jueves, 2 de julio de 2009

EL DELITO INFORMATICO MAS COMUN ES CLONAR WEBS

LA REPUBLICA 14 07 09

El delito informático más común es clonar webs

Luego le sigue la clonación de correos mediante virus. Uso de troyanos para hurtar información está creciendo.

La clonación de páginas web y los correos electrónicos con virus son las modalidades de delitos informáticos más utilizadas últimamente para sorprender y estafar a las personas o para apropiarse de información valiosa de sus computadoras con el único fin de hurtar dinero de sus cuentas bancarias.

Así lo reveló el jefe de la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología (Divindat) de la Policía Nacional, Óscar Gonzales, quien dijo que la clonación de páginas web –sobre todo las de instituciones públicas o de entidades bancarias– viene alcanzando cada vez mayores niveles de sofisticación y, por lo tanto, son más peligrosas para la sociedad. Sobre la otra modalidad explicó que esta se produce a través del envío de correos electrónicos con virus, principalmente del tipo “troyano”. “Estos delincuentes tratan que la víctima muerda el anzuelo y descargue un mensaje para que el virus se instale en la Unidad Central de Procesos (CPU) de la computadora y empiece a sustraer la información”, dijo.
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EL COMERCIO JULIO 6, 2009

En más de 160 % se elevan las denuncias por delitos informáticos en Perú

16:37 | Hasta la fecha, todos los casos presentados por la división especializada de la PNP han sido aceptado por las autoridades judiciales

(Andina). El número de denuncias por delitos informáticos registrados en el Perú se ha elevado en más de 160 por ciento respecto del 2008, informó la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología (Divindat) de la Policía Nacional.

Personal de esta división detalló que en el año 2006, la Divindat presentó a las autoridades judiciales 276 casos de delitos informáticos y al año siguiente esta cifra se elevó a 403 casos. En 2008, los casos totalizados fueron 463 a nivel nacional.

Los delitos más denunciados son el hurto de fondos, que en el año 2006 representó un total de 93 casos y creció hasta 239 casos en el 2008, y delitos tecnológicos como el phishing, la clonación de tarjetas de crédito, entre otros.

“Gracias al minucioso cuidado del personal de la Divindat en las investigaciones, hasta el momento ningún caso presentado a las autoridades judiciales ha sido rechazado”, indicó el coronel Oscar González, jefe de esa división.

La Divindat indicó que la reincidencia en delitos informáticos fluctúa entre el 10 y el 15 por ciento, sobre todo en la modalidad de hurto de fondos.

No se sanciona el acceso a páginas web
González indicó que uno de los aspectos que la ley no contempla, por ejemplo, es el acceso a las direcciones de los correos electrónicos y páginas web –conocidos como IP- utilizados por los criminales, porque dicha información está considerada como secreto de las comunicaciones y se requiere de la autorización del juez.

Esto permite que los delincuentes “de cuello blanco” sigan actuando impunemente, sumando más víctimas y amasando más dinero, pues saben que la Policía tardará al menos un mes en obtener la autorización judicial para levantar el secreto bancario y luego el permiso de la entidad financiera para rastrear las cuentas donde depositan el dinero sustraído a las víctimas, agregó.
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LA REPUBLICA SETIEMBRE 22, 2008

Aumentan delitos informáticos en el interior del país

Los más comunes: pornografía infaltil y robo en cuentas ajenas.

Coronel Alejandro Díaz (centro).

¡Cuidado con los delincuentes cibernéticos! Según indagaciones realizadas por la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología de la PNP, bandas limeñas han optado por operar en el interior del país para correr menos riesgos y multiplicar sus ganancias.

El coronel Alejandro Díaz Changanaqui, jefe de esa unidad policial, precisó que el tráfico de pornografía infantil y el desvalijamiento de cuentas de débito y crédito ajenas son los casos que se dan con mayor frecuencia.

Explicó que a través de internet los maleantes ha ampliado sus fronteras. "Abren cuentas bancarias en poblados lejanos y depositan en ellas el dinero que roban, mediante transferencias ilegales de fondos de terceros", señaló el oficial.

Una acción de este tipo, dijo, fue descubierta recientemente en Iquitos, departamento de Loreto, y se detuvo a varios implicados.

En las ciudades de Chiclayo (Lambayeque) y Chimbote (Áncash), ha sido posible detectar el accionar de pedófilos que ya están presos por traficar pornografía infantil, añadió el coronel Díaz Changanaqui.

