente. El doctor ha adherido doce cables a la cabeza del paciente, cables que unen la máquina de Arizona a la cabeza del paciente. El doctor dice: Son siete protocolos de medición. Esto tomará unas dos horas. Puede quedarse dormido si así lo desea. El paciente cierra los ojos y no siente dolor. El doctor sale del cuarto, cierra la puerta y toma un café con su enfermera. Ríen. El paciente los escucha reír y piensa: Están riéndose de mí.

CINCO
El doctor entra en el cuarto, prende las luces, se sienta al lado del paciente y plantea cuestiones matemáticas sencillas que el paciente, tras un silencio en el que suma y multiplica y resta, resuelve con exactitud. El doctor entrega un libro al paciente (otro libro, no el de las posibilidades ilimitadas) y le pide que lea varias páginas rápidamente. El paciente sabe o intuye que le preguntarán por lo que está leyendo, por eso usa su memoria para intentar recordarlo todo. Cuando termina de leer, escucha las preguntas que el doctor le formula y responde con apego fotográfico al texto que ha memorizado. El doctor se sorprende o finge sorprenderse y elogia la memoria del paciente. El paciente piensa: Estoy perdiendo el pelo, pero no la memoria.

SEIS
El doctor examina unos papeles en los que se han marcado las ondas eléctricas del paciente. El paciente no sabe si esos papeles son una medición fiable o un montaje fraudulento. El doctor dice: Usted ha sufrido un trauma severo cuando estaba en el vientre de su madre. Usted ha sufrido un trauma severo, o varios traumas severos, entre los 0 y 18 años. ¿Puede recordar esos traumas que ha sufrido? El paciente dice: No, no recuerdo nada. El paciente piensa: Todos hemos sufrido traumas severos entre los 0 y 18 años, la vida misma es un trauma severo. El doctor dice: ¿Alguien de su familia puede decirle los traumas que ha sufrido? El paciente dice: Mi padre está muerto, le preguntaré a mi madre.

SIETE
El doctor dice: Debo advertirle que soy ateo. El sentido de la vida es ser feliz. Todos los actos de su vida deben servir al propósito de hacerlo feliz. El paciente pregunta: ¿Incluso si esos actos que me hacen feliz hacen al mismo tiempo infelices a otras personas? El doctor dice: La infelicidad de otras personas no le causará felicidad. Usted se sentirá feliz cuando vea la felicidad que causa en otras personas. Por eso uso la máquina de Arizona, porque veo la felicidad que causo en mis pacientes y eso me hace feliz. El paciente piensa: Lo dudo. Lo que lo hace feliz es sacar dinero a personas incautas como yo.

OCHO
Antes de comenzar el tratamiento, el doctor ha extendido unos papeles al paciente y le ha dicho: Necesito que firme estos papeles. El paciente ha leído los papeles. Los papeles dicen que si el paciente muere como consecuencia de las descargas eléctricas, el doctor no tiene la culpa de nada y no puede ser enjuiciado por nada. Los papeles dicen que si el paciente queda loco o estúpido o en coma, el doctor no tiene la culpa de nada. Los papeles dicen que si la máquina no funciona y el paciente no siente que su mente ha sido afinada en un sentido positivo, el doctor no puede ser enjuiciado, nadie puede ser enjuiciado. El paciente firma todo y piensa: Esto es una estafa. El paciente pregunta cuál es el riesgo estadístico de morir o quedar dañado por usar la máquina. El doctor dice: Menos de 0.1 por ciento. El paciente piensa: El daño no será cerebral, será económico.

NUEVE
El paciente pregunta: ¿Recuerdas si sufriste algún trauma cuando estabas embarazada de mí? La madre del paciente dice: No recuerdo nada, hijo, pero ninguno de mis embarazos fue un trauma para mí. El paciente piensa: Mi madre no sería capaz de reconocer un trauma porque su vida entera ha sido un trauma. El paciente pregunta: ¿Recuerdas si sufrí uno o varios traumas antes de los 18 años? La madre del paciente dice: No recuerdo nada, pero eras un niño muy obediente, rezabas mucho y sacabas buenas notas en el colegio. El paciente dice: Según el doctor, mi cerebro funciona mal por culpa de los traumas que sufrí en mi infancia. La madre del paciente dice: Si quieres que tu cerebro funcione mejor, tienes que rezar. El paciente piensa: He ahí uno de mis traumas, la religión.
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PERU 21 SETIEMBRE 26, 2011

No me digas que fue un sueño
Autor: Jaime Bayly

Uno de los hechos más sorprendentes e inolvidables que me han ocurrido ha sido conocer a Borges. Lo conocí dos años antes de que muriera. Era julio o agosto de 1984, no recuerdo bien el mes, recuerdo que era 1984 y era invierno en Buenos Aires y yo estaba leyendo las Obras Completas de Borges en tres volúmenes realmente gruesos. No sé por qué había ido a Buenos Aires, en realidad siempre he viajado a Buenos Aires sin ninguna razón particular, por el inexplicable placer de estar en esa ciudad. Recuerdo que en aquel tiempo no tenía el departamento de San Isidro, me gustaba alojarme en hoteles del centro. Todavía no había publicado mi primera novela. Leía hechizado a Borges. Estaba poseído por la mágica gracia de Borges para encontrar el adjetivo exacto con rigor de matemático. Me parecía (me sigue pareciendo) que Borges era el gran escritor en lengua española de nuestro tiempo y que todos los demás estaban a muchas leguas de distancia. Además, los libros de entrevistas a Borges o de conferencias de Borges o de conversaciones con Borges me hacían estallar en risas fantásticas. Su sentido del humor, su desprecio por el peronismo y el tango y el fútbol siendo argentino o en parte argentino, me parecían admirables. Nunca imaginé (fue la mano de Dios) que, caminando por la calle Lavalle, de pronto vería a Borges con sombrero, de la mano de una mujer joven, de ojos rasgados, muy delgada, casi espectral, que yo sabía que era entonces su asistenta, María Kodama, y que luego terminaría siendo su esposa, la mujer que lo llevó a morir a Ginebra, no sé si porque así lo quería Borges o porque así lo quería ella, lo cierto es que vi en la calle a Borges con sombrero, protegido por un paraguas que le llevaba María, caminando con elegancia inglesa por el centro de Buenos Aires, y me pareció un momento fantástico, pensé que estaba soñando. Borges hablaba con María, ella asentía, él se dejaba guiar, parecían caminar sin apremio, la gente no lo reconocía ni se le acercaba, eso me sorprendió. El presidente era entonces Alfonsín y el país estaba sumido en el caos (como de costumbre) y recuerdo que aquel día era uno de huelga o paro general, de modo que los comercios, casi todos, estaban cerrados, y no circulaba transporte público y había menos gente deambulando por la calle. La razón de la huelga o el paro general se me escapaba, pero en la Argentina siempre he tenido la sospecha de que las huelgas y los paros y los feriados religiosos y militares se inventan por una razón que es inherente a la esencia del argentino, y esa razón es la alergia al trabajo, la natural proclividad al descanso, al reposo, a la ingestión de pizzas y empanadas, al cultivo de viejos fervores como el fútbol o la política o algún otro encono de esa naturaleza. Borges y María caminaban delicadamente, como si estuvieran pisando la nieve, como si pudieran resbalarse, y él estaba físicamente en esa calle del centro de Buenos Aires, pero su mente parecía estar en algún lugar remoto, en un tiempo antiguo, quizá hablando algún dialecto escandinavo, al menos a mí me pareció evidente que los zapatos gastados de Borges se movían respondiendo las órdenes de una zona del cerebro de Borges que podríamos denominar “la zona argentina” o “la zona real”, pero las palabras que salían como murmullos de su boca provenían de otra región de su cerebro, de una zona que podríamos llamar “la zona fantástica” o “la zona laberíntica” o “la zona de las bifurcaciones infinitas”. Sin advertirlo, de pronto me encontré siguiendo a Borges y a María. Los seguía a prudente distancia, tratando de no incomodarlos. Poco más allá, cruzaron la calle (nadie los saludaba, algunos parecían reconocerlo pero nadie se acercaba a pedirle un autógrafo y menos una foto) y entraron en una confitería y se sentaron a una mesa en la esquina, alejada de la exposición a la calle. Entré a la confitería y me senté a una mesa cercana y pedí un café y un tostado de jamón y queso. María Kodama me miró con abierta hostilidad, como si quisiera decirme: Sé que nos estás siguiendo, no se te ocurra acercarte, estamos hartos de los impertinentes como vos. Fue la suya una mirada de gélida advertencia, que enseguida esquivé con timidez. Comprendí que no debía acercarme, que solo podía contemplar al genio bebiendo un té y comiendo un tostado como el que luego me sirvieron a mí. Le temblaba un poco la mano cuando se acercaba el tostado a la boca. En un momento, María se levantó y caminó hacia el baño. Tuve entonces la osadía (de la que nunca me he arrepentido) de acercarme a Borges y decirle: “Es usted un genio, Borges”. Borges se sobresaltó levemente y me preguntó: “¿Qué me dijo?”. Por lo visto no me había oído bien. Levanté un poco la voz, no demasiado, y le dije: “Estoy leyendo sus Obras Completas y quiero decirle que es usted el gran genio de nuestro tiempo”. Borges sonrió, la mirada extraviada, moviendo la cabeza como si no estuviera bien asida al cuello, como si pudiera caérsele la cabeza, y dijo: “Bueno, muchas gracias, pero no sé si le conviene leer mis Obras Completas, yo le sugiero que lea mis Obras Incompletas”. Me reí. Borges sonrió, le gustó que celebrase su ironía. “¿De dónde es usted?”, me preguntó, sorprendiéndome. “Soy peruano”, le dije. “Peruano”, dijo él, como si le hubiera dado una buena noticia, lo que me halagó. “Siéntese, por favor, permítame invitarle un té”, dijo Borges. Luego levantó el brazo derecho e hizo el ademán de llamar al camarero. En ese momento vi que María Kodama salía del baño y me lanzaba una mirada de vitriólica hostilidad. Me jodí, pensé. Esta mujer viene a echarme de la mesa, me dije. Borges comentó, como hablando consigo mismo: “Mi bisabuelo peleó en la batalla de Junín, no sé si usted lo sabe”. Me sorprendió su exquisita cortesía, la impensada amabilidad con la que trataba a un forastero como yo, al que además ni siquiera podía ver. Le dije: “Sí, me parece que he leído el poema en el que lo menciona”, dije. Luego Borges, mientras María se acercaba, recitó: “Alta en el alba se alza la severa/ faz de metal y melancolía/ un perro se desliza por la acera/ ya no es de noche y aún no es de día/ Suárez mira su pueblo y la llanura/ ulterior, las estancias, los potreros/ los rumbos que fatigan los reseros/ el paciente planeta que perdura/ Detrás del simulacro te adivino/ oh joven capitán que fuiste el dueño/ “de esa batalla que torció el destino” (dijimos ambos, y él sonrió cuando escuchó mi voz acompañando a la suya)/ Junín, resplandeciente como un sueño/ En un confín del vasto Sur persiste/ esa alta cosa, vagamente triste”. Borges sonrió. Le dije: “Es usted un genio. Nadie ha definido mejor al Perú: esta alta cosa, vagamente triste”. Borges pareció ensimismado. Enseguida dijo: “Mi bisabuelo Manuel Isidoro Suárez comandó un regimiento de caballería que decidió la batalla en la pampa de Junín. La batalla duró una hora o poco menos. No se disparó un solo tiro. Fue a sable y lanza. Mi bisabuelo atravesó con su lanza a un español. El español había tomado prisionero a un coronel amigo de mi bisabuelo, el coronel Olavarría. Mi bisabuelo mató al godo y le dio la libertad a su amigo. Manuel Isidoro Suárez, mi bisabuelo: uno de los hombres más valientes del ejército de la independencia. Fue él quien comandó una carga de caballería (casi todos eran peruanos y colombianos, mi bisabuelo era uno de los pocos argentinos) que decidió la batalla de Junín”. María Kodama me lanzó una mirada venenosa y me preguntó: “¿Quién es usted? ¿Qué hace sentado aquí? ¿Es usted periodista?”. Borges sonrió, paciente, generoso, y dijo: “No, no, María, este señor es mi amigo, es peruano, conoce el poema que le escribí al coronel Suárez, mi bisabuelo, héroe de la pampa de Junín”. Me conmovió que Borges me llamara su amigo. No lo era, desde luego. Era solo un extraño, un impertinente. Pero Borges parecía necesitar desesperadamente un pretexto, una coartada para evadir la realidad y refugiarse en el mundo perfecto de sus palabras. Me levanté de la mesa y dije: “No quiero molestar más, me retiro, ha sido un honor, Borges”, dije, y no quise decirle “maestro”, sabía que le hacía gracia o le incomodaba que lo llamasen “maestro”, creo que prefería que le dijeran Borges y por eso le dije así, Borges. María Kodama felicitó mi decisión: “Muy bien”, dijo, con una mirada despoblada de afecto, extranjera a la ternura. Borges, el brazo tembloroso, buscó mi mano, estrechó débilmente mi mano, y entonces dijo, casi balbuceando: “Me parece que alguna vez leí a un poeta peruano”. No supe qué decir, no quería decir un desatino, sabía que los gustos literarios de Borges eran arbitrarios, impredecibles, por lo general a contracorriente. Prudentemente, pregunté: “¿Le gustó ese poeta peruano?”. Creo que a Borges le pareció apropiado que, siendo yo peruano, considerase la posibilidad de que cualquier poeta peruano fuese malo, o dicho de otra manera pareció sonreír ante la posibilidad de que no por ser peruano aquel poeta que él creía recordar debía ser un buen poeta. Borges respondió: “La niña de la lámpara azul.” Dije: “Eguren, José María Eguren”. Borges dijo: “Eguren, claro, Eguren”. Luego recitó: “En el pasadizo nebuloso/ cual mágico sueño de Estambul/ su perfil presenta destelloso/ “la niña de la lámpara azul” (dijimos, a la vez). Borges se rió y dijo, como haciéndome una confidencia: “La niña de la lámpara, bueno, está bien, pero el azul, no sé, ya me parece decorativo, ¿sabe usted?”. Me reí, creo que Borges le gustaba sentir que alguien celebrara su sentido del humor, tal vez por eso añadió: “Una lástima el azul, yo soy muy sobrio, un puritano, y el azul ahí ya es demasiado para mí”. Me reí, pensé que estaba viviendo un sueño, ignoré a María Kodama, dije: “Un exceso, claro”. Borges me corrigió: “Más que un exceso, una orgía”. Me reí y dije: “Adiós, Borges. Debo volver al Perú, esa alta cosa, vagamente triste”. Borges, sonriendo, me hizo adiós. María Kodama me dijo con su mirada: No quiero verlo más. Pero años después, ya muerto Borges, volví a verla, y ella por suerte no me recordaba.
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PERU 21 SETIEMBRE 19, 2011

Ellas contra ti
Autor: Jaime Bayly

UNO
Buenos Aires, 2004. No puedes dormir. Pasas la noche exprimiendo naranjas, tomando jugos de naranja, escribiendo una novela (la vida parece reducirse a eso: escribir una novela mejor o menos mala que la anterior). Sabes que tu padre está enfermo, que le queda poca vida. No quieres verlo, no te atreves a verlo. El invierno argentino envenena tus noches, te roba el sueño. Sospechas que los viejos alemanes del piso de arriba son nazis fugitivos. El frío, el silbido del viento deslizándose por las rendijas de las ventanas, los ruidos molestos de los vecinos, las ásperas discusiones en alemán, el recuerdo de tu padre enfermo, esperándote: todo se confabula contra ti. Hablas con las hormigas. Tu mente se deshace en un eco de voces enemigas. No eres el mismo, eres otro, eres alguien peor. Lo habías leído: cuando una persona no duerme comienza a enloquecer, privarla del sueño es una forma de tortura. Contratas a unos técnicos que convierten tu habitación en un espacio herméticamente sellado, aislado del ruido con paredes de goma, como si fuera una cabina radial. Ahora tu cuarto es una radio fantasma y sigues sin dormir. Te rindes. Tomas las pastillas que te ha regalado una señora del edificio (Alplax). Duermes, no como antes, pero algo duermes.

