martes, 5 de agosto de 2008

LA VIDA EN SKATE. UN DEPORTE CON MUCHA CALLE


COMERCIO 29 de agosto de 2008

UN DEPORTE CON MUCHA CALLE, AL ALCANCE DE TODOS
La vida en skate
Por Kathy Subirana

Un 'ollie' es el primer paso para empezar a establecer la relación amor-odio con la patineta que cultiva indefectiblemente todo skater: aprender a saltar dominando la tabla de cuatro ruedas a pocos centímetros de tus zapatillas es la carta-pase para empezar a jugar en rampas y saltar gradas. Luego del 'ollie' ya viene la bacanería skate: de un pisotón elevas el skate a tus manos y de un salto lo manejas a tu antojo bajo tus pies.

En los 70, un grupo de surfers californianos les puso ruedas de patines a sus tablas, y conquistó las calles como antes conquistó las olas. Ese fue el inicio del skate world. En el Perú, los jovencitos llevan 25 años subidos en un skate, aprendiendo --según el modelo 'made in USA'-- a ir contra el tráfico, creando un submundo urbano cuya única entrada es una patineta y un gusto especial por la adrenalina.

A pesar de que en Lima hay 9 skateparks (rampas y pistas especiales para practicar skateboarding), y de que los torneos y exhibiciones crecen a la par de una industria creada especialmente para ellos, las calles siguen siendo el hábitat natural.

Un skate basta para jugar a volar entre rampas, hasta tratar de alcanzar un techo cuyo límite se pierde en el aire. Chicos (y algunas chicas) de todas las edades se juntan (o encuentran), patineta en mano, y eso es suficiente para armar una mancha con la cual ponerse a correr, sacar nuevos trucos, caer y levantarse.

Así lo cuentan skaters que no sueltan la patineta desde hace más de cinco años. Chicos como Erick Ziegler, que a sus 21 años comparte sus días entre sus clases de Administración de Negocios en la UPC y montar skate profesionalmente (tiene varios campeonatos locales ganados), o Rodolfo Sánchez, cuyo día a día transcurre entre trabajar, estudiar, ser director de "Grind" (una de las dos revistas especializadas para skaters en el Perú), montar skate y enseñarle a su hijo de 4 años a montarlo.

El riesgo es evidente, pero para ellos vale la pena. Rodolfo hace dos meses se cayó sacando un truco en la rampa del skatepark del Campo de Marte, y se lastimó el tobillo. La operación que le dejó siete puntos y el descanso de medio año (que él cumple a duras penas) no han podido alejarlo de su afición. Él sigue dando pequeños paseos por la misma rampa que lo mandó al hospital. "Lo hago con cuidado, trato de no esforzarme mucho, pero después de ocho años montando skate es difícil desprenderse".

Decían las abuelas que para subir al cielo se necesita una escalera grande y una chiquita. Un skater de nuestros tiempos les dirá a sus nietos que con una tabla de madera, con cuatro ruedas y la determinación de aguantar una que otra caída, también se puede. Y es más divertido.

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