El jefe PNP recomendó tomar precauciones a la gente, especialmente cuando navega en internet.

SABÍA QUE...

Definición. Los delitos informáticos se dan cuando alguien usa indebidamente un equipo, una red o un sistema de cómputo para realizar operaciones fraudulentas en perjuicio de terceros.
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EL COMERCIO 30 de julio de 2008

TECNOLOGÍA. POLICÍA DARÁ SU POSICIÓN OFICIAL SOBRE ESTE TEMA HOY

Usan emblema de PNP para sembrar virus con e-mail
Falso correo ofrece al usuario un programa para proteger su PC. Si hace clic en el vínculo pueden robarse información que tenga archivada

Los delincuentes virtuales vuelven a hacer de las suyas. Ya no solo toman ilegalmente el nombre de medios de comunicación para transmitir noticias falsas y así tratar de engañar a los cibernautas e infectar sus computadoras con virus para robar información, sino que ahora incluso se hacen pasar por las mismas autoridades policiales ofreciendo un supuesto software de protección, cuando lo que realmente buscan y logran es todo lo contrario.

Un lector redirigió a nuestra casilla de correo un e-mail que recibió el lunes 28 con el asunto "Aviso importante, alarmante incremento de delitos informáticos", enviado aparentemente desde la dirección divincri@pnp.gob.pe.

En el mensaje aparece una imagen con el emblema de la División de Investigación de Delitos de Alta Tecnología (Divindat) de la PNP y tres párrafos de texto reproducido exactamente tal como aparece en la página web de esta división de la policía. Sin embargo, hacia el final, se muestra un texto entrecomillado, en negritas y con gruesas fallas de redacción, en el que se ofrece al usuario la posibilidad de descargar un falso programa de protección contra el robo de cuentas bancarias. Para ello se debe hacer clic en un enlace que está al final del mensaje.

En realidad este enlace oculta un archivo ejecutable que los delincuentes han alojado ilícitamente en una página del extranjero (en este caso se trataba del espacio web de una empresa dedicada a organizar celebraciones, desactivado ayer por la tarde).

Un clic sobre este archivo activará de inmediato un virus del tipo troyano que ingresará sigilosamente a una computadora en busca de información. Este puede además tomar el control de la PC para propagar mensajes de publicidad no deseados a su lista de contactos.

Fuentes de la Divindat fueron informadas ayer por El Comercio de la presencia de este mensaje en nuestro medio. Señalaron que están investigando el caso con reserva y recordaron que los promotores de estos mensajes falsos suelen usar cabinas de Internet, entre otras modalidades, para eludir y dificultar la labor de rastreo de los agentes de la Divindat.

Anunciaron que hoy harán una aclaración oficial sobre este tema a través de una nota de prensa que se divulgará en la página web de la institución: www.policiainformatica.gob.pe.

Como se recuerda, el pasado viernes este Diario informó que el envío de este tipo de correos electrónicos puede ser penado por la ley, y el día sábado se publicó un editorial en el cual se instaba a las autoridades a ubicar y sancionar a los responsables.

A SU SERVICIO
Tenga cuidado al abrir sus mensajes

Si bien cada día aparecen nuevas modalidades de engaños y estafas, es también responsabilidad del usuario aprender a detectarlas.
1. Ninguna institución pública o privada envía mensajes masivos ni mucho menos sin que sean solicitados. Los correos son personalizados.
2. Verifique siempre cuál es el correo del remitente del mensaje. Sin embargo, esto no es un determinante, pues existen programas que crean 'máscaras' para evitar la identificación de la verdadera dirección.
3. Nunca haga clic sobre los enlaces que aparecen en los mensajes. Verifique la veracidad de la dirección hacia la que conduce el enlace, colocando el puntero del mouse sobre él.
4. Si la dirección termina '.exe', quiere decir que al hacer clic sobre ella se ejecutará una aplicación, la cual posiblemente instale el virus en su computadora. Dude de este tipo de correos y de las cadenas.
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PERUANO 31 de julio de 2008

TIPIFICACIÓN. CÓDIGO PENAL ESTABLECE PENA DE HASTA TRES AÑOS EFECTIVOS
Envío de virus por e-mail implica cárcel

Especialista evalúa caso de envío de correos con el logo clonado de la PNP
El envío de correos electrónicos con “virus” o archivos nocivos para la base de datos o computadoras ajenas puede ser castigado con una pena privativa de la libertad de tres años, advirtió ayer el abogado Luis Lamas Puccio, quien precisó que ello sí implica cárcel efectiva.

