viernes, 5 de septiembre de 2008

SOBREVIVE A UNA BALACERA INFERNAL....UNA HISTORIA PARA NO CREER


COMERCIO 16 de septiembre de 2008

CRÓNICA. UNA HISTORIA PARA NO CREER
Sobrevive a una balacera infernal

Aún con una bala alojada en el cuerpo, Alfredo Rozas logró matar a uno de los ladrones que entraron a su negocio el pasado viernes 5. La víctima recibió once disparos y sigue viva

Por Alberto Villar Campos

Sobre algunos muros del mercado Retablo, en Comas, se pueden ver aún las huellas de aquella noche sangrienta y extraña: huecos que se abren inclementes sobre el cemento de una pared amarilla y sobre las puertas de metal de un local donde se arreglan autos. En el recuerdo de Lalo, el tatuador, está todavía la voz que oyó antes de abrir la puerta de su local en el mercado y de encontrar a Alfredo Rozas Llamacponcca (27), su amigo, que le suplicaba por ayuda.

Se estaba desangrando y su pistola, una Bryco 9 milímetros, estaba guardada en la funda de cuero que escondía en su espalda. "Ayúdame, me han baleado", le dijo, pero no hacía falta que lo dijese: desde el interior del mercado, Lalo pudo oír la balacera feroz que allí se había desatado. Eran las 6:30 p.m. del viernes 5 de setiembre. Camino al hospital Sergio Bernales, Rozas cerró sus ojos y quedó inconsciente.

DISPAROS DE TODOS LADOS
Había recibido once tiros en el cuello, el pecho, las piernas, los brazos, los testículos y el estómago. Este último, precisamente, fue el blanco a donde disparó el primer proyectil uno de los dos asaltantes que entraron a su negocio, ubicado al lado derecho del mercado Retablo y en donde Rozas vendía repuestos para máquinas de refrigeración desde hacía dos años por lo menos.

Previamente, ambos habían ingresado al lugar y empujado al joven, que hablaba por el teléfono público que tiene allí. "Ya fuiste", le dijo uno, según la manifestación que la víctima rindió el miércoles pasado ante los policías del Departamento de Investigación Criminal Comas-Carabayllo en el hospital Alberto Sabogal del Callao, adonde se le trasladó el lunes para que continuara su tratamiento médico.

"Tranquilo", contestó Rozas. Aunque era la primera vez en su vida que enfrentaba un robo, el joven cusqueño no perdió entonces la serenidad: se dejó guiar por sus asaltantes, abrió el cajón del mostrador donde guardaba el dinero y les entregó S/.1.800, producto de las ventas de una semana.

Sin embargo, con el botín ya en las manos, uno de los ladrones le disparó a Rozas directamente al estómago. "Es extraño: los asaltos no suelen terminar así, violentamente", dice un suboficial PNP encargado de la investigación.

Malherido pero aún de pie, el cusqueño no lo pensó dos veces: desenfundó su pistola y disparó cuatro veces contra uno de los asaltantes, que cayó al suelo con proyectiles en el tórax y el rostro, mientras su compinche huía del lugar corriendo y jalando el gatillo de su revólver Taurus calibre 38.

La persecución y la balacera siguieron en la vereda del mercado, y lo convirtieron todo en una coboyada impensable. Sin embargo, Rozas se quedó pronto sin balas, en la soledad nocturna de la avenida Universitaria, y solo entonces decidió retornar a su negocio sin imaginar que un auto gris lo esperaba para vaciar diez balas más sobre su ya agarrotado cuerpo.

SE AFERRA A LA VIDA
Antes de ello, los atacantes habían recogido el cuerpo moribundo de su compinche del interior del negocio, pero no pasó mucho antes de que, finalmente, lo lanzaran frente al Hospital Municipal de Los Olivos, en donde dejó de existir, a causa de un paro cardíaco, a las 8:20 p.m. de aquel viernes.

Aunque una de las hermanas del occiso (hoy no habida) lo identificó en el nosocomio como Jesús Muñoz Aguirre, este no aparece así en los registros del Reniec y tampoco como Jesús Picoy Aguirre, el nombre que la policía barajó en las pesquisas que aún no culminan.

Consumido por el pavor de las amenazas telefónicas que su familia recibe desde aquel viernes fatídico (a la víctima le habían robado su celular), Alberto Rozas, hermano menor de los nueve que tiene Alfredo, solo pide justicia y seguridad desde el otro lado del teléfono. "Somos una familia trabajadora que nunca tuvo problemas ni enemigos", dice.

Con tres balas alojadas aún en zonas delicadas de su cuerpo, pero estable, según los informes médicos, el joven negociante cusqueño habla a duras penas y se rehúsa, cubierto por gruesos vendajes, a contar más sobre el día en que se salvó milagrosamente de una muerte casi segura.

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