DOS
Georgetown, 2005. ¿Quién hubiera dicho que volverías como profesor de literatura al campus de la universidad donde años atrás escribiste el borrador de tu primera novela? Eres el profesor que comienza sus clases diciendo: No soy capaz de enseñarles nada, por eso prefiero contarles un cuento. Eres el profesor insomne, el profesor pasmado, el que nunca duerme. Pasas las noches escuchando los ruidos inquietantes de los espíritus que habitan esa casa fantasmagórica que has alquilado a una señora (alcohólica) finlandesa. Detrás del espejo de uno de los baños encuentras varios frascos de Xanax. Tus noches (y tus tardes después de clases) son un batiburrillo de Alplax y Xanax. Alguna mañana despiertas, miras el reloj y adviertes con sobresalto que tus alumnos deben de estar esperándote hace una hora. Tomas dos Xanax más y renuncias a la vida académica.

TRES
Key Biscayne, 2006. Viajas en avión todas las semanas. No bastan ya los sedantes habituales. Pides consejo al farmacéutico de la isla. Debes tomar el somnífero que está de moda, te sugiere. Lo toman los atletas, los futbolistas, los cantantes que viven de gira, te informa. Se llama Ambien, dice, bajando la voz, como si te diera el contraseña para llegar a un tesoro oculto. No es adictiva, no tiene efectos secundarios, no deja resaca, es la droga ideal para dormir, te asegura. En la televisión aparecen a menudo unas publicidades muy persuasivas en las que una mariposa de colores (la mariposa Ambien) termina su vuelo veleidoso en la cabeza atormentada, sombría de un paciente insomne: apenas la mariposa se deja estar sobre la cabeza del sujeto torturado, todo es felicidad, todo es paz, todos se conjuran para dormir. El farmacéutico y la televisión no pueden mentir, debes tomar Ambien. Pero si quieres ser feliz, químicamente feliz, debes tomar Prozac también, eso es lo que te recuerdan el farmacéutico y los anuncios sicodélicos de la televisión.

CUATRO
Lima, 2007. Intentas dormir en un hotel. Es un empeño vano. Tomas una ronda de pastillas y otra y otra más. Tu cuerpo se tensa, se amotina, es un campo de batalla. Caminas dopado con tus pantuflas de conejo hasta la farmacia vecina al hotel. Pides ayuda a la señora farmacéutica, una dama muy honorable. Se trata de una emergencia, exageras. Pides algo que te ponga a dormir, que apague el incendio de tus vísceras. Es así como trabas amistad con el Dormonid, ese lánguido señorito azulado. Desde entonces lo haces tuyo o te hace suyo, se vuelven amigos viciosos, inseparables.

CINCO
Madrid, 2008. Hospital Gregorio Marañón, sala de urgencias. Tienes el brazo fracturado. Los doctores te suministran un analgésico (Nolotil) que toma a tu cuerpo de rehén y lo somete a la extorsión de una cápsula cada ocho horas. Tus amigos españoles te envían por correo cajas de Nolotil a tu casa en la isla. Miami, 2008. Mercy Hospital, sala de cuidados intensivos. Te han operado el conducto biliar. Pasas una semana recibiendo morfina a la vena. Sales de la clínica con centenares de painkillers, muestra gratis, fina cortesía del médico que te operó. Para aliviar el dolor, o para neutralizar un hipotético dolor que de seguro se ensañará contigo, te refugias en el consuelo del Celebrex: parece una manera discreta de celebrar que estás vivo, a despecho de la orgía de psicotrópicos a la que te has abandonado.

SEIS
Bogotá, 2009. El jefe de la policía te ha dicho en el bar del hotel que unos sicarios vendrán a matarte. Estás tenso, necesitas relajarte y esperar con aplomo a los tiratiros. Antes de comenzar el programa, ya con el micrófono adherido a la corbata, preguntas a los camarógrafos y técnicos en general: ¿Alguien sabe cómo puedo conseguir marihuana? Nadie responde, todos saben que están siendo escuchados en el control maestro. Al terminar el programa, dos muchachos se te acercan y deslizan en los bolsillos de tu saco unos papeles que envuelven la hierba amiga. ¿Quién hubiera dicho que tantos años después, en un hotel de Bogotá, volverías a fumar marihuana? ¿Quién hubiera dicho que una amenaza de muerte te serviría como coartada para volver a la costumbre del porrito y el paseo de madrugada hablando con los árboles? Nadie viene a matarte: pasan noctámbulas las motos, pasan los autos cochambrosos, nadie dispara. Que sepan los bribones que los espera un hombre armado (de pastillas y hierba fresca), que sepan que los espera un hombre dopado (y bien dopado).

SIETE
Lima, 2010. Tomas todo lo que tienes a mano, que no es poco, y duermes a duras penas un par de horas. Luego tomas otra ronda de pastillas pistoleras y con suerte duermes hora y pico. Así pasan los días y las noches entrecortadas, azuzadas por el arcoíris de los químicos que se despliegan en la mesa de granito de la cocina y que ahora ingieres con gelatina roja y helado de lúcuma: debes celebrar que estás en Lima, todavía vivo, convertido en una pequeña botica ambulante que atiende las veinticuatro horas, de sol a sombra. Es el sufrido apostolado del periodista: uno siempre está de turno.

OCHO
Key Biscayne, 2011. Ahora tomas una sola pastilla para dormir (Ambien) y, al despertar, un antidepresivo (Prozac). Te parece algo casi milagroso. Gradualmente, y no sin dolor, has conseguido emanciparte de las servidumbres a todas las otras drogas de las que eras adicto. Tu casa es una clínica de desintoxicación, tu mujer es tu médico de cabecera, tus hijas son el mejor estímulo para aferrarte a la vida. Todo este año ha sido una larga guerra sin cuartel contra las pastillas, ellas contra ti, y si no han podido matarte, es tu turno de acabar con ellas, una a una. Es una batalla que no cesa. En nombre del amor, en nombre del coraje, debes prevalecer.
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EL COMERCIO SETIEMBRE 19, 2011

Jaime Bayly contó detalles de su batalla contra las pastillas

El periodista espera no depender de sedantes ni de medicamentos para la ansiedad. “No fue fácil, días de náuseas”, escribió en Facebook

Ser padre nuevamente parece haber devuelto a la vida al escritor Jaime Bayly. Antes de colgar una foto en la que se lo ve divirtiéndose en la piscina junto a su hija Zoe, el “Tío Terrible” describió en su página oficial de Facebook su ardua batalla contra las pastillas para la ansiedad y sedantes que usa. “Dos pequeñas batallas ganadas. No fue fácil, días de náuseas y mareos y la cabeza como un microondas”, escribió.

Bayly, quien reside desde hace algunos meses en Miami junto con su esposa Silvia Núñez del Arco, se mostró optimista. “Hoy dormí bien [...], poco a poco”.
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PERU 21 SETIEMBRE 12, 2011

Memorias de un suicida
Autor: Jaime Bayly

El malhumor de mi padre.
La devoción de mi madre.
Un hermano nuevo cada año.
La soledad de Los Cóndores.
La voz de Pocho en la radio.
Los libros de Salgari.
Las riñas imaginarias con maleantes.
El fútbol en el jardín grande.
Los partidos de frontón con mi hermana.
El pasmo en el colegio.
La revista de mujeres que rozó mis manos.
Las pajas incontables, inconfesables.
La joya robada.
El mes que fui prófugo.
El fervor celeste viaja en tren.
Un policía me detiene en el estadio.
Mi padre, ese señor que parece policía.
La misa en ayunas.
El venado que no maté.
La carne de venado que no pude comer.
Eres la fruta podrida, dice mi madre.
Debes irte para no contaminar a los demás, dice mi madre.
El exilio con los abuelos.
El primer trabajo, el primer sueldo, cien soles la quincena.
Mi nombre impreso en el periódico.
Las cuchipandas de los sábados.
Los desmayos de mi hermana alada.
El periódico, ese manicomio donde nadie me cree loco.
Todo lo que aprendí para el examen de ingreso, todo inútil, ya olvidado.
Mi nombre escrito en el puesto cuarenta y ocho.
La cabeza rapada, el orgullo solapado.
Nunca una felicitación de mi padre.
Nunca un abrazo al menos impostado.
Está claro, somos enemigos.
Los rosarios en latín con mi madre.
Los sollozos furtivos de mi madre.
El sosegado amor de los abuelos.
Las visitas al burdel.
Los emolientes de madrugada.
El primer televisor que compré.
Los goles polacos.
La modorra universitaria.
Ella quiere estar conmigo, sus padres no.
De pronto soy famoso o eso creo.
El dinero mercenario de la televisión.
Los viajes al Caribe.
Tantos deslices dominicanos.
Tantas manos sin nombre.
Ocho o diez porros al día.
El formidable estímulo de la cocaína.
El toque de queda.
Un calzoncillo como bandera blanca.
Conseguir cocaína: emergencia médica.
Los discursos a solas de madrugada.
Las pastillas que no me mataron.
Toda la coca que aspiré como un suicida.
Las mil noches que me rehusé a dormir.
La adicción al pacman.
Los primeros cuentos culposos.
Nadie como Bukowski,
ni siquiera Capote.
La pizza, la sangría, el tocayo esquivo.
Ella en la discoteca.
Ella en mi cama.
Él gritándome insultos.
Él llorándome su amor encubierto.
En mi corazón siempre cabe alguien más.
La pasión por ella, la pasión por él, todo a un tiempo.
Solo escribir me salvará la vida.
Bailar conmigo en el Nirvana.
Enloquecer de celos por ella.
Buscarla en las discotecas.
Encontrarla bailando con otro.
Aquella paja rabiosa, esperándola.
El Suizo de La Herradura, el señorío de sus mozos.
El amor al pie de la cruz del morro.
El malecón serpentino, el mar enfermo.
Mi padre es un extraño o un adversario.
Sobrevive el camaleón.
Tantas camas de hoteles y hostales.
Las sobremesas con Bobby, el arte del chisme.
Los funerales y bodas a los que no asistí.
Tremendos partidos de fulbito al pie del mar.
No se olvidan los goles que metiste.
Esos goles, ¿los metiste o los soñaste?
Mis hijas cuando eran mis hijas.
La prisa rumbo al aeropuerto.
Llegar y partir, llegar y partir, estar de paso.
El cariño insólito de los extraños en la calle.
La hostilidad de los parientes honorables.
Ojalá te mueras de sida, me dice una señora.
Lárgate de nuestra casa, me dice un señor.
Los mensajes escritos en sangre por una mujer.
El Park Plaza que es mi casa.
El Golf Los Incas que es mi casa.
El Country que es mi casa.
Mi casa que no es mi casa.
Mi casa nunca fue mi casa.
Una mujer me insulta a gritos.
Los huevos rotos en las ventanas.
Ahora soy mi padre.
La chica mala, eso tiene que ser magia.
El malecón, la hora incierta, la ola infinita.
La conspiración de los cerdos.
Tres meses en la niebla, tres resfríos viciosos.
Las intrigas, las amenazas, las traiciones.
Los interrogatorios de la policía.
La mano obesa te pone en jaque.
Una vez más tienes que irte.
La vida está en otra parte.
Solo estabas de paso, debes partir.
La chica mala, mi chica mala.
Pronto seremos tres.
Bien, al aeropuerto.
Creo que no volveré.

Estas son mis memorias,
ahora que he perdido la memoria.

La Isla, septiembre, 2011.
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PERU 21 SETIEMBRE 5, 2011

Borges
Autor: Jaime Bayly

Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. (Tú).

Debo fingir que hay otros. Es mentira. Solo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura. (El enamorado).

Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. (El amenazado).

No habrá una sola cosa que no sea una nube. Eres nube, eres mar, eres olvido. Eres también aquello que has perdido. (Nubes).

Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca. (Junín).

Curiosamente, una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el casos. (El sueño).

Ahora estás en mí. Eres mi vaga suerte, esas cosas que la muerte apaga. (Buenos Aires).

Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino (La fama).

Nadie es la patria, pero todos lo somos. (Oda escrita en 1966).

Somos nuestra memoria, ese montón de espejos rotos. (Cambridge).

Y pensar que no existiría sin esos tenues instrumentos, los ojos. (Historia de la noche).

Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde. (Ausencia).

La vejez puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Pronto sabré quién soy. (Elogio de la sombra).

Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. (El libro, conferencia en la universidad de Belgrano).

Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. (El otro).

Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).

El Perú fue la historia que Prescott ha salvado. Fue después una playa que el crepúsculo empaña, y un sigilo de patio, de enrejado y de fuente, y unas líneas de Eguren que pasan levemente, y una vasta reliquia de piedra en la montaña. (El Perú).

Abjuré de mi honor, traicioné a quienes me creyeron su amigo, compré conciencias, abominé del nombre de la patria. Me resigno a la infamia. (El espía).

Nada o poco sé de mis mayores portugueses, los Borges: vaga gente que prosigue en mi carne, oscuramente, sus hábitos, rigores y temores. (Los Borges).

Ya te cerca lo último. Es la casa donde tu lenta y breve tarde pasa y la calle que ves todos los días. (A quien ya no es joven).

Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. (Borges y yo).

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. (El amenazado).

I offer you the bitterness of a man who has looked long and long at the lonely moon. I offer you whatever insight my books may hold. I offer you the loyalty of a man who has never been loyal. (Two english poems).

Tú, que ayer eras toda la hermosura, eres también todo el amor, ahora. (Sábados).

El novelista no debe jamás buscar la belleza, aunque sabemos que ha fracasado si no la logra. (Citando a E. M. Forster, Textos cautivos).

No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y del tedio. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).

España del inútil coraje. (España).

El que mira el mar ve a Inglaterra. (La dicha).

Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido. Acaso sueño haber soñado. (Descartes).

De las operaciones del espíritu, la menos frecuente es la razón. (Citando a Fenelon, Siete Noches).

El rostro que se mira en el espejo no es el de ayer. La noche lo ha gastado. El delicado tiempo nos modela. (Adán es tu ceniza).

Soy el que no conoce otro consuelo que recordar el tiempo de la dicha (The thing I am).

Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado. (El remordimiento).

Estoy mirando el último poniente. Oigo el último pájaro. Lego la nada a nadie. (El suicida).

No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz. (Fragmentos de un evangelio apócrifo).

En un confín del vasto Sur persiste, esa alta cosa, vagamente triste. (Coronel Suárez).

A los otros les queda el universo; a mi penumbra, el hábito del verso. (On his blindness).

Este verano cumpliré cincuenta años; la muerte me desgasta, incesante. (Límites).

Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia; ojalá yo hubiera nacido muerto. (El poeta declara su nombradía).

Soy el que envidia a los que ya se han muerto. (Yo).

El tonto no entrará en el cielo, por santo que sea. Hay que descartar la santidad, hay que investirse de inteligencia. (Citando a Blake, Emanuel Swedenborg).

Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. (A un gato).

La meta es el olvido. Yo he llegado antes. (Un poeta menor, Quince monedas).

Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi cuerpo. (Una oración).

Las tardes que serán y las que han sido son una sola, inconcebiblemente. (La tarde).

Vivimos descubriendo y olvidando esa dulce costumbre que es la noche. Hay que mirarla bien. Puede ser última. (La cifra).

Mi Dios, mi soñador, sigue soñándome. (Ni siquiera soy polvo).
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PERU 21 AGOSTO 29, 2011

Mi patria laxa
Autor: Jaime Bayly

UNO
Me han suspendido la licencia de conducir. Acumulé veinte puntos en medio año. Hago más puntos en mi licencia que en el rating del programa.