Al comentar informaciones referidas al envío de virus por e-mail con el emblema clonado de la Policía Nacional, explicó que la referida sanción rige desde 2000.
La misma pena es aplicable cuando se ingresa de forma indebida a una base de datos ajena para alterar su esquema o características, según el artículo 207 del Código Penal, detalló.

“Una cosa es ingresar en una base de datos y otra ingresar para destruir. En este caso, la pena también es de tres años. Incluso puede haber cárcel efectiva porque ahora ésta se aplica a partir de un año, según el Código Procesal Penal”, indicó Lamas Puccio.

Agregó que en dicho artículo también se refiere a una modalidad agravada para estos delitos, la que merece una sanción de hasta siete años de cárcel, siempre que se ponga en peligro la seguridad nacional.

“El terrorismo informático es una denominación coloquial. En el caso del uso del emblema de la PNP, al ser ésta una entidad importante en materia de seguridad interna, se podría afectar esa función modificándose su página o contenidos virtuales”, apuntó.
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CORREO 11 de agosto de 2008

Las pequeñas estafas

Me han estafado cuatro veces. Lo curioso es que cuando recuerdo esas estafas no me molesto ni me lleno de rencor o deseos de venganza. En cierto modo recuerdo con aprecio a esas personas ingeniosas e inescrupulosas que burlaron mi buena fe y me embaucaron, como si en lugar de perjudicarme me hubiesen hecho un favor, al recordarme mi condición de tonto de campeonato.

La primera vez que me robaron fue cuando vivía en Georgetown. En aquellos tiempos Sofía y yo compartíamos un departamento en la calle 35 y ella estudiaba una maestría y yo porfiaba por escribir. Pasaba todo el día en el departamento, escribiendo. Al caer la noche, salía a caminar. Una de esas noches, caminando de regreso al departamento, un hombre y una mujer jóvenes, de buen aspecto, se acercaron y me dijeron con modales refinados que vivían en Virginia y se habían quedado sin dinero para echarle gasolina al auto y necesitaban un préstamo que me pagarían al día siguiente, domingo. Les pregunté cuánto necesitaban. Me dijeron que cien dólares.

No dudé en darles el dinero. A cambio me dieron una tarjeta con un teléfono. Me pidieron que los llamase para traerme el dinero al día siguiente. Fueron tan encantadores que hasta me ilusioné con que ese préstamo fuese el comienzo de una amistad. Al día siguiente los llamé. El teléfono no existía. Nunca más los vi. Pero ahora curiosamente los recuerdo con cariño.

Fui estafado por segunda vez cuando me había mudado a Miami, resignado a que tenía que trabajar en televisión porque el dinero de los libros no alcanzaba para nada. Me había hecho conocido en esa ciudad con un programa de entrevistas.

Una mañana estaba desayunando con mis hijas en el hotel Sonesta de Key Biscayne (que por desgracia cerró no hace mucho y en el que viví largas temporadas) cuando se acercó un señor alto, enjuto, barbudo, de traje y corbata, con aire de caballero a la antigua. Me dijo su nombre, me contó que era colombiano, me dio su tarjeta, llevaba un apellido tradicional, me dijo que era admirador de mis programas y se sentó a la mesa con nosotros y pidió un café. Luego nos contó que la noche anterior había cenado en un restaurante en Coconut Grove y le habían robado un maletín en el que llevaba todo: el dinero, las tarjetas de crédito, su pasaporte. Y ahora no tenía cómo sacar dinero en Miami para pagar la cuenta del hotel y regresar a Bogotá.

Me rogó con exquisitos modales y hablando con esa propiedad tan colombiana que lo socorriera de ese apuro humillante, que le prestara mil dólares para pagar el hotel y volver esa misma tarde a Bogotá. Prometió que me mandaría la plata tan pronto como llegase. No dudé en decirle que me esperase allí mismo, que iría al banco a sacar la plata y volvería en quince minutos. Camino al banco con mis hijas, les pregunté si pensaban que debía prestarle el dinero. Estás loco, me dijo Camila, nunca te va a pagar. Yo no le creo nada, no me gusta su cara, dijo Lola. Pero yo ignoré esas advertencias, saqué el dinero, volví al hotel y se lo entregué. Nunca más volví a verlo. Llamé a sus números y tampoco existían.

