lunes, 28 de julio de 2008

EL PADECER PLACIENTE.

PERU 21 13 de agosto de 2008

El padecer placiente
Autor: Fernando Maestre

Sufrir es algo de lo cual nadie puede liberarse. Esta condición humana se encarna en un ser tan frágil que bien podíamos decir, siguiendo a Heidegger, que el ser y la nada son lo mismo. Sin embargo, para nadie es una sorpresa que, aunque estemos abatidos por una desgracia o sufrimiento, no suelen faltarnos los recursos como para buscar una salida y detener el padecer.

Mucha gente que está enredada en dolores y en agonías sociales, lejos de buscar curación, insiste en sufrir. El ejemplo de Héctor no es extraño. Profesional, que hasta hace unos meses tenía una vida sin perturbaciones, ahora –producto de esos amores que se sostienen más a base del dolor que del placer– está cerca de una crisis. Su pareja lo desespera, lo engaña. Desaparece de su vida tantas veces quiere, para luego volver a buscarlo.

Pero Héctor insiste en el vínculo por más que sus familiares le suplican que termine o por más que los amigos de la oficina le hacen bromas para disimular lo preocupados que están por lo mucho que padece. Pero él, terco, insiste en continuar la relación.

Estos casos nos llevan a preguntarnos cuál es el juego inconsciente que hace que una persona inteligente no encuentre la ruta para dejar de padecer. Es ahí donde tenemos que volver la mirada a los pioneros del sicoanálisis, quienes nos advierten de algo que no es fácil de ser entendido con claridad. Se trataría de la existencia de placeres y goces que no están en relación con lo erótico ni con lo sexual. Existiría un extraño placer basado en el dolor, en el sufrir y en llenar la vida de una alta tensión emocional que, lejos de provenir de una zona erógena, proviene de la tensión psíquica (adrenalina) que el dolor genera.

La vida de muchas personas gira alrededor del dolor. El sufrir permite que se organicen fantasías de omnipotencia, tales como pensar que “cuando descubra cuánto la quiero, se dará cuenta y cambiará”; “mi amor por ella es más fuerte que su desdén”, o también: “Ella tiene que saber que lo mío es eterno”.

El mundo está lleno de experiencias que nos llevan por rutas de agonías gozosas constantes; si no, ¿por qué uno bebe hasta la cirrosis?, ¿por qué se mata la gente en las carreteras por exceso de velocidad?, ¿por qué salta del puente con una soga amarrada a la cintura?, ¿por qué permanecemos en trabajos esclavizantes o se sigue con parejas torturadoras, o se vuelve víctima de sus hijos?

La respuesta es clara: sufrimos voluntariamente porque también estamos regidos por el efecto excitante del padecer, sobre todo cuando padecemos por otro y para otro. La salida es aún más peculiar: dado que no podemos dejar de sufrir, hemos de intentar encontrar un sufrimiento que nos entretenga, pero que sea menos penoso.

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