DOS
Mi hija cumple cinco meses. Dice sus primeras palabras: Hu-ma-la. Me deja devastado. Yo le digo: Pa-pá. Ella repite: Hu-ma-la. No me recupero.

TRES
No soy adicto a las drogas. Soy amigo de las drogas. Nos llevamos bien. Tenemos química.

CUATRO
El paraíso no es una biblioteca, es una farmacia.

CINCO
Afuera había un ruido como de carrera de motos. Salgo y veo a un muchacho en el jardín montando algo parecido a una moto. Creo que es Tony, el ex novio de Silvia, que solía montar motos. Le digo: Tony, la concha de la lora, ¿qué haces acá con tu moto?, ¡nos has despertado! El muchacho me dice: No soy Tony, señor Jaime Baylys, soy el jardinero, y esto no es una moto, estoy cortando la hierba.

SEIS
Mi madre se opone a que cremen mis despojos en una funeraria de Miami. Dice que se quemaría mi alma. Yo le digo: mamá, no tengo alma, en los ultrasonidos que me hacen no sale nunca mi alma. Ella me dice: sí tienes alma, claro que tienes alma. Yo le digo: si tengo alma, estará escondida en mi bolsa testicular.

SIETE
El Perú es un archipiélago. Cada peruano es una isla.

OCHO
Silvia y yo estamos en la piscina. Le digo: no te muevas, hay un mosquito en tu frente. Ella se queda inmóvil. Golpeo su frente para matar el mosquito. No lo aplasto, escapa ileso. Silvia se queja: eso dolió.

NUEVE
Caminando de madrugada con Silvia, se detiene a nuestro lado una camioneta con lunas negras. Bajan las lunas. Son tres gordos crapulosos, de mal aspecto. Pienso que me dispararán, protejo a Silvia con mi cuerpo. ¿Cómo se llama esta calle?, me pregunta en inglés uno de los mafiosos. El jirón de la Unión, le digo en español. No habla inglés, dice en inglés uno de los gordos cachafaces. Luego se van.

DIEZ
Nunca he entendido la utilidad de la bolsa testicular. Debería tener un cierre o cremallera para guardar monedas o llaves o caramelos de menta. Uno se pasa la vida cargando una bolsa de regular tamaño en la que nada puede guardar. Silvia me ha pedido que me depile la bolsa testicular. Será un trance doloroso pero lo haré por amor. Dicen que en la Calle Ocho hay un chino que te depila con los dientes.

ONCE
Esta mañana, después de tres días extraviados, encontré mis anteojos en el fondo de la piscina. No recuerdo haber buceado con los anteojos puestos, pero mi memoria no es de fiar.

DOCE
A esta isla viene la gente que huye de la política, de la violencia, del caos. En esta isla se reúne gente que quiere vivir discretamente, en paz, contemplando las maravillas de la naturaleza, por ejemplo las ardillas que juegan en los árboles de mi jardín. Esta isla es mi república tropical, mi patria laxa.

TRECE
En esta isla no hubo nunca una revolución, nunca una guerra, nunca un golpe de estado, nunca una huelga violenta, nunca dictaduras ni esclavos, nunca reyes decapitados, nunca torturas ni desaparecidos. En esta isla la gente se ha conjurado para actuar de un modo razonable.

CATORCE
A mi hija le pusieron aretes. Lloró mucho. Yo también lloré. La pediatra me preguntó por qué lloraba. Le dije: porque siempre quise que me pusieran aretes. Fue todo muy triste.

QUINCE
Una señora me dice al salir del cine: se ve usted mejor en persona que en televisión. Le digo: usted también, señora.

DIECISEIS
La vida incluye sufrimiento. El origen del sufrimiento es el deseo. El sufrimiento puede extinguirse cuando se extingue su causa. Lo dijo Buda cuatro mil años antes de que naciera Cristo.

DIECISIETE
Traté de dormir sin pastillas. Mala idea. Ella dormía, yo veía cómo mi cuerpo convulsionaba cada tanto. No dormí nada. Era divertido ver cómo mi cuerpo se movía con absoluta prescindencia de mi voluntad.

DIECIOCHO
Ella dice: no sé quién eres, pero te amo

DIECINUEVE
Hay una página en Facebook que dice “yo pienso que Jaime Baylys es un payaso”. Hay otra que dice “odio enormemente a Jaime Baylys”. Como mi hija mayor les puso “like” y las eligió entre sus páginas favoritas, yo les puse “like” también, así me siento más cerca de ella y pienso que, después de todo, tenemos algo en común.

VEINTE
Llueve a cántaros en la isla. En cada gota creo ver una vida de otro tiempo, una vida ya olvidada. La lluvia es el recuerdo de los que nos precedieron en el arduo empeño de sobrevivir. Todos seremos lluvia.

VEINTIUNO
Ella y yo fuimos a una fiesta. Había mucha gente. Había bailarinas sobrealimentadas. Nos hacían fotos. A la media hora escapamos. De pronto un viejo me gritó al oído: ¡Soy el dueño de una revista de pesca y quiero sacarte en la portada! Le dije: encantado, mañana temprano salgo a pescar, ¡nos vemos en el puente de Key Biscayne! El viejo se emocionó: ¿a qué hora pescas, Jaime Baylys? Le dije: ¡temprano, a las cinco y media ya estoy con mi caña y mis carnadas! El viejo gritó: ¡allí nos vemos, chico!

VEINTIDOS
Madre querida, madre solo hay una/ desde esta isla te extrañamos al mirar la luna/ Madre querida, madre solo hay una/ Silvia y yo estamos pasando cierta hambruna/ Madre querida, madre solo hay una/ rogamos que compartas con nosotros tu inmensa fortuna/ Madre querida, madre solo hay una/ una remesa no sería para nada inoportuna/ Madre querida, madre solo hay una/ por favor manda plata de una.

VEINTITRES
Allá, lejos, a miles de kilómetros, en la ciudad del polvo y la niebla, ellos bailan y celebran el amor. Enhorabuena. Por lo visto, no has nacido para ir a fiestas. Esa escandalosa alegría te aterra o te fatiga o te entristece. Prefieres esta fiesta, la de bailar a solas con las palabras.

VEINTICUATRO
Ella me dice: no es que tengas mala reputación, es que hay mucha gente confundida.

VEINTICINCO
Saliendo del estudio, entro en la autopista a toda velocidad y me para la patrulla con su odiosa sirena. El policía me pregunta: ¿ha estado tomando alcohol? Le digo: no, señor. El policía me pregunta: ¿por qué va tan rápido? Le digo: porque mañana me muero. Me pone la multa más cara.

VEINTISEIS
Todos los días me ausculta un doctor distinto. Sumados los tocamientos, los médicos me tocan más que mi esposa.

VEINTISIETE
Ir a la televisión es como ir al baño. Tienes que hacerlo, te da un cierto alivio pero no podrías sentirte orgulloso de lo que has hecho.

VEINTIOCHO
El obligado trato con otros humanos me civiliza. La soledad me animaliza. La cortesía es una forma de mentir para hacer menos áspera la convivencia humana. Cuando estoy solo, cuando escribo, es cuando puedo ser más bestialmente yo mismo. Escribir es como entrar a un zoológico y abrir todas las jaulas y ser uno mismo todos los animales sueltos.
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PERU 21 AGOSTO 22, 2011

La mujer que mira en silencio
Autor: Jaime Bayly

Zoe Bayly está por cumplir cinco meses.

Una vida es siempre un enigma y Zoe no es la excepción.

Cinco meses parecería tiempo insuficiente para que Zoe me recuerde. Yo, sin embargo, sé que la recordaré hasta el final de mis días.

Puedo decir sin exagerar que Zoe no me ha causado nunca un problema o un disgusto. Su proximidad a mí, o mi proximidad a ella, ha sido consistentemente el origen de una felicidad tranquila.

No por haber sido padre en ocasiones anteriores (en un tiempo en el cual la crispación me impedía contemplar con serenidad el florecimiento de una vida cercana a mí), deja de sorprenderme el modo en que Zoe afirma cada día sus ganas de ser ella misma.

Lo que Zoe habrá de ser es un misterio, un acertijo, un enigma. Nadie puede predecirlo, nadie lo sabe, ella desde luego lo ignora.

Solo puedo dar fe o dejar constancia de lo que Zoe es ahora, o de lo que Zoe es ahora desde mi punto de vista.

Tal como la veo, Zoe se parece más a su madre que a mí. No me refiero solo a los rasgos suaves de su rostro. Pienso sobre todo en su carácter, si uno puede adivinar el carácter en una mujer de apenas cinco meses.

Como su madre, Zoe da la impresión de ser una mujer reservada. Al mismo tiempo, creo ver en ella eso que los mayores llaman un genio fuerte. Sabe lo que quiere y lo expresa no todavía con palabras pero sí con unos leves gruñidos o protestas roncas que parecen el preludio de un grito o la amenaza contenida de un grito. Aunque Zoe no llega a gritar, emite un sonido breve y visceral que nos comunica con exactitud lo que quiere o lo que no quiere. Si bien no ha descubierto las palabras, creo que ya conoce el poder que ejerce sobre los que la queremos.

No somos pocos los que la queremos, los que interpretamos sus deseos. Quienes más se sacrifican para complacerla y evitar que Zoe llegue al extremo indeseable del llanto son tres mujeres que la quieren como si fuera su hija. Las tres son peruanas, las tres son amigas, las tres dejan de dormir para cuidar el sueño inquieto de Zoe, las tres me permiten dormir sin sobresaltos en las horas improbables en las que duermo. Sus nombres son Teresa, Hilda y María. En sus rostros podría leerse una tristeza lejana, cierta contrariedad no del todo olvidada, pero esos sufrimientos antiguos (de los que ya no se habla) han sido eclipsados por la admirable obstinación de vivir unas vidas dignas, unas vidas exentas de rencor y de maldad, unas vidas en las que prevalecen el amor, la bondad y la ternura. Zoe sabe todo esto mejor que yo, solo que todavía no puede escribirlo, pero lo sabe bien y por eso cuando está con Teresa, con Hilda y con María, ella se siente (o es lo que creo ver en sus ojos) segura, querida, protegida, y por eso cuando se encuentra con alguna de ellas sonríe abriendo mucho la boca, una manifestación pura y genuina de que Zoe ve en esos rostros ya familiares para ella el mismo amor que veo yo.

No dejan de sorprenderme las risas desaforadas de Zoe. Ríe con su madre, que le habla como si fuera su amiga de toda la vida. Ríe con su abuela, que baila para ella. Ríe cuando la bañan y porfía por tomar el agua que no debe tomar. Ríe cuando la sorprenden. Ríe a veces cuando la siento en mis piernas y le hago caballito.

El eco de sus risas llega a mis oídos y envuelve de una alegría tranquila el aire que se respira en esta casa. Todo en esta casa ha sido organizado para procurarle a Zoe una existencia cómoda, sosegada y a ser posible feliz. Creo que Zoe lo sabe o lo intuye. Veo en sus ojos la certeza de que quienes la rodeamos estamos entregados sin reservas a la pasión de que Zoe sea Zoe, de que Zoe florezca cada día siendo Zoe en todo su esplendor.

Su asombro es el mío cuando descubre los globos, la pelota, el paseo en la camioneta, la brisa que mueve las hojas, el pelo de su madre, la lluvia, los ventiladores del techo.

Lo que más me deslumbra en ella es su seriedad, su absoluta y precoz seriedad, su aire ermitaño o desconfiado ante la gente extraña que le sonríe con excesiva confianza (algo que le irrita o la aturde). El rasgo más conspicuo de su carácter parece haberlo heredado de su madre, y es esa desconcertante seriedad para mirar, observar y comprender las cosas que la rodean.

No quisiera ofender a nadie si digo que estos cinco meses con Zoe y con Silvia, su madre, han sido el tiempo más tranquilo y estimable de mi vida.

Agradezco a Zoe, a Silvia, a los padres de Silvia, a Teresa, a Hilda y a María, por la impensada alegría de ser a mucha honra el padre de una mujer muy seria llamada Zoe Bayly, una mujer que mira en silencio y que quizá algún día recuerde vagamente mi sonrisa y sepa con certeza que yo nací para conocer el orgullo de ser su padre.
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PERU 21 AGOSTO 15, 2011

Serás nubes
Autor: Jaime Bayly

No sé si volveré a ver a mis hijas mayores, eso depende de ellas o del azar.

No sé cuánto tiempo más se aburrirá mi esposa en esta casa, espero que resista unos años.

No sé si mi hija menor me recordará de algún modo, de momento me sonríe y parece entender algo de lo que le susurro al oído.

No sé si seguiré haciendo televisión el año que viene, importa poco o nada.

No sé si estaré vivo en abril, cuando me han prometido que saldrá en España la trilogía Morirás Mañana, reunida en un solo libro.

Solo sé unas pocas cosas y a ellas me aferro.

No volveré al país en que nací, no al menos los próximos cinco años.

No volveré a viajar en avión (dicho esto, bien podía suponerse lo anterior, pero lo anterior es más seguro que esto último: puede que viaje para despedirme de Madrid y Barcelona, puede que viaje para caminar en Georgetown y en Central Park, tanto mejor si esos viajes ocurren con ella).

No me mudaré más, en esta casa me quedaré hasta el final de mi tiempo, en esta casa es donde quisiera morir, en esta casa y no en un hospital o en un hotel o en una autopista o emboscado en la puerta de la televisora, pero nunca se sabe, la muerte es una puta que se esconde en cualquier esquina en la penumbra y a la que solo alcanzas a ver cuando ya es muy tarde y está besándote con su aliento fétido.

Si llego vivo a los cincuenta años y continúo haciendo televisión, será el momento de retirarme. Pero es probable que me retire antes o que me retiren antes.

Si llego a los cincuenta, cinco serán las invitadas a comer helados de chocolate conmigo: mis tres hijas, la madre de mi hija menor y mi santa madre (que dicha reunión ocurra es, por supuesto, altamente improbable, pero ocurre a menudo en mi imaginación, y esa ya es una manera no desdeñable de que ocurra).

En cuanto a la política, ni una palabra más, ya tuve suficiente de esas riñas patibularias, de esas reyertas de callejón.

Cuando muera, todo lo que tenga se dividirá a partes iguales entre mis tres hijas, según consta en mi testamento. Podría dejar todo a mi esposa, con arreglo a las leyes de este país en el que nos hemos casado, pero no haré un agravio tal a mis hijas mayores, aunque ellas se jacten en público de odiarme, lo que parece una señal de que no carecen de buen gusto.

Me gustaría elegir la circunstancia exacta de mi muerte. Me gustaría estar solo en ese momento. Me gustaría no sentir miedo.

He dejado instrucciones escritas para que mi cadáver sea cremado en una funeraria en las afueras de esta isla. Lo que se haga luego con las cenizas dependerá de la voluntad de mi esposa, enteramente de su voluntad.

Procuraré ser un buen padre con mi hija menor, ya que con las mayores por lo visto he fracasado, tras un comienzo que parecía prometedor. El resultado de esta empresa es incierto, como bien sabe todo padre o toda madre: los hijos, tarde o temprano, han de juzgarnos (como juzgué a mis padres sin compasión).

Intentaré ser un amigo leal de mi esposa. Aunque me acompaña la esperanza de que el amor perdurará, mucho me temo que ella no seguirá a mi lado cuando comprenda que su vida o el placer está en otra parte. Si se va, no podré seguirla. Creo, sin embargo, que seguiré siendo su amigo y que esa lealtad no se romperá, no debería romperse, después de tantas traiciones de las que hemos sido testigos.

No tengo muchas ganas de seguir haciendo televisión. Llevo veintiocho años en este circo y arrastro ya una cierta pereza. Si mucho insisten, fatigaré el oficio histriónico un par de años más. El 13 de noviembre de 2013 se cumplirían treinta años desde aquella trémula mañana en la que salí por primera vez en la televisión de un canal de Lima. Si llego vivo y no he renunciado o no me han despedido, creo que sería un buen momento para retirarme del circo de los reflectores y el maquillaje y las sonrisas tantas veces impostadas.

