viernes, 5 de marzo de 2010

¿DONDE ESTAS DIOS?

EL COMERCIO MARZO 5, 2010

¿Dónde está Dios?
Gonzalo Gamio Gehri, filósofo
Universidad Antonio Ruiz Montoya

¿Dónde está Dios?. Esa es la pregunta que muchas víctimas de un sufrimiento injusto e intencionalmente producido suelen formularse.

Auschwitz se ha convertido en el símbolo de las situaciones de violencia y crueldad que los seres humanos pueden llegar a generar en condiciones de un aparente ‘abandono de Dios’. Efectivamente, solo en los campos de Auschwitz murieron aproximadamente un millón y medio de judíos, condenados a una muerte prematura por el mero hecho de serlo, sin distinción de sexo o de edad, en plena “época de la ciencia”. Muchos testigos de estos horrores llegaron a la conclusión de que o Dios no existía o que se le percibía como ausente. La misma expresión Holocausto –Shoah, en hebreo– tiene connotaciones espirituales, pues alude al sacrificio de la víctima inmolada en un rito religioso.

Este hecho constituye un escándalo para la razón humana y también para la fe. Desde el punto de vista del pensamiento religioso, el tema del sufrimiento del inocente nos introduce en el problema de la teodicea, la cuestión de la existencia y sentido de una “justicia divina”.

¿Es consistente la idea de un Dios omnipotente e infinitamente bueno con la manifiesta injusticia e inhumanidad practicadas en Auschwitz? Algunos teólogos y filósofos han considerado que Dios se abstiene de intervenir por respeto a la libertad humana, que hace posible que el hombre realice acciones de todo calibre, desde el sacrificio altruista hasta los crímenes más despiadados.

Otros intelectuales han sugerido que la idea de un ser supremo no es compatible con los sucesos de la Shoah; que este es un indicio claro de la inexistencia de Dios. El notable filósofo Hans Jonas ha sostenido, por su parte, que la única alternativa que le queda al creyente que pretende preservar su fe consiste en renunciar a concebir a Dios como un ser omnipotente.

Lo acontecido en Auschwitz no solo desafía nuestra idea o experiencia de Dios, también desafía nuestra percepción de la condición humana. También podemos preguntarnos: ¿dónde estaba el ser humano en medio de la inhumanidad de los campos de concentración?

Auschwitz nos interpela acerca de nuestra disposición a la caída, nuestra posición respecto al imperativo de cuidar la integridad del otro. “A la vista de aquel horror -–comenta el teólogo Johann Baptist Metz– ya nadie sabía dónde tenía la cabeza o le latía el corazón”. Metz ha convertido la Shoah en el motivo central de su quehacer teológico y ha planteado la necesidad de configurar una cultura de la memoria, que rescate el testimonio de quiénes han sido y son víctimas de exclusión y violencia como fuente de reconstrucción histórica. Se trata de garantizar en la práctica que lo que se vivió en Auschwitz no se repita jamás.

El problema de la teodicea evoca sin duda la pasión y muerte injusta de Jesús de Nazaret –una víctima inocente– y nos remite a la reflexión teológica acerca de si su dolor era o no necesario para el cumplimiento de un detallado plan de redención universal. Sin embargo, el tema del sufrimiento del inocente no es solo una preocupación exclusivamente judeocristiana. He tenido la oportunidad de conversar sobre el tema con diversos profesores del Diplomado de Humanismo y Mística de la Universidad A. Ruiz de Montoya –versados en el legado de la mística oriental y occidental–, que ponen en evidencia la preocupación permanente en diversas tradiciones religiosas, literarias y filosóficas por echar luces sobre este problema.

Evidentemente, las respuestas que podamos aportar acerca del problema del sufrimiento injusto y su vínculo con lo divino no pueden ser concluyentes; son solo rutas posibles de reflexión. Pistas que fortalecen nuestro anhelo de verdad y nuestro sentido de justicia. Se trata de un problema humano que roza la condición de misterio. Por eso nos conmueve. Por eso reaparece luego de que se hacen trizas las seguridades de quien creyó dar una respuesta definitiva sobre este delicado asunto.

Se trata de un problema que involucra a la vez nuestra relación con nuestras imágenes de lo divino y la relación con la comprensión de nuestra propia humanidad. Plantear esta importante cuestión tiene un valor intrínseco, más allá de la precariedad de nuestras respuestas. Como dice el propio Metz, “hay preguntas para las que no (se) tiene respuestas, pero sí un lenguaje, un lenguaje, a su vez, con preguntas a Dios. Así es como yo, en cualquier caso, entiendo la llamada cuestión teodiceica”.

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