El tercer hurto fue el que más me dolió porque lo perpetró un hombre que había trabajado conmigo en Miami y al que consideraba mi amigo. Era un peruano de origen humilde, avispado y trabajador, que se ganó mi confianza apenas lo conocí. Me pareció ingenioso, astuto, muy eficiente, con esa inteligencia de la calle que poseen los peruanos que han salido de muy abajo y aprendido a sortear las condiciones más adversas. Este amigo, al que contraté como productor de mi programa, dejó de trabajar conmigo cuando Telemundo me contrató y poco después despidió:

me dijeron que respetarían mi contrato hasta el último día, pero que preferían pagarme no para que saliera en televisión sino para que no saliera en ella. Mentiría si dijera que no dolió. Unos años después, retirado yo de la televisión y dedicado a escribir, mi amigo me propuso un negocio en Colombia: yo viajaría una semana, grabaría catorce episodios como anfitrión de un festival internacional del humor y me pagarían un dinero nada despreciable.

Acepté y le prometí el quince por ciento del contrato, lo que le pareció justo. Cuando llegué a Bogotá, él ya estaba allá y me dijo que por razones contables o tributarias ya había firmado el contrato en mi nombre. Me lo dijo en el hotel Casa Medina, tomando el té al lado de la chimenea. Me dijo que el contrato se había firmado entre la televisora y él, que el dinero se transferiría íntegramente a su cuenta en Miami y que, apenas lo recibiese, retendría el quince por ciento y me daría mis honorarios. Por supuesto, le creí: era mi amigo, habíamos jugado fútbol con nuestros amigos los Crousillat (que me lo presentaron en Miami, y a quienes sigo considerando mis amigos). Pues grabamos los catorce programas (que salieron espantosos) y él volvió a Miami y yo volé a Buenos Aires, donde me había ido a vivir. Pasaron los días y las semanas y mi amigo no me transfería el dinero ni me llamaba ni contestaba mis correos.

Simplemente había desaparecido. Lo llamé a sus teléfonos de Miami, pero los había cambiado. Estaba claro, me había timado. Pero esta vez no me quedé tan tranquilo. Llamé a su hermana en Miami, una buena mujer, enfermera, que también había trabajado conmigo, y le pedí que le transmitiera a su hermano un mensaje simple y claro: si no me pagaba, daría una rueda de prensa en Lima y otra en Miami, denunciándolo como estafador (una fama que ya había ganado en Lima con modelos eróticas que llevaba de gira y luego lo denunciaban por no pagarles), algo que en realidad jamás hubiera hecho.

La amenaza surtió efecto: mi amigo me escribió sin demora, diciéndome que el banco le había confiscado el pago de la televisora colombiana porque él estaba muy endeudado, al borde de la quiebra, y prometió que me iría pagando de a pocos. Reconozco que tuvo el mérito de, meses después, venir a mi casa y pagarme una fracción, creo que la tercera parte, de lo que me debía. Luego lloró miserias, me dijo que estaba endeudado hasta el cuello, que nunca había querido estafarme, y yo le creí y me dio lástima y le dije que no me debía nada, que el asunto quedaba zanjado. Pero desde entonces sentí que no podía confiar más en él.

La cuarta y última estafa resultó la más dolorosa porque me costó mucho dinero. Un amigo de Sofía, el padre de una de sus mejores amigas, le ofreció vendernos un apartamento de tres pisos frente a un club de golf. El edificio estaba ya levantado y sólo faltaban los acabados. Sofía, el caballero y yo caminamos por los pisos de concreto que nos ofrecía, admiramos la vista, decidimos que en el tercer piso haríamos un gimnasio y una pequeña piscina y le pedimos un descuento.

Nos lo rebajó de 250 a 225 mil dólares si pagábamos al contado. Eso hicimos. Siete años después, el edificio sigue sin acabarse, deshabitado, fantasmal. Nunca nos entregaron el departamento ni nos lo entregarán, por supuesto, lo que me obligó a seguir quedándome en hoteles en Lima. Y ahora, haciendo las cuentas, reparo en el hecho de que hace veinte años o más he vivido en Lima siempre en hoteles: en el hostal El Olivar de San Isidro (una casona antigua que creo que ya no existe), en dos hoteles de la avenida Pardo, en el Park Plaza, en el Golf Los Incas, en el Country y en muchos otros hoteles a los que considero mi casa los días que paso por Lima.

No guardo rencor a quienes me robaron con engaños amables y persuasivos. Más bien les agradezco porque me recordaron que soy un idiota, lo que es conveniente no olvidar para que no me sigan timando tan fácilmente. Jaime Bayly

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