A fines de año o a comienzos del próximo, presentaré un monólogo de humor en un teatro de esta ciudad, una sola función, debut y despedida.

El año que viene saldrá la tercera y última parte de la trilogía Morirás Mañana. Será mi decimocuarta novela. (Claro que en ciertos países como España y algunos otros la trilogía saldrá en un volumen y contará como una novela obesa y no como tres, pero yo las cuento como tres separadas, como serán publicadas en el Perú, en los Estados Unidos y en otros como Chile, Colombia y México). Luego quisiera publicar dos novelas más antes de cumplir cincuenta años: una el 2013 y otra el 2014. Ya están escritas. Ya las tiene a buen recaudo la agencia literaria que me representa en Barcelona. Si muero antes, saldrán en esos años y en el orden en que le he pedido a mi agente.

En el improbable evento de que llegue a cumplir los cincuenta años, quisiera publicar un libro que ya empecé a escribir y que tentativamente se titula “Serás nubes”.

Después, como ahora, cada día puede ser el último, cada día es urgente escribir para que el tiempo no pase en vano (o no del todo) y para que la muerte no me sorprenda sin dejar escrito lo que es menester dejar escrito, aun si después nadie o casi nadie lo lee, eso poco importa.
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PERU 21 AGOSTO 8, 2011

Coleccionistas de secretos
Autor: Jaime Bayly

El hombre va todas las noches al estudio de televisión y presenta un programa de entrevistas o un programa de disparates o un programa que le resulta liviano y en ocasiones entretenido. Al estudio acuden cada noche unas cuarenta o cincuenta personas (y lo hacen espontáneamente, sin que nadie les pague) que festejan las bromas del hombre, aplauden sus ocurrencias y, terminado el programa, se hacen fotos con él.

Una noche ocurre algo inesperado. El hombre está firmando autógrafos y de pronto se le acercan tres señoritas que lo saludan efusivamente y dejan notar por su acento que son italianas. El hombre advierte que una de ellas es muy guapa y le sonríe con aparente coquetería. El hombre ignora a las otras señoritas y fija su mirada, no exenta de deseo, en la italiana inquietante. Le dice que es muy guapa, que le encantaría verla otra noche. Gracias, dice ella. Regresa pronto, dice él, y se marcha presuroso, aunque no lleva prisa, es solo una manera de aparentar que es un hombre importante.

Esa noche, en la cama con su esposa, el hombre le cuenta que una italiana muy guapa fue al programa de televisión. Su esposa lo escucha en silencio. El hombre le dice que, al ver a la italiana, tuvo ganas de tener sexo con ella. Luego le propone a su esposa tomar un café con la italiana para que la conozca y vea si a ella también le resulta atractiva. El hombre dice que solo le interesa tener sexo con la italiana si su esposa lo aprueba y está presente y es parte de la aventura. Su esposa dice: Puede ser, dejemos que la cosa fluya.

Pasan los días. La italiana no regresa al estudio de televisión. El hombre la busca en vano con su mirada miope. Su esposa le pregunta qué fue de la italiana. Desapareció, dice el hombre. Ya volverá, dice su esposa. Y en efecto vuelve: un día la italiana escribe al Facebook del hombre unos comentarios afectuosos o que celebran con entusiasmo alguna zarandaja que el hombre ha escrito con aires de pensador o de poeta. El hombre no lee los comentarios de la italiana, quien los lee es su esposa. Luego entra al Facebook de la italiana y escudriña con recelo sus fotos. Cuando el hombre regresa del programa, su esposa se lo cuenta todo: la italiana le ha escrito, es obvio que ella quiere seducirlo, ha visto el Facebook de la italiana, por sus fotos y comentarios le parece fea y vulgar. Tu radar con las personas está averiado, le dice al hombre su esposa. No sé cómo puedes sentirte atraído por esa mujer tan ordinaria, añade. No sé, dice el hombre.

Apenas la conocí cinco minutos y me pareció que estaba buena, añade.

Luego ven las fotos de la italiana en Facebook y el hombre intenta una explicación: quizá no es fotogénica, en persona me pareció guapa.

La esposa le dice al hombre que no tiene ganas de conocer a la italiana y menos aún de tener alguna aventura sexual con ella. El hombre dice que él tampoco tiene ya ganas de hacer nada con la italiana. Su esposa le dice que él es libre de hacer lo que quiera con quien quiera. El hombre dice que no le interesa tener sexo con alguien a escondidas de su esposa, que la ama demasiado para rebajarse a esa indignidad. No hagas promesas, dice ella. No es una promesa, es un hecho, dice él.

Los días siguientes, la italiana continúa escribiendo comentarios en el Facebook del hombre, comentarios que la esposa lee antes que el hombre o junto con el hombre, comentarios que acaban por irritar a la esposa, que le pide al hombre que no le conteste a la italiana para no seguirle el juego o que directamente la bloquee para impedir que ella tenga acceso a su Facebook. Lo mejor es ignorarla, dice el hombre. No le escribiré más, promete. Pero ella volverá al programa, dice su esposa.

Si regresa, no la dejaré entrar al estudio, daré instrucciones a los guardias de seguridad para que le prohíban la entrada, dice. Tú sabrás lo que haces, dice su esposa. Pero yo solo veo peligro en ella, le advierte.

La italiana regresa una noche al estudio de televisión y el hombre no solo le permite entrar sino que al final del programa conversa un momento con ella y confirma que la encuentra atractiva. Esa noche, al llegar a su casa, el hombre no le cuenta nada a su esposa. Tiene la impresión de que su esposa ve con antipatía a la italiana. Cuando su esposa duerme, el hombre le manda por Facebook un mensaje a la italiana, pidiéndole que no le escriba comentarios a su Facebook y que, si le apetece, le escriba a su correo más privado, un correo cuya clave no conoce su esposa.

Días después, sorprendida porque la italiana no escribe sus comentarios habituales en el Facebook del hombre, su esposa, mientras el hombre está en la televisión, entra al Facebook y descubre el mensaje que su esposo ha escrito a la italiana, dándole su correo privado.

Cuando regresa del programa, el hombre encuentra a su esposa levemente contrariada. Ella se lo dice todo de un modo tranquilo, demoledor: me dijiste que no le escribirías, le escribiste, me mentiste, le pediste que te escribiera a tu correo, quieres tener una relación con ella sin que me entere de nada, me dijiste que jamás harías eso, eres como todos los hombres, eres un mentiroso, no puedo confiar en ti.

El hombre no encuentra defensa, permanece en silencio, le pide perdón pero ya es tarde, ella se va a dormir a uno de los cuartos de huéspedes.

El hombre le escribe a la italiana y le pide que no vuelva al estudio de televisión y que no le escriba comentarios ni correos ni nada porque ha tenido un conflicto con su esposa que ahora lamenta. La italiana no le responde, desaparece de su vida, no regresa al programa.

Semanas después, el hombre se entera por su esposa de que ahora la italiana escribe todos los días al Facebook de ella y le dice cosas coquetas y la invita a su casa y le habla mal de él (me parece un nerd, le dice, o eso es lo que su esposa le dice al hombre) y da la impresión, o esa es la impresión que se lleva la esposa, de que la italiana quiere tener una aventura sexual con ella.

La esposa dice: no te preocupes, al comienzo le respondía pero ya no le contesto más, me parece que está loca y que es una loca peligrosa y no quiero más locas peligrosas en nuestras vidas.

Pasan los días y no se habla ya de la italiana sino de un joven que está alojado en un hotel cercano. Ese joven le escribe todos los días a la esposa del hombre, pidiendo verla. Ha sido su amante un tiempo atrás, cuando ella no estaba casada. Quiere verla. Ella sabe que él quiere verla para tener un encuentro sexual. Ella se lo cuenta a su esposo. Haz lo que quieras, le dice él. Haz lo que convenga, le aconseja. Si tienes ganas de tener un revolcón con él, no te reprimas por mí, eres libre, le recuerda. Ella le dice que prefiere no ver al joven que fue su amante. Pero el hombre sabe que su esposa está librando una batalla interior: lo prudente sería no verlo, sin embargo lo divertido sería verlo; verlo lastimaría a su esposo, sin embargo su esposo la dejó lastimada porque le mintió con la italiana y tal vez se merece el castigo.

Todas las noches, el hombre sale manejando su auto con destino al estudio de televisión y se pregunta si su esposa irá un par de horas al hotel cercano a ver furtivamente al joven que fue su amante y al que ella recuerda con afecto. Cuando regresa del programa, el hombre se abstiene de hacerle preguntas al respecto a su esposa. Cree que lo conveniente (o lo decente) es guardar silencio, no saber la verdad, no obligar a su esposa a lastimarlo o a mentirle. Descubre entonces que el amor está menos en lo que se dice que en lo que se calla. Tendido al lado de su esposa, piensa que tal vez el amor está en los secretos y los silencios que uno aprende a respetar. El hombre no sabrá nunca si su esposa se tomó la venganza con el apuesto visitante. Lo que ahora sabe es que no importa tanto si ella se permitió un comprensible desliz, lo que de veras importa es que ella sigue a su lado y él siente que la ama como siempre o todavía más, porque ella, como él, parece ser una coleccionista de secretos.
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PERU 21 AGOSTO 1, 2011

Aquí manda Zoe
Autor: Jaime Bayly

Cuando llegué a esta casa el año pasado, quería que mi hija Zoe naciera en esta ciudad, lejos del caos y las riñas políticas.

También quería dejar de viajar en avión, pero eso era menos importante.

La casa me gustó mucho y decidí comprarla porque sentí que era aquí donde quería quedarme. Por suerte esa certeza no ha cambiado.

Al principio yo estaba solo en esta casa.

Luego llegó Marcelino. Lo conocí en el jardín de la casa. Marcelino es un hombre bajo, robusto. Es hondureño. Parece un mariachi, camina como un mariachi. Conversamos, nos hicimos amigos. Se ocupa de cuidar el jardín y la piscina.

Como no entiendo de decoración, le pedí a Marcelino que se ocupase de decorar la casa.

Marcelino hizo un trabajo estupendo. Compró todo. Cargó todo. Armó todo. Interpretó cabalmente lo que yo quería.

Entonces Marcelino me hizo la delicada observación de que alguien debía limpiar la casa. Yo no había reparado en ese detalle.

Le pedí a Marcelino que consiguiera a alguien que se ocupase de limpiar la casa (la casa por dentro, se entiende, pues él la limpia por fuera).

Marcelino es un hombre sabio. Resuelve los problemas. Los resuelve con rapidez y eficacia.

Fue así como llegó a esta casa María. María es peruana, tiene sesenta años, es madre de tres hijos. María es inteligente, luchadora, una mujer admirable. Lleva once años viviendo en Miami y se ha construido una casa en Lima. María me cayó estupendamente. Nos entendimos enseguida. Me propuso venir a limpiar la casa dos veces por semana. Me pareció excesivo (porque cuando vivía solo nadie limpiaba mi casa) pero no puse reparos porque advertí que la presencia de María alegraba esta casa.

Después llegó Silvia con seis meses de embarazo. Fue un placer formidable sentirla en esta casa, verla nadar con su barriga en la piscina, saber que Zoe nacería en esta ciudad, una ciudad que es conveniente para la gente que huye de la vida social y los conflictos políticos.

Le pregunté a María si quería ser la nana de la bebé que nacería pronto. María declinó. Quería limpiar la casa, pero también limpiaba otras casas y por eso no podía cuidar a la bebé.

Entretanto, María y Marcelino hicieron buenas migas y a lo lejos los escuchaba conversar y reírse.

Le pedí a María que nos consiguiera una nana. Silvia creía que una nana no sería tan necesaria. Pensaba que ella podría cuidar en las noches a la bebé. Yo no era tan optimista. Alguna experiencia tenía en el asunto. Una nana me parecía indispensable, y desde que naciera la bebé. Silvia pensaba que la nana podía llegar un mes después de que naciera la bebé. Yo pensaba que la nana debía llegar un mes antes de que naciera la bebé.

Gracias a María, llegó a esta casa Teresa. Teresa también es peruana. Es joven, está casada con un peruano, no tienen hijos. Teresa había cuidado niños en esta isla. Me enseñó algunas fotos. Me pareció una mujer dulce, tierna, segura de sí misma, plenamente confiable. Por suerte Silvia conoció a Teresa y la aprobó. Silvia le dijo que la llamaríamos unas semanas después del parto. Yo le dije, sin que Silvia escuchase, que la llamaría el día del parto y que a partir de ese momento debía estar lista para venir a socorrernos.

Luego Silvia dio a luz y dos días después llegó a esta casa la bella Zoe.

Contrariando los deseos de Silvia, llamé a Teresa y le pedí que viniera enseguida. Teresa llegó a la casa y se convirtió en la nana oficial de Zoe. Teresa es un regalo de los dioses. Es la prueba irrefutable de que no nos equivocamos al elegir esta ciudad para darle la bienvenida a Zoe. Teresa es una nana admirable. Lo hace todo bien, lo hace todo sonriendo, lo hace todo sin quejarse y suavemente, y lo hace todo haciendo reír a Zoe. Teresa es la nana oficial de Zoe y es también su mejor amiga. Las escucho a lo lejos, Teresa hablándole, Zoe riendo, y me digo que soy un hombre con suerte.

Pero Teresa, como es justo y necesario, tiene que descansar. De lunes a viernes, se va a dormir a su cuarto en esta casa. Duerme de ocho de la mañana a tres de la tarde. Y los fines de semana se va con su esposo.

Silvia y yo pensamos que juntos podríamos cuidar a Zoe por las mañanas y también los fines de semana, mientras Teresa descansaba. Esa ilusión o esa candidez duró bien poco. Silvia y yo nos dormíamos tarde y era duro levantarnos a las ocho de la mañana para estar varias horas consecutivas procurando interpretar los deseos o las quejas de Zoe. Y los fines de semana nos turnábamos el cuidado de Zoe y terminábamos exhaustos y malhumorados.

Fue así como llegó a esta casa Hilda. Hilda es hermana de María, hermana menor de María. Es peruana como María. Ha sido monja en Colombia. Ahora vive en Miami y está casada con un señor de Puerto Rico. Le explicamos a María que necesitábamos una nana que cuidase a Zoe de lunes a viernes de ocho de la mañana a tres de la tarde, mientras Teresa dormía. María no vaciló en traernos a Hilda. Hilda no dudó en aceptar el trabajo. Desde entonces, lo hace con notable eficiencia. Hilda es una mujer que irradia paz, armonía, bondad, y Zoe parece muy a gusto con ella.

Derrotados o resignados o desasnados, Silvia y yo comprendimos que no podíamos cuidar a Zoe ni siquiera los fines de semana, pues dicha obligación minaba nuestra salud y nos ponía tan tensos que acabábamos refugiándonos en el alcohol.

No fue difícil convencer a María, una vez que le explicamos las catástrofes de los fines de semana, que viniera a auxiliarnos, de modo tal que María es ahora la señora que limpia la casa, pero también la nana oficial de Zoe los fines de semana.

Se pensaría que ya la casa estaba llena: Marcelino en el jardín y las tres nanas, Teresa, Hilda y María, cuidando con infinita paciencia a la bella Zoe.

Pues resulta que en esta casa siempre cabe alguien más, siempre es bienvenido el que llega con los vientos del destino. Y el destino trajo a Rafa. Rafa es moreno, es obeso, es dominicano. Está casado con una mujer llamada Pura. No sé cómo llegó Rafa a esta casa, no lo recuerdo, creo que llegó con Marcelino para hacer algún trabajo eléctrico o para pintar la casa. Lo cierto es que conversando con Rafa me di cuenta de que era un hombre tranquilo, encantador, y me pareció notable que llevase las cosas con tanta calma teniendo nueve hijos. Le ofrecí trabajo. Rafa aceptó. Yo no sabía qué trabajo haría Rafa. Rafa tampoco lo sabía. Solo sabíamos que Rafa debía pertenecer a la gran familia feliz que habita esta casa.

