jueves, 10 de julio de 2008

ESCASEZ EN EPOCA DE ABUNDANCIA


GATOENCERRADO JULIO 10, 2008

Escasez en época de abundancia por: Joseph Stiglitz

EN TODO EL MUNDO AUMENTA EL número de protestas por el alza de los precios de los alimentos y los combustibles.
Los pobres, e incluso las clases medias, ven que sus presupuestos se hacen insuficientes a medida que la economía mundial se desacelera. Los políticos desean responder a las legítimas inquietudes de sus votantes, pero no saben qué hacer.

En los Estados Unidos, tanto Hillary Clinton como John McCain tomaron el camino fácil y apoyaron una suspensión del impuesto a la gasolina, al menos por el verano. Sólo Barack Obama se mantuvo firme y rechazó la propuesta, que no habría hecho más que aumentar la demanda de gasolina, lo cual contrarrestaría el recorte de impuestos.

Sin embargo, si estaban errados, ¿qué habría que hacer? Uno no puede sencillamente hacer oídos sordos a quienes sufren. En los Estados Unidos los ingresos reales de la clase media todavía no se recuperan a los niveles que tenían antes de la última recesión, en 1991.

Cuando George Bush fue electo, afirmaba que los recortes de impuestos a los ricos solucionarían todos los problemas de la economía. Los beneficios del crecimiento económico impulsado por ellos se propagarían a todos los niveles. Estas políticas se han puesto de moda en Europa y otros lugares, pero han fracasado. Se suponía que los recortes de impuestos estimularían el ahorro, pero los ahorros de los hogares de Estados Unidos se han desplomado a cero. Se suponía que iban a estimular el empleo, pero la participación de la fuerza de trabajo es menor que en los años 90. Si hubo crecimiento, benefició sólo a unos cuantos privilegiados.

La productividad creció durante un tiempo, pero no se debió a las innovaciones financieras de Wall Street. Los productos financieros que se crearon no gestionaron el riesgo, sino que lo aumentaron. Eran tan poco transparentes y complejos que ni Wall Street ni las agencias de calificación podían evaluarlos adecuadamente. Mientras tanto, el sector financiero no pudo crear productos que ayudaran a la gente común a gestionar los riesgos que enfrentaban, incluidos los de poseer una propiedad. Es probable que millones de estadounidenses pierdan sus casas y, con ellas, los ahorros de toda una vida.

En el centro del éxito de Estados Unidos está la tecnología, simbolizada por Silicon Valley. La ironía es que los científicos que crean los avances que permiten el crecimiento basado en la tecnología, y las firmas de capital de riesgo que lo financian, no fueron quienes recibieron lo mejor de los beneficios de los días de auge de la burbuja inmobiliaria. Estas inversiones reales se han visto opacadas por los juegos que han absorbido a la mayoría de los participantes de los mercados financieros.

El mundo debe reevaluar cuáles son las fuentes del crecimiento. Si las bases del crecimiento económico radican en la ciencia y la tecnología, no en la especulación de bienes raíces o de los mercados financieros, entonces es necesario realinear los sistemas tributarios. ¿Por qué quienes hacen dinero especulando en los casinos de Wall Street tienen que pagar menos impuestos que quienes ganan dinero de otras maneras? Sobre las ganancias de capital se debería pagar una tasa de impuestos al menos tan alta como la que pagan los ingresos comunes. (En todo caso, estos ingresos obtendrán un beneficio sustancial porque el impuesto no se impone hasta que se perciba la ganancia). Además, debería haber un impuesto sobre las utilidades inesperadas de las compañías petroleras y de gas.

Considerando el enorme aumento de la desigualdad en la mayoría de los países, es adecuado imponer mayores impuestos a quienes han prosperado, para ayudar a quienes han sido perjudicados por la globalización y el cambio tecnológico, lo que además podría paliar las dificultades creadas por el aumento de los precios de los alimentos y combustibles.

Dos factores dispararon la crisis actual: la guerra en Irak contribuyó al alza sostenida de los precios del petróleo, lo que ocurrió también con la mayor inestabilidad en el Oriente Próximo, que era el proveedor de petróleo a bajo costo, mientras que los biocombustibles han significado que los mercados de energía y de alimentos están cada vez más integrados. Si bien es bienvenido el énfasis sobre las fuentes de energía renovables, no lo son las políticas que distorsionan la oferta de alimentos. Los subsidios de Estados Unidos al etanol producido a partir de maíz contribuyen más a los cofres de los productores de etanol que a limitar el calentamiento global. Los enormes subsidios agrícolas en los EE.UU. han debilitado la agricultura en el mundo en desarrollo, donde un porcentaje demasiado bajo de la ayuda internacional ha apuntado a mejorar la productividad agrícola. La colaboración para el desarrollo destinada a la agricultura ha caído desde un 17% de la ayuda total a apenas un 3% en la actualidad, mientras algunos donantes internacionales reclaman la eliminación de los subsidios a los fertilizantes, lo que dificultaría aún más el que los agricultores con problemas económicos puedan competir.

Los países ricos deben reducir, si no eliminar, las políticas energéticas y agrícolas que distorsionan el mercado, y ayudar a los países más pobres a mejorar su capacidad de producir alimentos. Pero este es tan solo un punto de partida: hemos tratado nuestros recursos más preciosos —el agua potable y el aire— como si fueran gratuitos. Sólo nuevos patrones de consumo y producción (es decir, un nuevo modelo económico) pueden dar respuesta a este problema de recursos más fundamental.