Rafa no tiene horarios. Llega cuando quiere, se va cuando quiere. Hace de todo un poco, lo hace de buen talante y espantando siempre a los mosquitos, que no nos pican a nosotros porque se dan un banquete con el pobre Rafa. Oficialmente, Rafa es el chofer de la casa. Pero en la práctica no maneja casi nada, porque en esta casa nadie va a ninguna parte, a no ser cuando yo voy a la televisión, y desde luego voy manejando solo, no voy a molestar al buen Rafa. Rafa se ha hecho querer por las nanas, por Silvia, por Zoe, por Marcelino. Cuando me despierto a horas improbables, lo encuentro limpiando los carros, o lo encuentro sentado en la sala leyendo alguna novela mía, o lo encuentro ordenando las cosas de la refrigeradora, o no lo encuentro porque las nanas lo han mandado a comprar algo.

No exagero si digo que en esta casa, en la que al principio yo estaba solo, vive ahora una numerosa familia, reunida alrededor de una idea o una obsesión: la de procurar toda la felicidad posible a la bella Zoe.

En esta casa hay una mujer que manda: es Zoe. En esta casa hay una mujer subordinada a Zoe, que también manda y manda dulce y atinadamente: es Silvia. Luego estamos los que obedecemos a esas dos mujeres, disfrutando al parecer de nuestra condición de empleados, amigos y familiares. En esta casa, además de Silvia y Zoe, vivimos María, Teresa, Hilda, Marcelino, Rafa y yo.

Somos una familia disfuncional, pero no por eso exenta de armonía y sentido del humor. Nos queremos de veras. Y al mismo tiempo que celebro a la familia que ahora vive en esta casa (a Teresa, a María, a Hilda, a Rafa, a Marcelino), me digo que si no fuera por la llegada de Zoe al mundo, yo no estaría en esta casa, Silvia no estaría en esta casa y Silvia y yo no estaríamos protegidos por esta familia de nobles mujeres y hombres leales que llegaron a nuestras vidas para mejorarlas de un modo que las palabras resultan insuficientes para agradecer.
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PERU 21 JULIO 25, 2011

El hombre que no llora
Autor: Jaime Bayly

Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto (Borges).

UNO
El hombre va con su esposa a un club nocturno. Los atienden con gentileza, los acomodan en unos sillones de cuero en el segundo piso, a buen recaudo del gentío bullicioso. El espectáculo de los comediantes está por comenzar. El hombre pide una limonada; su esposa, una cerveza. El camarero insiste en que el hombre tome alguna bebida alcohólica. El hombre se disculpa, dice que tiene miedo. No debe beber alcohol porque tiene el hígado lastimado. No le da miedo morir. Le da miedo dejar a una hija que no tendrá memoria alguna de él y a dos hijas que no quisieron despedirse de él.

DOS
El hombre y su esposa bajan al camerino de los comediantes. El espectáculo ha terminado. Los comediantes están eufóricos, sudorosos. El hombre los admira. Nada le parece más arduo que hacer reír a la gente. Todas mis desgracias se han originado por olvidar que lo importante no es tener la razón sino hacer reír a la gente, piensa. Mis peores traspiés, los que más duelen, ocurrieron por tomarme las cosas en serio, por perder el sentido del humor, reflexiona, envidiando la desfachatez de los comediantes. Luego recuerda algo que alguna vez leyó: la gente quiere más lealmente a quien la hace reír.

TRES
Los comediantes aspiran cocaína en el camerino. Elogian la calidad o la pureza de esos polvos. Le ofrecen cocaína al hombre y su esposa. Ella dice que no ha probado y que prefiere no probar. El hombre se siente tentado, pero declina amablemente. Dice que tiene miedo. No debe aspirar cocaína, podría darle un infarto. Le da miedo morir sin reconciliarse con sus hijas, alejado de ellas. Le da miedo que sus hijas lo recuerden con rencor. Le da miedo que su hija menor piense algún día que él quiso morir porque le abrumaba el incomprendido ejercicio de la paternidad.

CUATRO
En algún momento de la noche, el hombre y su esposa están en la piscina de su casa, bañándose con los comediantes. La hora es incierta, los mosquitos acechan, truenos y relámpagos anuncian una tormenta, los comediantes beben un vino dulce canadiense que el hombre les ha servido. La esposa del hombre bebe vino tinto italiano. El hombre toma agua con limón. Los comediantes le ofrecen marihuana. El hombre siente ese olor que es una tentación y que evoca ciertos momentos felices de su juventud. El hombre dice que prefiere no fumar. Los comediantes se sorprenden, le preguntan por qué se abstiene de un placer seguro. El hombre les dice que cuando fuma se pone triste y recuerda a sus hijas que ya no están y por eso prefiere no fumar. Por el bienestar de su hija menor, debe cuidar su salud, preservar su lucidez, no puede darse el lujo de ponerse triste cuando el destino lo ha recompensado con esa pequeña maravilla que le sonríe todos los días. No todos te sonreirán, piensa el hombre. La sonrisa de unos es la desdicha de otros. La felicidad de unos atiza el comprensible rencor de otros. Cuando alguien te sonríe y te dice que te quiere (o no te lo dice, porque ya está dicho en su sonrisa), hay otra persona que te odia y quisiera matarte o que te mueras.

CINCO
Los comediantes se han ido al amanecer. El hombre y su esposa duermen. En realidad, el hombre no puede dormir, contempla a su esposa dormir. La respiración suave y pareja de ella en la penumbra, abrazada a una almohada, confortan al hombre, le hacen pensar que no todo lo ha hecho mal. El hombre se levanta y camina al cuarto de su hija. La ve durmiendo en su cuna, las manos y las piernas extendidas. Parece una niña feliz. En una cama al lado de la cuna, la nana ronca un sueño antiguo. El hombre mira a su hija durmiendo y siente tranquila la conciencia porque cree haber hecho lo correcto para darle a esa niña la bienvenida al mundo que ella merecía. Sin embargo, el hombre tiene un mal presagio. Cree que su hija no tendrá ningún recuerdo de él, que él será solo unas fotos viejas y unas películas que ella verá con su madre, procurando hurgar en su memoria alguna imagen de sus primeros años, esos años en los que los padres aman a sus hijos sin importarles que los hijos no recordarán nada de todos aquellos gestos de amor a una pequeña persona que es incapaz de registrarlos. El hombre piensa que la paternidad es un oficio noble, porque educa en que uno no es lo que tiene, sino lo que da, lo que da sin esperar nada a cambio.

SEIS
El hombre se hunde en su sillón de lectura. No usa ropa de dormir, duerme con la ropa y los zapatos que ha usado ese día. En algún momento duerme o cree dormir. Tiene dos sueños que lo atormentan. En el primer sueño discute acaloradamente con su padre, le hace reproches, se atreve a decirle las cosas que nunca le dijo. En el otro sueño el hombre está muriendo y su madre le dice que no tenga miedo, que muera en paz, que lo mejor está por venir, que su padre lo espera en el cielo para darle un abrazo. Pero el hombre se irrita con su madre porque no quiere morir, no quiere irse sin reconciliarse con sus hijas mayores, no quiere irse sabiendo que su hija menor no lo recordará, no quiere irse porque ama a su esposa, pero sobre todo no quiere irse porque no cree en las cosas cándidas que le dice su madre. No quiero morirme, le dice el hombre a su madre, y despierta sobresaltado.

SIETE
El hombre se pregunta por qué todo terminó tal mal. No lo entiende. Ahora conoce el sabor amargo de la traición. Ello ha de tener alguna utilidad en mi oficio de escritor, piensa. El hombre intenta perdonarse a sí mismo: amo a mi esposa, por eso tengo una hija con ella, no tolero que nadie insulte a mi esposa ni a mi hija, si alguien las insulta es de legítima defensa decirle a esa persona destemplada que debe marcharse de mi casa, eso es todo lo que hice de malo, eso es lo que provocó todo lo malo, las desgracias y los bochornos de estos tiempos de oprobio. El hombre cree que quienes lo han traicionado no le perdonan que él les pidiese que se fueran de alguno de sus departamentos por insultar a la mujer que es ahora su esposa y a la mágica habichuela que es ahora su hija de cuatro meses. Menos les interesaba mi amistad que el departamento en que vivían, piensa. Tal parece ser el precio de mi amistad: el de un departamento, se resigna, con una sonrisa cínica.

OCHO
El hombre camina por la casa, verificando que todos los teléfonos estén desconectados. Hace mes y medio (desde la derrota política) que no suena el teléfono de su casa, ninguno de los teléfonos de su casa. El hombre no quiere recibir llamadas, no quiere simular que todavía cree en la amistad, sabe que todo termina siempre mal, en un insulto, en un desplante, en una traición. A sabiendas de que todo termina mal, el hombre sube las escaleras, besa a su hija dormida, regresa a la cama, mira a su esposa durmiendo, siente que ella es su amiga y que nunca lo traicionará, y le da un beso en la mano donde ella lleva el anillo matrimonial. No importa si todo termina mal, piensa. Por ahora todo está bien, y eso ya es un premio que no merezco, concluye.
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PERU 21 JULIO 18, 2011

Solo le pido a Dios
Autor: Jaime Bayly

La cuestión de Dios, y la cuestión de lo que nos espera después de la muerte, son temas que a menudo me perturban. Lo que más me preocupa, si en efecto Dios existe, no es tanto que exista o que me vaya a tomar cuentas cuando muera o que me vaya someter a unos castigos crueles que sin duda merezco. Lo que me preocupa es algo más simple: una vez que muera, una vez que se corrompa mi cuerpo, una vez que me incineren o me entierren, si hay una parte insustancial o espiritual de mí que habrá de sobrevivirme, que habrá de perdurar, que habrá de transmutarse en algo o en alguien o que habrá de existir en una dimensión desconocida y eterna, ¿esa parte de mí recordará que soy quien fui? Esto es lo que de veras me aterra: que la muerte no acabe con mi identidad, que la muerte no borre por completo la memoria de lo que fui y lo que hice, que tras la muerte una parte de mí recuerde que esa parte corresponde a mí y recuerde de un modo exacto y minucioso todo lo que yo fui y que esa parte de mí responda a mi nombre y conozca a quienes yo conocí en esta vida y siga siendo yo, una prolongación de mí mismo, otra forma distinta y al parecer perpetua de seguir llamándome como me llamo, frecuentando a mis amigos y familiares, hablando en la misma lengua, desconociendo a los que ahora me son extraños y creyendo o no creyendo en Dios según me sea revelada aquella verdad que ahora me es esquiva. Si he de ser juzgado por Dios, que así sea. Si una parte de mí, aquello que los religiosos y creyentes llaman alma, ha de sobrevivirme, que así sea. Si esa parte de mí ha de poseer una cualidad inmortal, que así sea. Pero de ser así, solo le pido a Dios, si hay un Dios, que esa parte de mí no sepa que pertenece a mí, no recuerde que sigo siendo yo después de muerto, no sienta que alguien lo llama cuando dicen mi nombre, no tenga la más vaga noción o el más remoto conocimiento de que un sujeto llamado Jaime Baylys, nacido en Lima, de oficio escritor, existió para desgracia suya y de los suyos, y que esa parte de mí que acaso me sobreviva (el alma, el espíritu, lo que fuera) tenga una identidad completamente nueva y una memoria por completo disociada de la mía y por tanto no yo tenga ya nada que ver con esa parte de mí que habrá de sobrevivir en el tiempo cósmico, ni esa parte de mí se sienta en modo alguno parte de mí porque hemos de rogar a Dios que esa parte de mí no sabrá que yo soy quien soy, que yo soy quien fui. El peor castigo de cuantos puedo imaginar es que, una vez muerto, siga siendo yo, siga llamándome Jaime Baylys, siga fatigando el español, recuerde los libros que escribí, recuerde las mujeres que amé y dejaron de amarme. El peor castigo posible sería ser siempre, eternamente, el hombre que ahora soy. La muerte es por eso una esperanza, una redención, la única liberación posible de escapar de mi identidad y mi pasado. Más vale que mi alma, si tal cosa existe, carezca de memoria y tenga el buen tino de no sentirse en modo alguno emparentada conmigo y emprenda su viaje al infinito ignorando convenientemente quién fue Jaime Baylys. Si voy a morir, quiero morir del todo, quiero morir por completo, quiero olvidar que soy quien todavía sigo siendo. Menuda pesadilla sería tener que soportarme eternamente, ya no digamos tener que soportar a mis familiares y amigos eternamente.

La otra cuestión de Dios que a menudo me inquieta es la siguiente: Si todos los humanos tuviésemos la certeza de que Dios no existe, ¿el mundo sería un lugar mejor o peor? A primera vista, se diría que el temor a la existencia de Dios, o el temor a los castigos de Dios, inhibe la conducta bárbara y salvaje de muchos individuos, los reprime y los induce a comportarse de una manera digamos cristiana o civilizada o respetuosa del otro, no por amor al otro, sino por pavor a las iras santas de Dios. Se diría entonces que quienes tuvieron la impertinencia o el ingenio de inventarse a Dios (un invento que resultó altamente lucrativo) consiguieron que los bichos humanos nos portásemos de una manera menos animal, menos bárbara, acaso intimidados por la idea de un severo Dios que habrá de juzgarnos (sin que se nos conceda abogado defensor, y siendo Dios más memorioso que Funes) cuando sobrevenga nuestra muerte. Sin embargo, ¿cuántas guerras se han librado en nombre de Dios, o de tu Dios que odia a mi Dios? ¿Cuántos han muerto y han matado en nombre de su Dios verdadero que odiaba al Dios fraudulento o apócrifo que otros invocaban? ¿Cuántos crímenes, genocidios y atrocidades se han cometido con la certeza de que tal era el plan de Dios, tal la inescrutable voluntad de Nuestro Señor? De modo que la cuestión me deja sumido en la perplejidad: hechas las sumas y las restas, la idea de Dios ¿ha traído más paz o más violencia entre los humanos? No me queda claro. Diría, leyendo los diarios, que prevalece la violencia, que los humanos siguen matándose en nombre de sus Dioses particulares, de sus Dioses intolerantes y vengativos, y que, por consiguiente, si nos fuera revelada a todos la epifanía luminosa e irrefutable de que Dios no existe y de que no hay nada después de la muerte, quizá los humanos, en lugar de portarnos de un modo más incivilizado, animal, bárbaro o violento, comprenderíamos que no tiene ya sentido matar al otro porque no cree en nuestro Dios o que no tiene ya sentido imponerse tales o cuales tormentos o sacrificios en nombre de Dios. No encuentro certezas en estas cuestiones, pero parecería ser que, si todos supiéramos que no hay Dios ni un carajo después de la muerte, probablemente el mundo sería un lugar mejor del que es ahora o del que ha sido por siglos, porque los hombres, libres de inhibiciones, emancipados de las servidumbres religiosas, se darían el goce de hacer con sus vidas los que les venga en gana (y eso puede ser robar, matar, violar, como puede ser amar, copular, holgazanear, ser un ilustre perdedor, no asistir a las reuniones familiares), lo que, a su vez, no necesariamente erradicaría la violencia ni la maldad, pero al menos propiciaría que cada vida humana alcanzara cuotas más elevadas de bienestar personal o felicidad o placer, aun si ciertas vidas humanas asocian el placer con la maldad y la crueldad y la violencia, y otras vidas humanas, como parece ser mi caso, asocian el placer con el ocio creativo, el sosiego y el amor. A riesgo de estar completamente equivocado, zanjo estas cuestiones de un modo simplón: Si hay vida eterna, ruego otra identidad, y si supiéramos que no hay Dios ni vida eterna, probablemente nos atreveríamos a ser las personas que, para bien o para mal, quisiéramos ser. Si hay un Dios y si tengo alma y si mi alma se llamará eternamente Jaime Baylys, jodido estoy.
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PERU 21 JULIO 11, 2011

La jirafa ciega
Por: Jaime Bayly

el caos

a camila

una voz quebradiza
anuncia entre sollozos
la insólita irrupción
del caos azaroso

vientos helados
descargan su furia
en las pálidas mejillas
de una mujer en reposo

la ardilla curiosa
espía desde el árbol
el atroz silencio
del padre belicoso

llega con el verano
tras riñas feroces
el llanto de una niña
el caos primoroso

dónde estará esa niña
de la que supe ser padre
y en ocasiones felices
también oso perezoso


supernova

a paola

cae desde el cielo
lánguida y luminosa
como una supernova
la niña de ojos azules

entre delfines y ballenas
sirenas y mariposas
arrobada juega
en un jardín de abedules

nadie adivina
en el fragor de sus risas
que acecha sigilosa
una sombra de pérfidos tules
el padre estragado
no encuentra descanso
busca entre tinieblas
a la niña extraviada
entre jóvenes gandules

supernova
estrella fugaz
pronto seré polvo y olvido
tal vez derrames dos lágrimas
y no las disimules


insomne

a zoe

ausente la pastilla
el insomne desespera
recorre la noche impiadosa
tras el azul esquivo

la alquimia del oriental
y no la gracia de los dioses
salvará del abismo
al insomne altivo

duerme la mujer
suave es la noche
en sus brazos se refugia
el insomne fugitivo

la hierba del sosiego
y no el capricho de los dioses
recordará a los insomnes
el amor primitivo

bajo la tenue luz del alba
camina el insomne sin rumbo
a lo lejos escucha
la música de un tiovivo

el cojo

a la memoria de mi padre

cúlpese a enfermedad
o al mal de ojo
el desigual caminar
del niño cojo

ruge una moto
silban las balas
pólvora y tabaco
la estela del cojo

la beata reza
lloran los críos
limpia sus armas
furioso el cojo

cúlpese a enfermedad
o a antiguo enojo
la decadencia final
del hombre hecho despojo


la amazona

a mi madre

surca las olas
del torvo mar
intrépida sirena
la niña pecosa

ninguna valla
del campo ecuestre
frena a la amazona
la joven briosa
los hijos infinitos
el rencor del esposo
eleva sus plegarias
la esposa piadosa

quebradiza memoria
siestas perpetuas
por fin sonríe
la viuda hacendosa


maldición gitana

a silvia

el circo se anuncia
vacila el payaso
tensa la noche
la maldición gitana

sobre la cuerda floja
advierte el payaso
del pícaro gentío
la sonrisa catalana

malabares y piruetas
fatiga el payaso
turba su acto
la tentación malsana

rota la cuerda
cae el payaso
arruina el maquillaje
una lágrima humana

la jirafa ciega

a ximena

el dinosaurio pasmado
la pereza del mamut
medusa veleidosa
¿dónde estaba dios?

el desolado elefante
la ballena azul
incomprendida tarántula
¿dónde estaba dios?

bípedos reptiles alados
una hormiga carroñera
aves jurásicas
¿dónde estaba dios?

murciélago moscardón
filosos cocodrilos
la jirafa ciega
¿dónde estaba dios?



insomne

a zoe

ausente la pastilla
el insomne desespera
recorre la noche impiadosa
tras el azul esquivo

la alquimia del oriental
y no la gracia de los dioses
salvará del abismo
al insomne altivo

duerme la mujer
suave es la noche
en sus brazos se refugia
el insomne fugitivo

la hierba del sosiego
y no el capricho de los dioses
recordará a los insomnes
el amor primitivo

bajo la tenue luz del alba
camina el insomne sin rumbo
a lo lejos escucha
la música de un tiovivo

el cojo

a la memoria de mi padre

cúlpese a enfermedad
o al mal de ojo
el desigual caminar
del niño cojo

ruge una moto
silban las balas
pólvora y tabaco
la estela del cojo

la beata reza
lloran los críos
limpia sus armas
furioso el cojo

cúlpese a enfermedad
o a antiguo enojo
la decadencia final
del hombre hecho despojo


la amazona

a mi madre

surca las olas
del torvo mar
intrépida sirena
la niña pecosa

ninguna valla
del campo ecuestre
frena a la amazona
la joven briosa
los hijos infinitos
el rencor del esposo
eleva sus plegarias
la esposa piadosa

quebradiza memoria
siestas perpetuas
por fin sonríe
la viuda hacendosa


maldición gitana

a silvia

el circo se anuncia
vacila el payaso
tensa la noche
la maldición gitana

sobre la cuerda floja
advierte el payaso
del pícaro gentío
la sonrisa catalana

malabares y piruetas
fatiga el payaso
turba su acto
la tentación malsana

rota la cuerda
cae el payaso
arruina el maquillaje
una lágrima humana

la jirafa ciega

a ximena

el dinosaurio pasmado
la pereza del mamut
medusa veleidosa
¿dónde estaba dios?

el desolado elefante
la ballena azul
incomprendida tarántula
¿dónde estaba dios?

bípedos reptiles alados
una hormiga carroñera
aves jurásicas
¿dónde estaba dios?

murciélago moscardón
filosos cocodrilos
la jirafa ciega
¿dónde estaba dios?
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PERU 21 JULIO 4, 2011

Leer el futuro
Autor: Jaime Bayly

Revisando mis papeles, encuentro un comunicado del Partido Nacionalista, publicado en el diario La República el 17 de octubre del año pasado. El comunicado se titula “Propuesta Nacionalista”. Tiene 10 puntos. En su punto 1, dice: “Renovación política democrática. Esta renovación se plasmará en una Nueva Constitución que sirva como herramienta para la construcción del Estado Nacional”.

Bien.

Por otro lado, en su plan de gobierno, el Partido Nacionalista (también conocido como Gana Perú) menciona 17 veces que, si gana (y ya ganó Gana Perú, lo que no necesariamente supone que ganó el Perú, mucho me temo que ganó Gana Perú y al mismo tiempo perdió el Perú, pero eso está por verse), sacará desde el gobierno una Nueva Constitución.

Bien.

Sabemos entonces que el señor Ollanta Humala quiere su Nueva Constitución, igual que Hugo Chávez, igual que Evo Morales, igual que Rafael Correa.

Para sacar su Nueva Constitución y dar de baja la Constitución fujimorista del 93, Humala tendrá que convocar a una Asamblea Constituyente.

Si quiere tener mayoría en esa Asamblea y lograr que su Nueva Constitución resulte escrita a su medida, debería convocarla en el primer semestre de su gobierno, o como mucho en el primer año, pues luego vendrá el desgaste inevitable.

Es, por tanto, bastante seguro pronosticar que Humala tratará de ir a unas elecciones para la Asamblea Constituyente que escriba y promulgue su soñada Nueva Constitución en el primer año de su gobierno.

Para convocar a esas elecciones, Humala requiere de mayoría simple en el Congreso, es decir 66 votos de los 130 escaños. Si Humala, que ya tiene 47 congresistas, consigue los votos de la bancada de Toledo, que suman 21, y algunos votos de los desertores de PPK y de Castañeda, tendrá sus 66 votos y podrá convocar elecciones para la Constituyente. Puede que algunos miembros de la bancada de Toledo no voten a favor de la Constituyente, pero esos votos que acaso pierda Humala los recuperará de los desertores de PPK y Castañeda, que sospecho serán cuatro o cinco.

(El artículo 206 de la Constitución de 1993 dice: “Toda reforma constitucional debe ser aprobada por el Congreso por mayoría absoluta del número legal de sus miembros, y ratificada mediante referéndum”).

Mi cálculo es que Humala anunciará estos planes el próximo 28 de julio y tratará de sacar los 66 votos el primer semestre de su gobierno, de modo que las elecciones a la Constituyente sean, como muy tarde, en abril de 2012.

Luego veremos si el Partido Nacionalista obtiene mayoría absoluta o mayoría relativa en esa Asamblea Constituyente. Si se apura y logra que las elecciones sean en “la luna de miel” (como hicieron Chávez, Evo Morales y Correa), bien puede obtener la mayoría absoluta.

En tal caso, caben dos preguntas: ¿qué pasará con el Congreso elegido en la primera vuelta de abril pasado, en el que Humala no tiene mayoría absoluta? ¿Sesionarán paralelamente el Congreso y la Constituyente? Lo más probable es que sí. (Los congresistas no podrían postularse a la Constituyente). No creo que Humala sea tan torpe para cerrar el Congreso y dejar en pie a la Constituyente, como hizo Correa en Ecuador (Correa no tenía representantes en el Congreso que clausuró, Humala tiene 47 sobre 130, lo que no es poco).

Por otro lado, si Humala consigue mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente, ¿cederá a la tentación de bajar la valla de la segunda vuelta, escribiendo una enmienda que diga, como dice por ejemplo la Constitución argentina, que si el más votado en la primera vuelta saca diez puntos de ventaja o más sobre el segundo más votado, entonces gana sin necesidad de segunda vuelta? No creo que Humala, en su Nueva Constitución, introduzca la reelección inmediata (ha jurado que no lo hará), pero sí parece probable que, pensando en su esposa Nadine el 2016, trate de pasar “la fórmula argentina” en su Nueva Constitución, de modo que si Nadine sacara 31 por ciento en la primera vuelta del 2016, y digamos Alan o Toledo sacara 20 por ciento, entonces Nadine ganaría la presidencia sin necesidad de una segunda vuelta. Y sospecho que la bancada de Toledo votaría a favor de “la enmienda argentina”, pensando en que será Toledo quien saque 31 por ciento y Nadine, 20.

En cualquier caso, supongo que Humala anunciará su Asamblea Constituyente en el discurso del 28 de julio y no me sorprendería que Toledo le dé los votos que necesita en el Congreso para convocar a elecciones para la Constituyente. El argumento de que hay que dar de baja la Constitución “fraudulenta y golpista” de Fujimori del 93 seguramente calará entre la gente entusiasmada de momento con Humala y entre la bancada de Toledo.

En un escenario ideal para sus expectativas, Humala conseguirá los 66 votos en el Congreso para convocar a elecciones para una Asamblea Constituyente en el segundo semestre de este año, luego obtendrá mayoría absoluta en esa Constituyente (si preserva o mejora su actual nivel de popularidad), enseguida hará escribir una Nueva Constitución “nacionalista” (y tal vez menos rigurosa en los requisitos para ganar las elecciones presidenciales en primera vuelta) y finalmente tendrá que someter a referéndum la aprobación de esa Nueva Constitución, un referéndum que probablemente ganará, dado que a los peruanos parece gustarles cambiar de Constitución casi tanto como de Presidente.

Por el momento, y para otear el horizonte con precisión o para leer correctamente el futuro, la pregunta es: el ex presidente Toledo y sus 21 congresistas, ¿quieren una Nueva Constitución, como sin duda quieren el presidente electo Humala y sus 47 congresistas? Bueno sería saberlo.

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PERU 21 JUNIO 27, 2011

El hermano ausente
Autor: Jaime Bayly

A Andy, con aprecio y admiración.

UNO
Mi hermana D. subió a un bus hacia los Andes, se casó con Dios y se recluyó en un convento. No asistí al casamiento, tal vez porque el convento quedaba en el medio de la nada, cerca de Abancay. No tuve la dicha de ver a mi hermana D. casi diez largos años. Luego dejó de ser monja, regresó a Lima, se enredó con novios pintores y se dedicó a la moto y correr olas. Cuando se casó con un pintor de aspecto noble y apellido de pintor o de pintura (en cualquier caso, un señor altamente estimable), tampoco asistí a la boda porque tal evento furtivo ocurrió al borde de un río en la Amazonía y, si bien los novios estuvieron presentes (o eso aseguran ellos), no hubo cura, juez ni testigo, y puede que ahora mismo mi hermana D. y su esposo no sepan llegar al paraje exótico en que se casaron. Podría decirse entonces que yo estuve ausente en su boda y que ellos probablemente también.

DOS
Mi hermana C. se casó con P, joven propenso a la mitomanía desde niño. Mis padres le hicieron al joven P. la vida imposible (no lo dejaban entrar a la casa), pero el joven P, tozudo, prevaleció, toleró todas las humillaciones imaginables (y también las inimaginables) y al final conquistó el corazón de mi hermana C. y se ganó el cariño de mis padres, que aprendieron a quererlo como si fuera su hijo. Pero el matrimonio, que dejó descendencia vasta, no supo perdurar, y de ello tuvo parcial responsabilidad mi señora madre, quien, en un acto de bondad infinita, le pidió a su yerno, el esposo de mi hermana C, o sea el joven P, que le diera trabajo a una señorita, hija de una amiga de mi madre. Mi ex cuñado, el esposo de mi hermana C, o sea el joven P, le ofreció empleo a la señorita para complacer a mi madre, pero luego encontró considerable solaz y regocijo llevando a la señorita, en horas de oficina, a un hostal discreto de San Isidro, y no precisamente para trabajar con ella sino para complacerla, quiero decir, para “chancarla”, como dicen ahora los jóvenes (esos jóvenes que me escriben en Facebook diciéndome: “Láctala”). No estuve presente en la boda de mi hermana C. con mi ex cuñado P. porque, si bien me invitaron, en aquella época tenía una cita con la cocaína y el whisky todas las noches, y ningún oficio religioso ni fiesta familiar podía distraerme de cumplir tales compromisos perniciosos. Como era previsible, mi hermana C. se divorció de mi ex cuñado P. cuando descubrió que el buen P. estaba montándose a la señorita que había empleado a pedido de mi madre. Que se sepa, P. y la señorita han sellado una relación formal y cohabitan bajo el mismo techo. Aun ahora, mi madre niega haberle pedido a P. que le diese trabajo a la señorita, hija de su amiga. No me acuerdo nada, dice la santa de mi madre.

TRES
Mi hermano A. se casó con su novia K. en una ciudad, un templo y un año que desconozco mayormente. No sé si fui invitado, solo puedo dar fe de que no asistí al civil ni al religioso ni al militar, si hubo casorio militar (que ahora se vienen tiempos de mucha boda militar). Esto no era predecible cuando niños, dado que A. era mi buen amigo y solíamos jugar fútbol juntos. Sin embargo, A. se dedicó a los deportes (suele correr diez kilómetros por la mañana, al alba, y otros diez al final de la tarde, cuando oscurece) y yo me dediqué a no hacer deportes o a los vicios o al sosiego ermitaño y eso nos distanció sin que hubiese animosidad alguna por mi parte o la suya (aunque de esto último ya no estoy tan seguro). Pero es un hecho cierto que no estuve en su boda, que no le regalé nada, que no conozco su casa y que no le mando regalos por su cumpleaños ni por Navidad. Ello no obstante, mi hermano A. estuvo de paso recientemente por esta ciudad y me invitó a correr diez kilómetros por la mañana. Allí nos vemos, le dije. Lo que no le dije era dónde estaba ubicado “allí”. Tal vez me refería a un lugar que no aparece en Google Maps.

CUATRO
Mi hermano O. se casó con la bella M. y la noticia me colmó de felicidad porque siento por ambos genuina simpatía. Debido a eso, y de veras deseándolo, y por primera vez deshonrando una antigua tradición personal, acudí a una iglesia desvencijada en Pueblo Libre para mirar desde afuera el acto circunspecto en que declararon su amor ante sacerdote revestido de sotana blanca. Más aún (o peor aún), asistí a la fiesta posterior al matrimonio religioso. Dicha fiesta se celebró en casa de unos tíos cuyos hijos son antropófagos (o al menos dos de ellos lo son, o lo eran entonces), razón por la cual estuve apenas media hora y salí huyendo, espantado por la voracidad de mis primos, que creo que querían comerse a mi ex esposa, aunque no en su dimensión caníbal, si me dejo entender.