(*) Profesor de la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en 2001.

© Project Syndicate 1995–2008
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EXPRESO 09 de Julio de 2008

Esa semana que falta Por Michael Gerson

WASHINGTON.– Aquellos de nosotros que recordamos débilmente las colas en las gasolineras de los años 70 tendemos a ver las escaladas de los precios como la labor temporal de villanos internacionales. Pero cualquiera que espere el retorno del petróleo barato lo tiene claro. Los precios en ascenso de la energía son principalmente el resultado de una prosperidad global sin precedentes, –mil millones al alza en China y la India decididos a tener sus propios automóviles y aparatos de aire acondicionado.

La demanda creciente de petróleo, gas natural y carbón no tiene casi nada que ver con las políticas de América y la OPEP.
Teniendo en cuenta la presión sobre los presupuestos familiares, es imposible considerar esto una bendición, hasta con claroscuros. Pero podría llamarse adecuadamente un rumbo mixto. Durante la campaña de 1992, algunos demócratas propusieron un controvertido incremento de cincuenta centavos el galón en los impuestos de los combustibles, con el fin de reducir el consumo nacional y estimular las alternativas al petróleo. Desde entonces, los precios de la gasolina han aumentado más de tres dólares el galón, redundando en sufrimiento individual y beneficios totales.

Las alternativas al petróleo y el carbón –desde la energía solar a la eólica pasando por la nuclear– son de pronto más económicas en comparación. Chevrolet y Toyota apenas están a un par de años de ofrecer híbridos eléctricos, que podrían hacer promedios de cientos de millas frente al galón.

Pero nuestra otra crisis provocada por la demanda –la inflación alimentaria– es una maldición, simplemente porque no hay alternativas a comer. Este problema tiene un amplio abanico de causas: la proliferación de las dietas basadas en la carne en todo el mundo, requiriendo grandes cantidades de grano para el pienso animal; el desvío de espacios de cultivo destinados a la producción de etanol; el encarecimiento del transporte de los alimentos y de los fertilizantes basados en el gas natural; escasez de agua y desórdenes climáticos. Los precios recientes han cedido algo, pero la comida cara parece ya un hecho insalvable.
En las lindes de la subsistencia en el mundo en desarrollo, los súbitos saltos a los precios de dos dígitos de los alimentos básicos han terminado en disturbios.

En América, un incremento de alrededor del seis por ciento en el precio de los comestibles este año ha conducido a que los pobres adopten un abanico de estrategias de supervivencia, desde adquirir comida caducada a visitar los bancos de alimentos.
El presidente y el Congreso no pueden ser acusados de indiferencia. La financiación de los programas de alimentación en el Departamento de Agricultura ha subido más de un 60 por ciento durante los años Bush. En su reciente Ley Agrícola (al tiempo que amplía los subsidios agrícolas americanos que sí provocan gran perjuicio a los granjeros del mundo en desarrollo), el Congreso aumentaba provechosamente la financiación a los bancos americanos de alimentos y los bonos de racionamiento.

También rebautizaba el Programa de Bonos de Racionamiento como Programa de Asistencia a la Nutrición Suplementaria, con la teoría de que los nombres burocráticos aburridos de siglas molestas (SNAP) conllevan menos estigmas para los destinatarios. Ampliar los bonos de comida es la forma más directa de reducir el hambre en América. Hay
erca de 35 millones de americanos que sufren inseguridad alimentaria, y cerca de 25 millones que reciben bonos de comida –tarjetas de débito en realidad, que solamente se pueden utilizar para comprar comida (ni venderse a cambio de metálico ni utilizarse para comprar alcohol). Tanto la administración Clinton como la Bush han reducido tajantemente el fraude en este programa. Y puesto que el sistema está informatizado, también sabemos que la mayor parte de las prestaciones se agotan hacia la tercera semana del mes, dejando a muchas familias a su suerte en busca de otras fuentes de alimento. El hambre impone un coste social. Los adultos hambrientos faltan más al trabajo y consumen
ás sanidad. Los menores hambrientos tienden a ponerse más enfermos, a faltar con mayor frecuencia a la escuela, y son más propensos a meterse en problemas.

Larry Brown, de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard, calcula que el coste total del hambre para la sociedad americana ronda los 90,000 millones de dólares al año. En contraste, Brown estima que apenas costaría entre 10,000 millones a 12,000 millones de dólares al año “erradicar el hambre virtualmente en nuestra nación."Y esto plantea un dilema moral. Tenemos en vigor un programa automatizado de bonos de racionamiento, que en general es eficiente y eficaz. Sabemos que podría ser ampliado con escaso aumento de los gastos indirectos. Y sabemos con precisión cuándo se agota su prestación cada mes. De manera que, ¿cómo es posible pues justificar la financiación de tres semanas de comida en lugar de cuatro? ¿Qué dependencia adicional, qué riesgo moral añadido podría crear plausiblemente un mes entero de comer?
Muchos problemas sociales parecen complejos más allá de cualquier remedio. Pero el progreso dramático contra el hambre no. Hay muchas explicaciones de por qué este esfuerzo no ha sido emprendido –pero no hay excusas válidas.

© 2008, The Washington Post Writers Group

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