CINCO
Mi hermano J. se casó con la guapa R. y no es con orgullo que reconozco que no sé dónde se casaron, que no asistí al matrimonio y que no me dejé caer con regalo o donativo simbólico, una cucharita de plata por lo menos. Una vez más, me porté como un patán, y ya ni siquiera tenía a las drogas como disculpa o coartada: supongo que no fui porque las reuniones familiares me provocan auténtico pavor y siento que en la familia, en su más amplia extensión, es donde se agazapan mis más peligrosos y sañudos enemigos (y no me refiero desde luego a mi hermano J. ni a su esposa R, que son encantadores y grandes anfitriones y con los cuales pasé una tarde en Bujama que no olvidaré). Debería hacerles llegar un regalo. Nunca es tarde. Y mi hermano J. se ha portado como un caballero conmigo (quiero decir, me ha prestado plata).

SEIS
Mi hermano M. no se ha casado aún porque está viviendo una tórrida luna de miel consigo mismo. Que le dure.

SIETE
Mi hermano F. se casó con la espléndida N. y yo no estuve en la boda ni me matriculé con regalo alguno ni he procurado cultivar amistad bienhechora con ellos, lo que ha sido del todo recíproco por su parte, una abulia o indiferencia que, es bueno aclarar, está desprovista de cualquier sentimiento de rencor, envidia o mezquindad, una apatía que se funda principalmente en el egoísmo, en el hecho callado de que la vida del otro, aun siendo tu propio hermano, no te importa demasiado, no te importa gran cosa, es decir que le deseas lo mejor, pero no deseas verlo, sobre todo porque sabes que tu hermano F. suele ser corto de paciencia (polvorita, dicen los argentinos) y no es hombre de andarse quieto, pues cuando no está trotando está nadando y cuando no está nadando está trotando para meterse a nadar. Es, pues, un muchacho admirable e infatigable, que, sospecho, aunque no debería contarlo, mucho no me quiere, debido a una razón del todo comprensible, y es que se parece tanto a mí, que todo el día le preguntan: oye, ¿tú eres hermano de B? Y él a estas alturas (y repito: es comprensible) ya dice, harto de mí: No, no soy su hermano, y no lo conozco, y no me cae bien, y es un vendido a la mafia y a los mineros que le pagaron por apoyar a K.

OCHO
Mi hermano J. no se ha casado (no todavía) con la adorable N, y si algún día se casan (pero son muy inteligentes y no llevan premura y saben amarse sin esas odiosas formalidades) no cabe duda de que, si me invitan, allí estaré con entusiasmo. Pero, entre las muchas cosas que admiro de ellos, sin duda celebro que no estén casados, que vivan juntos en una ciudad remota y apacible y que hayan hecho un esfuerzo deliberado por sortear el maleficio del casamiento, por no caer en esa trampa pantanosa en la que yo también me enfangué alguna vez. Si llevo bien las cuentas, he asistido, pues, a un sola boda de mis nueve hermanos, y hoy se me escapó otra boda más en la que soy, de nuevo, y con perdón, el hermano ausente.

NUEVE
Porque esta misma noche está casándose en Lima, por civil, ante funcionario edil, mi hermano A. con su angelical esposa F. Si bien he sido invitado por ellos y sobre todo por mi madre, no puedo ya volver al Perú, y tal impedimento (de llegada) tiene una vigencia de por lo menos cinco años, de modo que, ahora mismo, mientras mi hermano A. y su flamante esposa F. deben de estar bailando y gozando como ellos bien se merecen (porque son una pareja encantadora), yo estoy en la isla, a miles de kilómetros, pensando que tal vez me hubiera gustado estar en la fiesta familiar de esta noche, pero ya se ve que está en mi destino no acudir a fiestas familiares y en particular a las bodas de mis hermanos, porque de haber ganado la señora K. las elecciones, seguramente hubiera sentido mejor disposición para viajar a Lima, pero como los dados cayeron de un modo desfavorable a mis expectativas, y como ahora aquella ciudad está ocupada por huestes castrenses que me son hostiles, el azar, ese dios caprichoso, ha querido que me pierda una boda más de un hermano más, por lo que aquí le expreso a mi hermano mis rendidas disculpas y sin embargo le confieso la certeza de que mi ausencia contribuirá de un modo marginal (pero no desdeñable) a la felicidad de la fiesta.

DIEZ
En marzo de este año mi joven y bella esposa S. y yo nos casamos ante jueza de Miami y ahora llevamos anillos y al parecer nos amamos sanamente. Esto no es suficiente para mi santa madre que está en el cielo que es la tierra. Ella desea (anhela) que nos casemos en templo religioso, a ser posible en suelo peruano, antes de fin de año. Siento de veras decirle a mi señora madre que, una vez más, me veo obligado a decepcionarla. Pero, nunca digas nunca, quizá S. y yo nos casemos este año en la iglesia católica, episcopal o presbiteriana de la isla, según sea el costo del servicio religioso, pues en esto y en todo lo demás mi joven esposa S. y yo somos muy laxos y ecuménicos.

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PERU 21 JUNIO 20, 2011

Sonámbulo
Autor: Jaime Bayly

UNO
El hombre se ha puesto a dieta. Ha vuelto a la dieta que hizo en Bogotá. Solo toma jugos de fruta con linaza. Punto. Nada más. La otra noche vio en el cine a un sujeto realmente obeso y pensó: no quiero terminar así, si soy un perdedor lo que corresponde es ser flaco, ser flaco y perdedor tiene cierta dignidad.

DOS
El hombre ha dejado el café. Bebía café todo el día: expreso doble con dos cucharas de azúcar. El café lo vuelve agresivo. Le agita la respiración. Le hace rechinar los dientes. Lo vuelve insoportablemente locuaz. Por el bien de su mujer, el hombre ha dejado el café. Pero ahora pasa los días con unas migrañas que atribuye a la súbita abstinencia de cafeína. Cada tanto le dan convulsiones idénticas a las que pasó cuando dejó la cocaína. Le divierte ver cómo se le mueve de pronto una pierna, como si quisiera meter un gol imaginario.

TRES
El hombre se ha descubierto sonámbulo. Quien lo ha descubierto es la mujer que ahora duerme en su cama. En los últimos quince años o más, el hombre ha dormido solo. Pero ahora la mujer que duerme a su lado le informa riéndose de las cosas que él hace cuando está dormido: camina por el cuarto, se pelea con gente poderosa, enciende la computadora y escribe cosas sin sentido, baja a la cocina y se queda impávido mirando la heladera hasta que suena la alarma y cierra la puerta. Lo que más preocupa a la mujer es que el hombre a veces se sube al auto y se va manejando. No tarda en volver, no demora más de diez minutos. Regresa comiendo un helado de coco en paleta, se echa en la cama con zapatos, termina de comer el helado y sigue roncando.

CUATRO
El hombre despertó la otra noche y notó que estaba masticando algo gomoso, algo esponjoso como un chicle con globos. El hombre se sorprendió: no suele masticar chicles y menos cuando duerme. Escupió la bola gomosa. Eran los dos tapones anaranjados que debería haberse puesto en los oídos y que se introdujo en la boca y masticó un rato impreciso (impreciso pero él sospecha que largo, porque los tapones estaban reducidos a pedazos minúsculos). El hombre escupió, se sintió un idiota y, antes de seguir durmiendo, pensó: creo que me estoy volviendo loco.

CINCO
El hombre ha vuelto a dormir la siesta. No lo hace por cansancio sino por aburrimiento o porque no se le ocurre mejor cosa que hacer. Nada la interesa. Carece por completo de sueños o ambiciones. El arduo oficio de sobrevivir le da cierta pereza. La otra tarde, durmiendo la siesta, tuvo un sueño que lo hizo llorar. El hombre recorría una casa infinita buscando a sus hijas mayores. Entraba a un cuarto tras otro tras otro diciendo los nombres de sus hijas. Nunca las encontraba. Estaba desesperado por encontrarlas y abrazarlas. Soñaba con abrazarlas. Pero ellas no estaban. No estaban en ninguno de los cuartos infinitos de aquella casa desolada. El hombre despertó llorando. Le sorprendió verse llorando. No es hombre de llanto fácil. Pero estaba llorando como solía llorar de niño. Y le pareció que lloraba así porque presentía que la realidad acabaría pareciéndose a su sueño.

SEIS
El hombre habla dormido. Lo sabe porque la mujer que duerme a su lado se lo cuenta. Por lo general él se duerme y ella se queda despierta y entonces ella se divierte escuchando las cosas generalmente incomprensibles que él dice. Pero a veces ella entiende algo. Según ella, las últimas cosas que él ha dicho dormido, siempre en tono molesto, irritado, son las siguientes: “Quiero marihuana”, “Llamen al panadero” y “Fritz, dile a Eric que no me bote”. Ella me ha preguntado anoche, antes de dormirme, si de veras quiero marihuana. Le he dicho que no. Yo le he preguntado si ella quiere. Tal vez para mi cumpleaños, ha respondido.

SIETE
El hombre conoce a una actriz. La actriz le regala una caja con treinta pastillas que, según ella, rejuvenecen a quien las toma. El hombre toma quince pastillas, una tras otra. Luego se siente mareado y se va a dormir. Al día siguiente despierta exhausto, no se siente para nada rejuvenecido. Su mujer le dice riéndose que él se pasó la noche hablando dormido y diciéndole a ella: ¿Quieres tomar un té helado? Ella se ríe porque en la casa no hay té helado, nunca toman té caliente ni té helado.

OCHO
El hombre, como es sonámbulo, suele pasarse a otras camas durante la noche. A menudo despierta en cuartos a los que no recuerda cómo llegó. Es sábado por la mañana y el chofer, un dominicano llamado Rafael, lo despierta, sorprendido. El hombre está echado en una tumbona frente a la piscina. La tumbona, cubierta por un techo de plástico, parece una carpa. Es sin duda una tumbona propicia para dormir. Señor, ¿qué hace durmiendo aquí afuera?, le pregunta Rafael. No sé, responde el hombre. Y luego le pregunta a Rafael: ¿Y tú qué haces acá si es sábado, Rafa? El moreno dominicano responde: No sé, señor, no sabía que hoy es sábado.
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PERU 21 JUNIO 13, 2011

Cómo ganar amigos
Autor: Jaime Bayly

Somos pérdidas de tiempo en constante movimiento (Rodrigo Fresán, Historia Argentina).

UNO
Miente. A los tontos diles que son inteligentes. A los feos diles que son lindos. Los tontos suelen creerse inteligentes. Los feos suelen verse lindos. No los confundas.

DOS
Paga la cuenta. Deja buena propina. Sé dispendioso. Verás cómo te aparecen amigos detrás de los arbustos y los cactus.

TRES
No intentes demostrar que tienes la razón. No seas majadero. No insistas. No tienes la razón. Nadie la tiene. Si quieres tener amigos, da la razón al otro. Lo importante no es tener la razón. Lo importante es ser divertido. Solo conseguirás ser divertido si reconoces que a menudo estás equivocado.

CUATRO
No tengas ideología. No tengas religión. No tengas moral. No tengas certezas, convicciones, dogmas. Sé flexible. Haz yoga con tus principios morales. Acomódalos a los demás. Aprende del camaleón.

CINCO
Mucho cuidado con el espinoso asunto de la inteligencia. Digamos que la cuestión se reduce a esto: no te hagas el inteligente. Si de verdad eres inteligente, encubre tu inteligencia con pudor, escóndela como si fuera una verruga. El que hace alarde de su inteligencia, irrita a los demás, pierde amigos, se queda solo. Lo inteligente, si de verdad quieres ser popular, es hacer creer a los demás que son más inteligentes que tú, que aprendes de ellos, que su presencia te ilumina y enriquece. No es tan difícil simular que eres un idiota. Puede que incluso no tengas que hacer el menor esfuerzo histriónico.

SEIS
No tengas éxito. Fracasa. Fracasa miserablemente. Fracasa miserablemente y admítelo. Di que eres mediocre. Di que eres infeliz. Di que eres un perdedor. Di que tu vida apesta. Eso te hará encantador.

SIETE
Procura no defecar en casa de tus amigos. Aguanta. Controla tus esfínteres. A nadie le gusta tener un amigo que viene a tu casa y se despacha un mojón de proporciones. Haz tus deposiciones en casa.

OCHO
Ya acabó la guerra fría. No tienes que tomar partido. Quiero decir: no tienes que ser heterosexual u homosexual. Puedes sentarte en la “u”. Déjate llevar. No hagas de tu trasero un templo sagrado, una fortaleza invicta, amurallada. Alójate donde seas bienvenido y aprende a dar posada al peregrino. No hagas un melodrama para bajarte los pantalones.

NUEVE
No discutas. No seas necio. Cede. Pierde. Resígnate. Deja que el otro gane. Ahórrate la pelea. El mejor pleito no es el que se gana sino el que se evita.

DIEZ
Cállate. No opines. No digas nada. Deja que los demás hablen. Asiente en silencio mirando el horizonte incierto. Parecerás inteligente. Si abres la boca, romperás el hechizo.

ONCE
No trates de ser el mejor. No postules a premios. Si te conceden premios, devuélvelos. No aceptes homenajes. Rechaza toda forma de elogio o adulación. Postula sutilmente la teoría de que eres un imbécil y de que, siendo genéticamente tan imbécil, resulta milagroso que sigas vivo.

DOCE
No hagas esfuerzo alguno por tener una buena reputación. Caerás mal. Caerás fatal. Los virtuosos carecen de amigos y llevan vidas tristes, sombrías. Aplaude a quien te insulta. Deplora a quien te elogia. Si dicen que eres buena gente, preocúpate.

TRECE
Engorda. Echa a perder tu silueta. Procura parecerte a una foca o un manatí. Sóbate la panza. Los gordos son naturalmente amados. Los flacos son odiados.

CATORCE
Exagera tus achaques. Di que tienes estreñimiento crónico. Di que sufres de migrañas y jaquecas crónicas. Di que cuando vas a tener un orgasmo te sobreviene un ataque hipo. Di que sigues orinándote en la cama y duermes con pañales. Di que padeces una enfermedad terminal. De este año no pasas. Te estás muriendo. Algo te duele en el bajo vientre. Frunce el ceño. No sonrías. Que se te vea afligido, jodido, mal.

QUINCE
No tomes decisiones. Deja que otros decidan por ti. Cuando se equivoquen, no será tu culpa. No elijas nunca la película, la fila, la butaca. Siéntate donde te indiquen.

DIECISEIS
No le digas nunca a nadie que estás enamorado. Si alguien te dice que está enamorado de ti, dile que esa enfermedad mental tiene cura y que con la ayuda de un buen siquiatra y la medicación apropiada saldrá de tan penosa aflicción.

DIECISIETE
Di que tuviste una infancia infeliz. Di que eres huérfano. Di que unos curas te violaron. Di que nunca te regalaron una bicicleta. Luego llora y di que extrañas a los curas.
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PERU 21 JUNIO 8, 2011

Cancelan programa de Jaime Bayly

América TV no emitirá más el espacio del escritor, el cual apareció solo en cinco ediciones, pese que estaba previsto que salga en 13.

América Televisión sacó de su programación el espacio del periodista Jaime Bayly, el cual se emitía todos los domingos a las 10 de la noche.

Según el portal lamula.pe, fuentes de Canal 4 le confirmaron que el programa del “Tío Terrible”, que apareció después de la primera vuelta electoral, ya no saldrá este fin de semana.

El contrato entre la televisora y el escritor estipulaba que el espacio se emitiera en 13 domingos, sin embargo, solo salió en cinco. El primer programa apareció el 1 de mayo y el último fue el 29 del mismo mes.
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EL COMERCIO JUNIO 7, 2011

Jaime Bayly recibió amenaza de muerte en YouTube

En un video lleno de errores y creado por un usuario de esta plataforma, se dice que Ollanta Humala matará al escritor por haber intentado perjudicarlo

“Ya que Ollanta Humala ganó, al primero al que matará por hacerle campaña sucia será a Bayly” es el mensaje creado por el usuario PiCchuTaCca y subido a YouTube el 5 de junio, con el que se amenaza de muerte a Jaime Bayly.

En el texto, plagado de errores de ortografía y acompañado por música fúnebre, se acusa al periodista de haber intentado perjudicar al candidato nacionalista y se le advierte de que escape a Miami.

En su columna del lunes, titulada “El perdedor”, Bayly lamentó que su espacio de Canal 4 haya sido un fracaso más en su carrera. Sin embargo, felicitó y deseó buena suerte al ganador, el electo presidente Ollanta Humala.
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EL COMERCIO JUNIO 6, 2011

Bayly asumió derrota de Keiko como suya: "Sigo siendo un perdedor"

“Una vez más me toca estar en el bando de los perdedores”, dijo el periodista sobre el triunfo del líder de Gana Perú

(Fotos: archivo El Comercio)
El conductor de TV Jaime Bayly reconoció que su intento por convencer a los peruanos a no votar por Ollanta Humala fue inútil. Asumió la derrota de Keiko Fujimori como suya y felicitó al virtual Presidente del Perú por su triunfo.

“Por lo visto, el señor Humala ha ganado con claridad: felicitaciones y buena suerte (...) No pude convencer a mis compatriotas de que un golpista como Humala era más peligroso que la hija de un golpista como Keiko. He vuelto a perder. Sigo siendo un perdedor. Una vez más me toca estar en el bando de los perdedores”, escribió el periodista en la columna que tiene en Perú.21.

El hombre de TV señaló, además, que si en las próximas elecciones alguien lo vuelve a convocar, volverá a “pelear limpia y apasionadamente” por sus convicciones y por lo que cree correcto.

“Anuncio con orgullo que sigo sin conocer la victoria: en más de veinticinco años peleando en los estudios de televisión, he librado seis feroces combates presidenciales y he besado la lona y perdido por KO esas seis veces. El perdedor ha vuelto a perder. No por eso, está dispuesto a rendirse. El perdedor sabe que si alguien lo llama en cinco años, volverá a ponerse los guantes para pelear limpia y apasionadamente por sus convicciones”, remarcó.

De otro lado, descartó haber recibido un pago millonario por estar al frente de “Jaime”, el espacio que condujo durante cinco semanas en América TV”.

“Leí en la prensa peruana que las empresas mineras me habían pagado una millonada por hacer mi programa. No era verdad. Nadie me había pagado nada”, explicó.
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PERU 21 JUNIO 6, 2011

El perdedor
Autor: Jaime Bayly

UNO
En abril de 1985 yo acababa de cumplir 20 años y era un joven periodista de Canal 5 de Lima. A dos semanas de las elecciones presidenciales, luego de meditarlo y evaluar los riesgos no menores que tal operación acarreaba, decidí hacer un último y desesperado esfuerzo por impedir el triunfo en primera vuelta del joven, brillante y persuasivo candidato aprista, Alan García. Basado en la información médica que me pasó discretamente un veterano líder del partido de García, hice acopio de coraje y, en un programa en vivo y en directo, le pregunté a García, a pocos días de la elección, y a sabiendas de que encabezaba con holgura las encuestas de intención de voto, si era verdad que lo habían sometido a una “cura del sueño” años atrás (lo era: había sido sedado en la clínica San Felipe por un cuadro de severa depresión, según me contó el propio Alan muchos años después, depresión que él atribuye a la muerte de Haya de la Torre). Aquella noche de abril de 1985 creí ingenuamente que mi intrépida pregunta podía cambiar la historia del Perú. Aquella noche quise ponerle una zancadilla a Alan para sabotear su triunfo. Alan se enfadó con la pregunta, se negó a responderla alegando que se trataba de un golpe bajo. Dos semanas después, Alan obtuvo un aluvión de votos, a tal punto que el segundo candidato más votado, Alfonso Barrantes, tuvo el gesto noble y elegante de retirarse de la segunda vuelta y concederle la victoria. Fue mi primera derrota. Fue mi primer fracaso. Quise impedir el triunfo de Alan con una sola pregunta y fracasé. Fracasé en toda la línea. No solo porque Alan ganó de modo abrumador, sino porque días después me echaron de la televisión peruana y tuve que pasar los cinco años del gobierno de Alan viviendo más tiempo en Santo Domingo, donde tuve la suerte de que me dieran un programa de televisión, que en Lima. Tendría que haber aprendido entonces que ningún periodista de televisión tiene el poder de cambiar la suerte de una elección presidencial y que, si lo intenta, lo más probable es que pierda su trabajo. El tiempo demostró mi absoluta incapacidad de entender esa verdad tan simple. Soy un periodista contumaz que reincide obstinadamente en el error.

DOS
En 1990, el gerente de Canal 4 de Lima me llamó y me ofreció un programa todas las noches para apoyar la candidatura de Mario Vargas Llosa. No lo dudé. Acepté con entusiasmo. Inicié el programa en enero, seguro de que Mario ganaría, como sugerían las encuestas. A medida que se acercaba la primera vuelta, vimos cómo crecía la candidatura de un perfecto desconocido, Alberto Fujimori. Todas las noches en mi programa intenté persuadir a mis compatriotas de que votasen por el señor Vargas Llosa y de que no votasen por el señor Fujimori. No ahorré argumentos para intentar demoler la candidatura de “El Chino”, como lo llamaba la gente. Me la jugué apasionadamente por Vargas Llosa. Hice mi mejor esfuerzo para que mi programa contribuyese a su victoria. Ya en la primera vuelta, fue evidente que había fracasado, pues Vargas Llosa y Fujimori obtuvieron casi la misma votación. A pesar de que en el ánimo de Vargas Llosa era evidente que ya no quería ganar la segunda vuelta (y algunos en su entorno familiar le aconsejaban renunciar), seguí apoyando con ferocidad combativa su candidatura y continué disparando sin compasión sobre Fujimori. Tan sangrienta batalla resultó inútil. Mi programa diario (lo mismo que el programa semanal del señor Hildebrandt, lo mismo que los programas de Augusto Ferrando y Gisela Valcárcel) no ayudó en modo alguno a que Vargas Llosa ganase. Probablemente, ayudó incluso a que perdiese, pues los peruanos se llevaron la impresión de que, virtualmente, toda la televisión apoyaba con ánimo militante la candidatura de Vargas Llosa y linchaba con virulencia a Fujimori. Una vez más, perdí. De nuevo, hice campaña apasionada por el perdedor. Por segunda ocasión en mi carrera de periodista, confirmé que mis habilidades persuasivas eran escasas, si no nulas. Como ya había ocurrido cuando quise impedir el triunfo de Alan García y terminé perdiendo mi trabajo, tuve que irme del Perú cuando, en abril de 1992, el señor Fujimori dio el golpe de Estado. Los ocho años de la dictadura de Fujimori los viví en los Estados Unidos, visitando esporádicamente Lima para reunirme con mis hijas. Los ocho años de la dictadura de Fujimori me gané la vida en la televisión de Estados Unidos y me di el gusto de pagar mis impuestos en los Estados Unidos y no a la dictadura de Fujimori. Tendría que haber aprendido en 1990 que un periodista de televisión (o al menos yo) carece del poder para volcar la suerte de una elección en un sentido o en otro. Pero está claro que no lo aprendí.

TRES
El año 2000 me opuse públicamente a la reelección ilegal del dictador Fujimori. Solo el diario El Comercio publicaba mis artículos contra esa reelección fraudulenta. Aconsejé a los amigos de Fujimori que lo disuadieran de postularse. Fue en vano, desde luego. Puesto que me negué a apoyar su candidatura, me peleé con mis amigos José Enrique y José Francisco Crousillat, dueños de Canal 4, y terminé haciendo, desde Miami, un programa en solitario, sin público ni invitados, en el que me abandonaba a un largo y encendido soliloquio (monólogo que no parecía incomodarme, pues ya se sabe que escucharme es una de mis pasiones favoritas), procurando convencer a los peruanos de que votasen por Alejandro Toledo y elogiando sin reservas a su esposa, Eliane Karp. Ese programa, que sospecho nadie recuerda, fue emitido en el Perú todos los domingos por la noche (10 de la noche) el año 2000, en el Canal 13 de Lima, entonces llamado por sus gerentes, la familia Palermo, “Canal A”. Nunca me pagaron un penique por el año entero que emitieron mi programa haciendo campaña a favor de Toledo. Una vez más, fracasé. Toledo perdió. Yo perdí con Toledo. Recuerdo que cuando llegué a casa de mis padres y anuncié que había votado por Toledo, la familia entera estuvo a punto de echarme a patadas de la casa, pues todos apoyaban a Fujimori y habían votado por él. Fue mi tercer fracaso consecutivo. Mi récord como boxeador del periodismo era ya bastante desmoralizador: tres peleas, tres derrotas. Sin embargo, me negué a colgar los guantes.

CUATRO
En el verano limeño del 2001, la gerencia de Canal 2 de Lima me ofreció un programa para apoyar la candidatura de Toledo. Acepté encantado. Mi plan era apoyar de nuevo al señor Toledo y votar por él. El programa lo llamé El Francotirador. Contrariamente a mis planes, terminé disparando no contra los adversarios del señor Toledo, sino contra el propio señor Toledo, pues el destino trajo a mí a una señora piurana, Lucrecia Orozco, y a una adolescente brillante, su hija Zaraí, quienes me convencieron, tras mostrarme un voluminoso legajo de expedientes judiciales, de que el señor Toledo se había pasado los últimos trece años negando a su hija Zaraí en los tribunales de Piura. Decepcionado de la conducta innoble de Toledo, defendí con ardor a Zaraí y su madre y anuncié que no votaría por un hombre que me avergonzaba por negar a su propia hija y que votaría por Lourdes Flores. Tal cambio de simpatías me trajo no pocos conflictos en el canal 2, que seguía apoyando a Toledo cuando yo, desde mi programa, le había declarado la guerra a Toledo por el caso Zaraí. Perdí en la primera vuelta porque Lourdes Flores quedó en el camino. Luego hice una campaña tan apasionada como inútil a favor del voto en blanco en la segunda vuelta, defendiendo quijotescamente la idea principista de que un hombre que negaba a su hija no merecía ser Presidente del Perú. Volví a perder. Los peruanos eligieron presidente a ese hombre que negaba con descaro a su hija. De nuevo, mi programa de televisión fue inútil para socavar a Toledo y propiciar la victoria de Lourdes. Una vez más, por tercera vez, defendí una causa que me pareció justa y, sin embargo, perdí en toda la línea. Como era previsible, tan pronto como terminó la campaña y ganó Toledo, el dueño de Canal 2 me despidió, burlándose de mí.

CINCO
En febrero de 2006, el dueño de Canal 2 se había enemistado con el entonces presidente Toledo y me ofreció volver a su canal con El Francotirador. No lo dudé. Llevaba varios años alejado de la televisión, viviendo entre Miami y Buenos Aires, y quería sacarme el clavo y contribuir, aunque sólo fuera por una vez en mi vida, a que la candidatura de mis simpatías prevaleciera. Usé mi programa en Canal 2 para atacar despiadadamente a los candidatos García y Humala y apuntalar sin disimulo la candidatura de Lourdes Flores. A pesar de mis esfuerzos retóricos, o tal vez como consecuencia de ellos, Lourdes volvió a quedar rezagada. Recuerdo la noche insólita del conteo de la primera vuelta: Lourdes se impacientó y anunció que había pasado junto con Humala a la segunda vuelta, don Luis Bedoya festejó la aparente victoria de su discípula, yo celebré con aspavientos en mi programa en vivo en Canal 2 y dimos por hecho que Lourdes había superado por fin la valla aciaga de la primera vuelta. Pero, al caer la noche, los números de Alan fueron creciendo, Alan empató a Lourdes, Alan pasó a Lourdes y, unos días después, el resultado oficial confirmó que era Alan y no Lourdes quien había quedado en segundo lugar. Una vez más, por quinta vez consecutiva, convertí mi programa en una trinchera de combate a favor de una candidatura, la de Lourdes Flores, y perdí en toda la línea. Mi palmarés era tremendo: cinco peleas, cinco derrotas. Un peleador más humilde se hubiera retirado. Pero la humildad no parece ser una de mis virtudes más conspicuas.

SEIS
En octubre del año pasado, el dueño de Canal 2 de Lima me despidió. Probablemente lo hizo para complacer a un número no menor de amigos poderosos, a quienes mi programa resultaba irritante: Alan García, Luis Castañeda, Alejandro Toledo, Lourdes Flores. Probablemente lo hizo para sacarme del juego de la campaña presidencial, a sabiendas de que yo criticaría a los señores Toledo y Castañeda y apoyaría a Keiko Fujimori. Como ningún canal peruano quiso contratarme, me mudé a Miami y me resigné a hacer televisión en esa ciudad. No estaba en mis planes más remotos que algún canal peruano me llamase durante la campaña presidencial. Era claro que me habían sacado del juego para que no ejerciera influencia alguna. Al menos pude escribir, antes de la primera vuelta, una columna en este diario apoyando a Keiko. Luego de la primera vuelta, y como los candidatos en carrera eran Ollanta Humala y la señora Fujimori, recibí una llamada de la gerencia de Canal 4 de Lima. Me pidieron hacer un programa los domingos. Acepté encantado. Me pidieron viajar a Lima todos los domingos. Me excusé. Dije que por razones familiares no podía viajar a Lima todos los fines de semana. La gerencia de Canal 4 fue extraordinariamente generosa conmigo y me dijo que aceptaba mi programa vía satélite. No fue difícil organizar el programa para Canal 4 porque ya tenía estudio y escenografía para el programa que hacía en Miami. Alquilé dicho estudio los cinco domingos de mayo. En efecto, le pagué 60 mil dólares al dueño del canal de Miami. Contraté al personal técnico y periodístico. Leí en la prensa peruana que las empresas mineras me habían pagado una millonada por hacer mi programa. Por supuesto, no era verdad. Nadie me había pagado nada. Ni siquiera sabía si ganaría algún dinero, pues el gerente del Canal 4 me prometió una fracción menor de las ventas publicitarias que generase mi programa, y como el programa resultó de una naturaleza combativa al candidato Humala, muchos auspiciadores prefirieron no acompañarme en la cruzada. Domingo a domingo, fueron retirándose empresas cautelosas que antes ponían sus anuncios en mi programa. Domingo a domingo, cinco domingos consecutivos, hice mi más esforzada contribución para persuadir a los peruanos de que el señor Ollanta Humala había tramado un golpe contra la democracia el año 2005, que el señor Humala había aplaudido ese golpe fallido, que el señor Humala había llamado “patriotas” a los golpistas que mataron a cuatro policías en esa emboscada y que, por consiguiente, un militar que había perpetrado y festejado un golpe sangriento contra un gobierno democrático hace seis años no merecía ser Presidente del Perú. Por lo visto, teniendo en cuenta los resultados de ayer, mi programa, fiel a una vieja tradición, ha sido un fracaso más en mi carrera de periodista combativo. Por lo visto, el señor Humala ha ganado con claridad: felicitaciones y buena suerte. Por lo visto, mis programas en Canal 4 fueron inútiles para impedir su victoria. No pude convencer a mis compatriotas de que un golpista como Humala era más peligroso que la hija de un golpista como Keiko. He vuelto a perder. Sigo siendo un perdedor. Una vez más, me toca estar en el bando de los perdedores. Anuncio con orgullo que sigo sin conocer la victoria: en más de veinticinco años peleando en los estudios de televisión, he librado seis feroces combates presidenciales y he besado la lona y perdido por KO esas seis veces. El perdedor ha vuelto a perder. No por eso, está dispuesto a rendirse. El perdedor sabe que si alguien lo llama en cinco años, volverá a ponerse los guantes para pelear limpia y apasionadamente por sus convicciones.

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